Columnistas

El talento in鷗il
16 de Abril de 2014


Tengo un amigo aficionado a encontrar parecidos f韘icos entre famosos: Xavi Hern醤dez se parece a Robert Downey Jr., Federer se parece a Arjona y tambi閚 a Quentin Tarantino, Juanes a un actor llamado Jeremy Renner.

Juan Julian Alzate


Tengo un amigo aficionado a encontrar parecidos físicos entre famosos: Xavi Hernández se parece a Robert Downey Jr., Federer se parece a Arjona y también a Quentin Tarantino, Juanes a un actor llamado Jeremy Renner. Ha cultivado su inútil oficio con ahínco, entrenándose y, sobretodo, disfrutando profundamente de una habilidad para comparar características físicas que, en términos financieros, no le sirve para mucho que digamos. 


Muchas personas perciben en sí mismas habilidades útiles para varios fines aunque no siempre para ganar dinero: contar chistes en fiestas, deleitarse en recordar hechos históricos, tocar un instrumento musical. En Discovery Channel presentan por estos días un concurso llamado Supercerebros, en el que compiten varios latinoamericanos con potencias mentales que dejan al espectador con una inconfesable envidia. Hacen cosas como descifrar qué día de la semana corresponde a varias fechas aleatorias de varios siglos o identificar el nombre científico de una gran variedad de aves a partir de escuchar y discernir su canto.  Para el ganador hay un premio económico importante, pero esto reitera que cuando estamos en presencia de una habilidad que no nos cuadra con ningún trabajo existente, sólo tiene cabida en algo así como una feria o un show.  


Y hay también casos contrarios: Falcao (quien según mi amigo tiene un aire, aunque difícil de notar, a Valerie Domínguez) y muchos otros famosos sí se han lucrado significativamente. Lo cual está bien porque no ha sido gratuito y han cultivado de manera disciplinada sus habilidades en nuestra sociedad, que tiene dejos de canibalismo y exige muchísimo a cambio de la fama.


Pero hay un común denominador entre Falcao, el uruguayo ciego que identifica a los pájaros, mi amigo de los parecidos y muchos otros civiles de a pie: un intenso disfrute por la ejecución de un acto, un eros puesto en juego en algún aspecto del mundo.


Y no hay que ser ingenuo: ojalá siempre el talento diera plata. Quizás el mayor mérito de aquel que posee un talento es ponerlo al servicio de algo que le sea útil a él y a su sociedad. Pero en algún punto hemos confundido utilidad con rentabilidad, encaminándonos a evaluar si aquello para lo que somos buenos y disfrutamos hacer coincide o no con los vaivenes de la economía. Lo que esto muestra es un divorcio equívoco entre el talento y el trabajo.


Y así, muchos currículos educativos replican modelos de este tipo, en el que primero se prioriza si algo tiene futuro y luego si le gusta o no al estudiante. Es delicado creer que el talento se mide exclusivamente en su dimensión productiva, que en el diccionario dice algo así como “Talento: Dícese de aquello que hace millonaria a la gente”. Creo que hay consenso en que con amor por el oficio no basta para pagar las cuentas. Sí, pero también es posible generar condiciones educativas que permitan a un estudiante no tener que escoger su vida laboral a pesar del talento, sino gracias a él.