Columnistas


“Confiar o no confiar sería la cuestión”
Autor: Mariluz Uribe
27 de Abril de 2014


Es fácil recordar la frase del supuesto Príncipe de Dinamarca, después de que se enteró de que su padre había sido asesinado: “Ser o no ser esa es la cuestión”.


Foto: Esneyder Gutiérrez Cardona 

Alrededores del Parque del Periodista

Pues ahora en el tiempo que vivimos la cuestión no es ser o no ser, sino algo más difícil: Confiar o no confiar.


Con las cosas que le van pasando a uno en la vida es también muy fácil recordar lo que nos decía la propia madre: “No hay que confiar ni en la mama de uno”.


Pues ¿quién inventaría la palabra CONFIAR? No tiene relación con ninguna realidad. ¿Es una virtud? Parece que sí pues tener Fe consiste en confiar, y es una de llamadas “virtudes” no algo científico, sino “teologal” (¡supuestamente de palabra de Dios!) 


Desde el catecismo del Padre Astete, cuando en los colegios se estudiaba, las aprendíamos, como todo, de memoria, y eran y son, tres: Fe, esperanza y caridad.


(Tengo amigas que se llaman Esperanza y Caridad, lo que me hace tratar de “colgarme” de ellas, lo mismo que de Consuelo y Amparo, y hasta de Auxilio (a quién conocí en el “Mall San Diego”, cuando la llamaron a los gritos para que me atendiera en un almacén y yo creí que era que se estaba quemando el Centro Comercial). Eso sí por suerte no tengo ninguna amiga, ni enemiga, que se llame Fe.


Veamos: Fe significa confiar por ejemplo en que no nos van a robar. Esperanza es esperar que lo que nos robaron nos lo devuelvan porque les debe estar picando. Caridad es tener lástima y compasión por el que nos robó. 


Con este material se puede escribir un libro entero. Y para escribirlo cabría decir sencillamente “se me piensa” como decía mi hijo, cuando uno le preguntaba de dónde sacaba tal o cual cosa. “Es que se me piensa, no es que yo piense”. Explicaba que él no se ponía a pensar sino que las cosas se le pensaban solas y lo sorprendían a él mismo. Tal vez por eso escribía y escribía… dibujaba y dibujaba y se le facilitaba el arte creativo bajo todos los aspectos. Sacar afuera sus emociones.


No olvidemos el cuento de aquel papá –dicen que judío, (o sea inteligente, recorrido y avezado) que le decía a su hijito que estaba subido en un muro: “Lánzate, tírate desde ese muro que yo te recibo en mis brazos”. Y abría sus brazos en actitud de espera.


Y el niño dudaba y dudaba y decía que le daba miedo. Y el padre continuaba animándolo. Hasta que al fin el niño se lanzó e inmediatamente el padre cerró los brazos y se retiró para que el chico cayera contra el suelo, y no se le olvidara que nunca debía confiar en nadie. Sólo de la experiencia se aprende. 


Por confiar nos hemos afiliado a cosas que poco funcionan, hemos comprado objetos que no funcionan, hemos conseguido amigos o amantes que tampoco. Y eso que antes de cualquier “negocio” nos hemos enterado de las garantías, instrucciones de uso y desuso y no sé cuántas cosas más. Pero nunca nos fijamos en la letra pequeña, la que nunca se ve, porque no existe, o porque viene en un mal redactado pseudo idioma ininteligible. Es posible que allí diga algo como “esto funcionará únicamente en caso de no-emergencia. Si hay emergencia es mejor que invoque al Santo Patrono de los Imposibles” (¡Sin siquiera decir cuál es!)


NOTA: Ahora Gabriel García Márquez ha muerto, veo por periódicos y TV los honores que le hacen. El paseo triunfal a Stockholm, con la “pinta” costeña en lugar del requerido traje de etiqueta. Y recuerdo porque nunca lo olvidaré que él dijo alguna vez: “Si algún día me dan el Nobel no lo voy a aceptar”. Salió en la prensa y en algún periódico inclusive dibujado en forma de chiste. ¿Cómo qué cambiamos mucho, no?