Columnistas


Gabo, primavera y oto駉
Autor: Sergio De La Torre
27 de Abril de 2014


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Ni más faltaba: como tantos otros que por estos días, con ocasión de su partida, hablan de García Márquez, tampoco yo pertenezco  al privilegiado círculo de sus amigos, que él mismo  pudorosamente  seleccionaba , urbi et orbi para mayor orgullo de los agraciados y, de ñapa, para que  nadie tuviera la ocurrencia de asomarse allí. El estrecho círculo lo frecuentaban también los infaltables exégetas, llamados a aclarar los misterios  escondidos tras la trama de sus relatos, y revelarnos las claves de su estilo, que  fue tomado   como un don de Dios, solo concedido a Cervantes y a él. Lo cual  hasta  aceptaríamos,  si se ampliara  el elenco   con los nombres de Borges y Rulfo, dignos  como ningún otro más  de estar ahí.


Nunca faltaron o faltan en el citado  cenáculo  los imitadores fallidos del maestro, quienes, sin percatarse de la inutilidad de sus esfuerzos, o ya enterados de ella  por la persistente escasez  de sus lectores propios, se  obstinan en seguir figurando como  aportantes   solventes  de  la buena literatura.


Pese pues a no militar en esa cofradía de celosos guardianes del tesoro  o legado garciamarquiano, que no admiten  la menor objeción  ni  glosa alguna  a la obra -deslumbrante y abismal  precisamente por lo monocorde y obsesiva-  de Gabo (a quien oso llamar así  en obsequio  de la brevedad), como lector anónimo  (único  pero suficiente vínculo que a él me liga), debo decir que tanta  loa como  la que hoy se le prodiga,  sobra, no por  inmerecida   sino por innecesaria. En su actual  morada ultraterrena  debe tenerlo aburrido y muy  fatigado tamaña idolatría. La cual, fácil es suponerlo, al convertir al  hombre  en objeto de adoración cuasirreligiosa, lo vacía del  contenido humano que,  con  todo y sus  desvíos  e insuficiencias ,  es lo que da vigor y consistencia a las almas escogidas (que suelen ser las extraviadas) y  a los seres superiores, sean ellos santos, herejes, héroes o genios.


A Gabo  la alabanza ritual, el panegírico sin cesar  reiterado, lejos de engrandecerlo, de  rescatarlo del olvido o  de  la decadencia  (cosa impensable en un prodigio de las letras como él), le estorban ,  la alabanza y el panegírico,   al añadirle al fulgor de su prosa  una luz artificial que, sobrando como sobra, lo desdibuja, y  por ende  confunde , asusta y aleja al lector  común  e incluso  al ya  iniciado. La obra de un  artista  deriva de su propia vida,  del compendio  de   triunfos y desdichas, de virtudes y pecados, de paz y remordimientos. Es, en suma, fruto del dolor,  de la sensibilidad siempre punzada, de una conciencia  interrogada.  Fruto  vertido en  esa obra, imprimiéndole  su sello. Es así como logra conectarse con el lector, quien a su vez se siente tocado o reflejado en ella. Y como edifica su grandeza,  cuando  de  veras la tiene, sin  necesidad  de mucho  ditirambo.


Sin que ello menoscabe su dimensión presente o futura, la verdad es que  no todos  sus  libros son  igual de  excelentes  o  portentosos. Algunos acaso sean prescindibles. Denotan cierta   minusvalía   al compararlos con los primeros, que son los emblemáticos  y  a partir de los cuales se juzga el resto. La semilla no siempre fructifica  de la misma manera y el genio creativo nunca  será  igual en nadie, ni está garantizado de por vida.


Y un apunte final: la congresista Cabal anda mal de noticias: el infierno a que condenó a Gabo, con motivo de su muerte, no hace mucho fue abolido por un decreto del Vaticano, que nadie ha demandado todavía ante  la Corte Celestial ni ante ninguna corte  colombiana, que sería peor. Por lo demás  e infierno  es el cielo verdadero  o, cuando menos, el paraíso soñado o  manantial en que abrevan muchos de los grandes  autores. Pregúntenselo, si pueden, a Dante, Conrad, Baudelaire, Lautremont, César Vallejo, Barba Jacob  y  Ferdinand Celine.