Editorial

Encrucijada en La Habana
6 de Mayo de 2014


A la rueda de prensa posterior al cierre del 24 ciclo de diálogos en La Habana no llegaron los doctores Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, portavoces del Gobierno Nacional en la mesa.

A la rueda de prensa posterior al cierre del 24 ciclo de diálogos en La Habana no llegaron los doctores Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, portavoces del Gobierno Nacional en la mesa. Esa significativa  ausencia apenas si fue mencionada por los periodistas, que tampoco parecen alertarse por la tardanza en lograr un acuerdo sobre la “solución al problema de las drogas ilícitas”.


En alocución del 6 de noviembre pasado, el presidente Santos presentó el acuerdo sobre “participación en política” como un triunfo de la negociación. Ese enfoque contribuyó a silenciar las discusiones sobre temas sinuosos del acuerdo, entre ellos las que deberían responder a cómo garantizar las libertades ciudadanas en zonas dominadas por las Farc, brindar respeto a la libre expresión y combatir el riesgo de constitución de feudos electorales controlados por esa guerrilla mediante presiones antidemocráticas. En esa intervención, el mandatario dio por clausurado el debate sobre la necesidad de suspender la Mesa de Conversaciones de La Habana a fin de que no interfiriera, ni fuera afectada, por el proceso electoral que empezaba; entonces, el doctor Santos alegó que la suspensión sería “irresponsable” y señaló que “cuando se avanza y se ven resultados no es el momento de parar”. 


Han pasado seis meses desde aquel portazo a quienes temíamos que continuar las negociaciones mientras avanzaban las elecciones imponía arriesgar la paz para Colombia, así ella no sea la negociada que el Gobierno Nacional busca con las conversaciones actuales. Este tiempo ha demostrado que el experimento del doctor Santos no lo ha favorecido para consolidar su opción como candidato presidencial -si ese era su propósito-, tampoco para fortalecer la voz del Estado en la mesa, y menos para mejorar la seguridad en las regiones rurales, afectadas por atentados recurrentes contra la población y la infraestructura productiva. Dadas las condiciones actuales, no hay que descartar que la historia llegue a tildar de irresponsable el haber favorecido a las Farc para que valorizaran su voz y exigencias en el tema del narcotráfico, que compromete la negociación, y también las relaciones exteriores del país con su principal y más firme aliado histórico.


La falta de acuerdos demuestra que negociar la “solución al problema de las drogas ilícitas” en medio de un proceso electoral fue una trampa para el Ejecutivo, que terminó negociando la política nacional de lucha contra las drogas con un grupo sobre el que pesan acusaciones, y firmes procesos judiciales iniciados por jueces internacionales, por narcotráfico y terrorismo. Dadas las condiciones actuales, más que aspirar a acuerdos de sometimiento y reducción de las Farc como narcotraficante, el país podría tener que someterse a admitir la desmovilización de los guerrilleros con menos vínculos con los negocios de drogas, mientras tolera padecer ¡otra vez! la criminalización de la mayor parte de los desmovilizados. Además, se corre el riesgo de tener que hacerse de la vista gorda con el carácter narco de las Farc, para reescribir el capítulo de relaciones conflictivas con Estados Unidos, ¡como si no hubiera sido suficiente con el padecido tras la eliminación de la extradición por los constituyentes del 91! Este abismo que asoma no es, a pesar de todo, el más amenazante.


La opinión pública se viene quejando por la tibieza de la campaña y por el desinterés por la paz como tema fundamental para las consideraciones electorales. Habiéndose abierto la Mesa de Conversaciones con las Farc, así fuera en contravía de las promesas con las que el doctor Santos fue elegido, los temas obligados en el debate tendrían que ser el futuro de las conversaciones, la calidad de los acuerdos, y, por supuesto, el tratamiento que el país quiere y debe dar a esa guerrilla: ¿interlocutora legítima, como hoy se le quiere hacer pasar, o terrorista condenada al exterminio si no cesaba su accionar demencial, como se le veía previo el diálogo? Ese inquietante silencio es fruto del tabú que rodea a la mesa y que hace que las reflexiones y debates sobre su transcurrir se limiten a generalidades o sirvan para estigmatizar a quien los cuestione. Así las cosas, el proceso que ofrecía paz ha virado a escenario para que las Farc transmuten de organización terrorista a actor político con capacidad de presionar al Gobierno de Colombia y pretensiones de elevar exigencias a nuestros aliados internacionales. Flaco servicio se presta así a la democracia y al anhelo de paz que siempre tendremos los colombianos.