Columnistas

¿Nubarrones en el cielo?
Autor: Sergio De La Torre
4 de Mayo de 2014


Gallup, en la encuesta más reciente, revela un hecho bien perturbador de nuestras esperanzas: en la lista de los asuntos que preocupan a los colombianos, el atinente al orden público, los diálogos de La Habana, etc., ha dejado de ser el primero.

Gallup, en la encuesta más reciente, revela un hecho  bien  perturbador de nuestras esperanzas: en  la lista  de los  asuntos que preocupan a los colombianos, el atinente al orden público, los diálogos de La Habana, etc., ha dejado de ser el primero  para descender a la zona  intermedia,  con tendencia hacia la cola. Debajo de la  salud, la justicia, el empleo, la educación y la seguridad  urbana que, siendo gravísimos y afectando como afectan la vida cotidiana de los asociados,   nunca fueron tan apremiantes como el de la paz. Pues (y es tan obvio que apena decirlo) de la paz depende todo, empezando por la esquiva, bendita inversión,  que jalona el progreso,    la ocupación y el avance de la infraestructura.  Y  como  corolario trae  un mayor recaudo para el fisco, que le permita superar  los déficit, el rezago que  nos agobia  en los frentes y servicios vitales arriba enunciados.


Sin la violencia que   con su flagelo de  6 décadas  se  nos tornó  crónica, todos los pronósticos y valoraciones conocidos  coinciden en  que  el PIB  aumentaría en casi  2 puntos por año, lo cual  representa, en caso de darse,   un  crecimiento inusitado de su potencial, suficiente para abroquelar a Colombia  como la tercera potencia económica  de Latinoamérica, después de Brasil y México. No es poco para un país que  pese a estar clasificado como uno  de los de mayor población relativa del mundo, con casi 50 millones de habitantes, tiene apenas la mitad de la que registra México y, comparado con Brasil, tan solo  una  cuarta parte  de la suya.  


El costo causado por el conflicto interno, en términos de desarrollo económico y social es abismal. Sin pecar de hiperbólicos, si   fuéramos  a medirlo, diría que equivale  a otro tanto de lo que hoy  acredita Colombia en punto a riqueza, capacidad productiva, tecnología ,  dotación de todo tipo  o “instrumentación”, como  la denominan    los economistas  más versados, del tipo de  Rudolf Hommes.  Mejor dicho, estaríamos  apenas  en  la mitad del atraso  en  que nos debatimos   por estas calendas. Empero, lo perdido, perdido  está y es irrecuperable. Añadido a  la  sangre que  se ha derramado   nos deja un mar de lágrimas, del cual hay que salir antes  de  ahogarnos  en él.


El desencanto de los colombianos, su escepticismo creciente, reflejado en la encuesta de marras y en las que la acompañan y precedieron, no implica que su  voluntad y vocación de concordia  se hayan quebrado, o  que   su afán de reconciliación  flaquee. La  vasta  aunque callada  esperanza  de  alcanzar un acuerdo ( con las obvias y predictibles reservas  que surgen aquí , allá o acullá) para  una paz sólida y duradera, que no revierta, no se pierde,  esa esperanza,  a pesar del desgano, la fatiga o la espasmódica  desilusión.  La  paz   se conquistará  de un modo u otro, a como dé  lugar. Dicho sin eufemismos, por la razón o por la fuerza.  Sigo  confiado  en que todo se tramitará apelando, hasta agotarla  si  fuere  del caso,  a la primera. Dejemos  esa esperanza consignada, por hoy.Debajo de la  salud, la justicia, el empleo, la educación y la seguridad  urbana que, siendo gravísimos y afectando como afectan la vida cotidiana de los asociados,   nunca fueron tan apremiantes como el de la paz. Pues (y es tan obvio que apena decirlo) de la paz depende todo, empezando por la esquiva, bendita inversión,  que jalona el progreso,    la ocupación y el avance de la infraestructura.  Y  como  corolario trae  un mayor recaudo para el fisco, que le permita superar  los déficit, el rezago que  nos agobia  en los frentes y servicios vitales arriba enunciados.


Sin la violencia que   con su flagelo de  6 décadas  se  nos tornó  crónica, todos los pronósticos y valoraciones conocidos  coinciden en  que  el PIB  aumentaría en casi  2 puntos por año, lo cual  representa, en caso de darse,   un  crecimiento inusitado de su potencial, suficiente para abroquelar a Colombia  como la tercera potencia económica  de Latinoamérica, después de Brasil y México. No es poco para un país que  pese a estar clasificado como uno  de los de mayor población relativa del mundo, con casi 50 millones de habitantes, tiene apenas la mitad de la que registra México y, comparado con Brasil, tan solo  una  cuarta parte  de la suya.  


El costo causado por el conflicto interno, en términos de desarrollo económico y social es abismal. Sin pecar de hiperbólicos, si   fuéramos  a medirlo, diría que equivale  a otro tanto de lo que hoy  acredita Colombia en punto a riqueza, capacidad productiva, tecnología ,  dotación de todo tipo  o “instrumentación”, como  la denominan    los economistas  más versados, del tipo de  Rudolf Hommes.  Mejor dicho, estaríamos  apenas  en  la mitad del atraso  en  que nos debatimos   por estas calendas. Empero, lo perdido, perdido  está y es irrecuperable. Añadido a  la  sangre que  se ha derramado   nos deja un mar de lágrimas, del cual hay que salir antes  de  ahogarnos  en él.


El desencanto de los colombianos, su escepticismo creciente, reflejado en la encuesta de marras y en las que la acompañan y precedieron, no implica que su  voluntad y vocación de concordia  se hayan quebrado, o  que   su afán de reconciliación  flaquee. La  vasta  aunque callada  esperanza  de  alcanzar un acuerdo ( con las obvias y predictibles reservas  que surgen aquí , allá o acullá) para  una paz sólida y duradera, que no revierta, no se pierde,  esa esperanza,  a pesar del desgano, la fatiga o la espasmódica  desilusión.  La  paz   se conquistará  de un modo u otro, a como dé  lugar. Dicho sin eufemismos, por la razón o por la fuerza.  Sigo  confiado  en que todo se tramitará apelando, hasta agotarla  si  fuere  del caso,  a la primera. Dejemos  esa esperanza consignada, por hoy.