Columnistas


Un error ortogr醘ico en Cien a駉s de soledad
Autor: Juan David Villa
25 de Abril de 2014


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“Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge la y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”. 


Gabriel García Márquez


No puedo evitarlo: tengo que mencionar al maestro García Márquez porque si yo no hubiera leído y odiado Cien años de soledad, y al profesor que me obligó a leerla cuando estaba en décimo grado, en general mi vida habría sido la misma  aunque no habría leído nada más ni pensado escribir una sola sílaba. 


El maestro García Márquez, como habrán leído en la cita, pasó papales para la jubilación de la ortografía y pidió respetuosamente que la gramática fuera simplificada.  


“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.


En Cien años de soledad narró el momento del universo en el que no había palabras, o no las suficientes para nombrar las cosas del mundo, así de viejo era Macondo. 


“El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macando estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras (…)”.


Y nos mostró para qué es que sirven las palabras cuando en Macando hubo una epidemia de insomnio que los condenó al olvido, y el método para que la realidad no se les volara fue colgarle papeles a todo y escribir cómo se llamaba la cosa y para qué servía, como a la vaca. 


“Estaba ‘livido’, con una expresión muy triste, tratando de cegar con un tapón de esparto el hueco de la garganta”. 


Hace un par de semanas me encontré este pequeño gazapo en una reciente edición de la novela total, la que ya he mencionado varias veces. En español hay lívido y libido. Es un error pequeño del editor, no de García Márquez porque en otras ediciones tiene su tilde, pero que me sirve para explicar la diferencia entre ambas: libido (con fuerza en la “bi”) significa “deseo sexual” y “lívido” significa “amoratado o muy pálido”. El personaje de Cien años de soledad, Prudencio Aguilar, estaba lívido, “livido” (sin tilde) no existe. Estaba lívido porque estaba muerto, era un espectro recién asesinado. 


Preguntas


Mónica Alejandra: Tengo una inquietud frente al uso del “adónde”, “adonde” y el “dónde”. Muchas gracias.


Te respondo en desorden:


Dónde: ¿De dónde eres?, ¿dónde estás?, ¿dónde queda Lima? Estas son preguntas directas. “Dime dónde dejaste la toalla”, esta es una pregunta indirecta. O para exclamar: “¡Dónde carajos dejaste tu corazón!”. 


Adonde: Debe estar la idea de movimiento hacia una dirección. “La casa adonde/donde llegamos”. “Vamos adonde/donde mi tía”. 


Adónde: Como la anterior, pero en preguntas e interrogaciones. “¿Adónde vas?”. Es lo mismo decir “a donde” que “adonde”, y también igual si las tildas. 


Recuerda que no es correcto juntar adonde con hacia (y similares): “Él va hacia adonde su mamá”, esta frase se arregla escribiendo “va hacia donde su mamá”, “va adonde su mamá” y muchas otras posibilidades que el español nos regala.