Columnistas


Una campa馻 singular
Autor: Jorge Arango Mej韆
27 de Abril de 2014


Ya no falta ni un mes para las elecciones, y sin embargo la indiferencia general parecer韆 indicar que de esa fecha nos separaran a駉s.

A menos que ocurra algo inesperado, estos días seguirán en medio del aburrimiento, sin nada que entretenga o distraiga, ni siquiera los insultos que algunos lanzan, acaso para demostrar que aún están vivos y que siguen en la pelea.


¿Por qué este debate no despierta interés? Primero, porque no hay ningún debate. Hasta ahora no se conocen tesis opuestas, asuntos que dividan la opinión de los colombianos, que sean motivos de controversia. Y si existen, los candidatos han guardado silencio frente a ellos.


Hay un gran tema que tendría que estar sometido al análisis de los colombianos, para que todos a la hora de votar supieran cuál es la posición de los aspirantes frente a él, cómo esperan  resolver el que es nuestro principal problema: la desigualdad.


Es verdad que el país ha progresado, que, en términos generales, ha aumentado la riqueza. Pero ese progreso y esa riqueza, en lugar de distribuirse se han concentrado. Y todos los días es mayor la distancia entre los que lo tienen todo y los que carecen de todo. Causa tristeza, verdadera tristeza, el saber que entre 127 naciones estudiadas, según la ONU, solamente dos superan a Colombia en desigualdad: Haití y Angola.


Se jacta el gobierno, como parte de su publicidad política, del aparente descenso del desempleo. Naturalmente calla el hecho de que en esas estadísticas quien trabaja apenas unas horas semanales no es desempleado. La verdad es diferente: el empleo que se disfraza con el calificativo de informal, es verdadero desempleo,  no acompañado de seguridad social ni de posibilidad de pensión de invalidez o vejez.


Éste de la gente sin trabajo, el de la corrupción generalizada y rampante, lo mismo que la inseguridad, tendrían que ser los temas de la campaña. Sin dejar de lado la desigualdad, naturalmente.  Todo no puede limitarse a hablar de la paz, porque sobre ella todo el mundo está de acuerdo en lo fundamental: hay que llegar a ella. Las diferencias surgen cuando se considera cuánto habría que pagar para conseguirla. Según los unos, habría que sacrificar la justicia en sus manifestaciones principales: la reparación de las víctimas y el castigo de los crímenes de lesa humanidad. Para otros, esta amnesia deliberada y absoluta es imposible.


Como se ve, temas sí hay. Por esto, no hay ninguna razón valedera para convertir el tedioso camino que hoy conduce al poder, en un diálogo de sordos, en el que cada uno habla por su lado y la única controversia, que no merece tal nombre, es la que tiene la base indigna y deleznable del insulto.


¿Por qué no exponen por la televisión sus diferentes puntos de vista? ¿Por qué no se someten, en igualdad de condiciones, al examen de aquellos cuyos votos reclaman?


Finalmente, hay que poner de presente que la propaganda oficial constituye un factor de desequilibrio. Sin que haya una razón que lo justifique, se publican avisos en todos los medios sobre supuestas realizaciones del gobierno. ¿Cuántos predios se han restituido a sus legítimos dueños o poseedores? No lo dicen los avisos, pero habría que suponer que son centenares de miles. La verdad -la esquiva verdad tan diferente de la publicidad- no es tan generosa ni tan halagüeña.


Menos mal que algún día terminará este lamentable espectáculo de unos candidatos que parecen correr hacia atrás.