Columnistas

Wojtyla y la persona: ser capaz de amar
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
6 de Mayo de 2014


Ya son santos Juan XXIII y Juan Pablo II. Los creyentes podemos encomendarnos a ellos, tener presente sus trayectorias existenciales, sus ejemplos de vida, y hasta donde sea posible, imitarlos.

Ya son santos Juan XXIII y Juan Pablo II. Los creyentes podemos encomendarnos a ellos, tener presente sus trayectorias existenciales, sus ejemplos de vida, y hasta donde sea posible, imitarlos. Para la humanidad de inicios de este siglo, en el caso de Karol Wojtyla, era claro que se trataba del segundo papa Magno en la historia milenaria de la iglesia. La evidencia de la grandeza de su personalidad y la pureza de su espíritu fueron corroboradas cuando en su funeral la multitud elevaba el clamor: ¡Santo!


El sacerdote Karol Wojtyla se formó académicamente bajo la protección y tutela del arzobispo Sapieha, en una Polonia ocupada por los nazis, para quienes un católico verdadero era presa deseable. Le sobraba valentía y visión a Sapieha, quien reconoció en el joven seminarista a uno que sería capaz con su propio testimonio existencial e intelectual, de dar una genuina entrega a la misión de difundir el evangelio, de seguir las enseñanzas de Aquel que predicó en la Palestina de hace dos mil años y cuya victoria sobre la muerte es el hecho histórico central. Después de la ocupación nazi vendría la otra, la brutal y casi interminable opresión soviética, bajo la cual el ser humano era reducido a la condición de pieza  dócil y manipulable de un sistema totalitario inspirado en los criterios de utilidad propios del materialismo. También bajo aquel régimen oprobioso la vida de un sacerdote enfrentaba difíciles condiciones.


En el aspecto filosófico y académico, Juan Pablo II fue uno de los más claros exponentes de lo que se ha conocido como la antropología personalista con base ontológica-realista. Mounier, Levinas, Guardini, Marcel, Buber, Sgreccia, son algunos de los nombres destacados en la larga lista de pensadores que se han ocupado del tema de la centralidad de la persona. Wojtyla aportó sólidas reflexiones que han trascendido como poderosos argumentos en la aproximación a la comprensión del gran planteamiento. ¿Quién es el hombre?  Señalemos algunos de los puntos destacados por el gran polaco: el ser humano es persona, no objeto, es fin en sí mismo, no medio. Es portador, de modo intrínseco, del valor inconmensurable de la dignidad. Es un ser de relación con otros seres humanos, para encontrarse con ellos, un ser comunional. La familia, el amor matrimonial, es la sede natural de ese encuentro entre seres que se aman por lo que son. 


En el amor, entendido por el académico Wojtyla, se reconoce el carácter de encuentro, de intersubjetividad, de la importancia de los aspectos de afectividad y subjetividad que operan necesariamente en las relaciones interpersonales:  “El hombre no puede vivir sin amor”.  Este hecho central está relacionado con la vocación de una vida auténtica en la cual tiene lugar la realidad del mejoramiento de la persona en el sentido de dominarse a sí mismo para poder darse hacia los demás. ¿No es esta una clarísima referencia a las fuentes clásicas del conocimiento de occidente, pasando por el momento clave de la Grecia  de Sócrates, quien enseña a sus contertulios sobre la necesidad de ser conocedor y dueño de sí mismo?


La persona entendida como una unidad corpórea y espiritual, como una “totalidad unificada”, es una encarnación de la capacidad de amar, en la terminología filosófica de Wojtyla. Alguien capaz de entregarse y amar a los demás.  A esto se añade la luminosa referencia a la condición misteriosa de cada ser humano, condición adicional que exige ante ella una aproximación llena de respeto y de actitud de cuidado.  


Estas son algunas de las enseñanzas que San Juan Pablo II nos ha dejado a todos. Son enseñanzas que alcanzan a llegar a cualquiera independientemente de sus creencias religiosas. Muy actuales, tal vez inmortales, mucho más ahora cuando el relativismo subjetivista y consumista hace creer a muchos que cada quien es simplemente un hinchado ego preocupado únicamente por sus propios intereses y apetencias. El santo que todos conocimos como gran pastor nos recuerda la realidad y la importancia del sacrificio en pro del reconocimiento de los otros. A ello dedicó, con fe e incansable entusiasmo, su vida. ¡Juan Pablo II, ruega por nosotros!