Editorial

Un Pulitzer a Snowden
16 de Abril de 2014


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Con más preguntas que aplausos a los medios de comunicación y a las historias galardonadas, fueron recibidos los anuncios sobre los premios Pulitzer en categoría servicio público,  presentados el lunes pasado para ser entregados en mayo al periódico The Washington Post y a la edición estadounidense del diario The Guardian, que es digital. El premio se dio a la divulgación de los documentos sobre seguimientos de la inteligencia de Estados Unidos a sus ciudadanos y a líderes amigos, que fueron filtrados por Edward Snowden, exespía que los robó. 


Los premios Pulitzer “a la excelencia en el periodismo y las artes” se otorgan en 21 categorías según criterio de jurados independientes convocados por la Universidad de Columbia, administradora de los fondos legados por Joseph Pulitzer para el otorgamiento de galardones que sobreviven al prestigio del editor sensacionalista de su creador y a polémicas y errores, como haber premiado las publicaciones de The New York Times sobre “Los papeles del Pentágono”, por ser realizadas con documentos robados que les entregaron agentes de seguridad que querían divulgar errores en la Guerra de Vietnam. Hoy es inevitable comparar las situaciones. Preguntas más serias han dejado episodios como los de Janet Cook, de The Washington Post, que debió renunciar a él porque había presentado una historia falsa, o el de Jaison Blair, galardonado en siete oportunidades y despedido de The New York Times por inventar historias. A pesar de estos antecedentes, obtener un Pulitzer sigue siendo la mayor aspiración de los periodistas estadounidenses.


El galardón motivo de la polémica presente se anuncia en la categoría “servicio público”, que está limitada a instituciones periodísticas, no a los profesionales responsables de las producciones. En la situación actual, el jurado compuesto por siete académicos y periodistas con renombre nacional en Estados Unidos, consideró que el servicio público se realizó al abrir la discusión sobre los alcances de las libertades y la defensa de la seguridad. El veredicto no expresa razones sobre el papel editor o de reflexión sobre los hechos.


Al menos entre especialistas, esta decisión toma partido en un debate de inmensa trascendencia y difícil solución entre los valores democráticos de la seguridad del Estado, que puede ser protegida mediante acciones como la incómoda y necesaria vigilancia a objetivos estratégicos; la garantía de respeto a la privacidad, principio de las constituciones republicanas, y los derechos a la información y la libre expresión, como fundamento del control ciudadano al Gobierno. El costo que paga una democracia amenazada, como la estadounidense, por esta garantía a la libertad es interrogante que no resolvieron los jurados.


Ya en varios medios estadounidenses se discute el impacto de premiar trabajos periodísticos que son fruto de la comisión de un delito, que en el caso de Snowden ha sido señalado como de traición a la patria por el robo de información, su posterior divulgación y la subsiguiente solicitud de asilo en Rusia. El periodismo, y el mismo Derecho, han pretendido dar por terminada la discusión sobre filtración dejando la responsabilidad penal en quien entrega documentos privados, pero no es usual que esa clase de actuaciones concluyan con la entrega de uno de los premios de periodismo más importantes del mundo, al beneficiario de estas filtraciones.


En un campo más especializado, y también sumamente relevante, se discute si es apropiado entregar un premio por solo haber recibido y publicado información filtrada, hecho más relevante si se considera que en este caso los medios no dudaron en dar pronta publicidad a esos papeles, situación contraria a la de 1971, cuando estos pasaron por manos de varios senadores y editores que temieron violar la ley al divulgarlos. El jurado alegó que las informaciones, en el caso de The Washington Post “ayudaron al público a entender cómo las relaciones se realizaron en el marco más amplio de la seguridad nacional”. Algo habrán visto los concedentes del premio que el mundo no ha avizorado, sobre todo cuando en Estados Unidos sigue abierta una fuerte discusión por los beneficios logrados por el espía que goza del exilio dorado en Rusia y de publicidad como la que tendrá en el Parlamento Alemán, tribuna privilegiada y escasa, donde unos y otros se rasgan las vestiduras por actividades que hoy le son descubiertas a los Estados Unidos, pero que todos adelantan de manera secreta y en la medida de sus recursos y capacidades económicas.