Columnistas

Algunos temas de Francisco
Autor: José Alvear Sanin
9 de Abril de 2014


No tendría sentido abundar en comentarios sobre la exhortación Evangelii gaudium porque estas deshilvanadas notas solo quieren llamar la atención sobre un documento que invita a la reflexión.

No tendría sentido abundar en comentarios sobre la exhortación Evangelii gaudium porque estas deshilvanadas notas solo quieren llamar la atención sobre un documento que invita a la reflexión.


Por eso, apenas espigaré algunos puntos inaplazables: “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera, atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo ni, en definitivita, ningún problema. La inequidad es la raíz de los males sociales” (§ 202).


He ahí el imperativo moral de la acción política. Desde luego, los católicos somos muy pocos en el mundo; pero ¿cómo es posible que en países como el nuestro —me pregunto— se haya llegado a la indiferencia total frente a los aspectos morales de la salud pública, la tributación, la equidad y el respeto por la vida?


“Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos” (§ 204).


Bajo el acápite “Cuidar la fragilidad”, el Pontífice, haciéndose eco del Génesis, pregunta: “¿Dónde está el hermano esclavo (…) ese que estás matando en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para la mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos!”. (§ 211).


Luego escribe en defensa de las mujeres que sufren exclusión, maltrato y violencia, antes de defender a los más débiles de todos, “los niños por nacer, a quienes hoy se les niega su dignidad humana”, página fundamental que concluye “precisamente porque es una cuestión atinente a la coherencia interna de nuestro mensaje sobre el valor de la persona, no debe esperarse que la Iglesia cambie su posición (…) Este no es un asunto sujeto a supuestas reformas o modernizaciones”.


Saltemos a una parte medular de la exhortación, la referente a la predicación. El capítulo III, que se refiere a ella, constituye un manual a la vez teórico y práctico. Con igual delicadeza que firmeza, el Papa llama la atención sobre la calidad de los sermones y homilías. Es de primordial importancia —acoto— que la jerarquía, empezando por los seminarios, se ocupe de preparar a los sacerdotes para que transmitan eficazmente el mensaje evangélico. A mi juicio, buena parte de la crisis de la Iglesia se debe a la deficiente comunicación y al tedio frecuente que aleja a muchos de la santa misa. 


A pesar de tantos fenómenos sociales, no existe auditorio mayor ni menos bien atendido que el de la misa dominical en países como el nuestro. 


Preguntas similares podrían hacerse sobre los vestigios de la educación católica. Hace poco preguntaron al gran historiador Pío Moa, quien se define como agnóstico, su opinión sobre la educación religiosa de su juventud. Respondió que era mucho mejor que la actual porque había algo de catecismo, algo de historia sagrada y algo de historia de la Iglesia…


Pues bien, sin esos elementos, ¿qué queda hoy de la instrucción religiosa? Interrogante que debemos plantearnos muy seriamente y que se relaciona, seguramente, con la inquietud que expresa el Papa.


***


En un fervoroso discípulo del poverello de Asís, no es de extrañar un párrafo tan diciente, de especial vigencia en la Colombia depredadora y macrominera: “En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”.