Columnistas

La ciudad espera al visitante
Autor: Dario Ruiz G髆ez
7 de Abril de 2014


Estamos ante la presencia de 10.000 visitantes convocados por el Foro Mundial de Urbanismo. El problema de la equidad y la vida en las ciudades es el tema neur醠gico del pensamiento urban韘tico hoy.

Estamos ante la presencia de 10.000 visitantes convocados por el Foro Mundial de Urbanismo. El problema de la equidad y la vida en las ciudades es el tema neurálgico del pensamiento urbanístico hoy. Pero hay un factor con el cual no suelen contar los organizadores y es la presencia misma de la ciudad y de los ciudadanos o sea de ese factor humano con que se va a encontrar el visitante. Hay ciudades como Madrid, Berlín, Barcelona, que se caracterizan por el calor humano de sus gentes, por la presencia de la vida de las calles, por la capacidad de desplegar ante el visitante sus lugares, su música, allí donde vive la verdadera ciudad, aquella que no tienen en cuenta las guías oficiales de turismo. Volvamos a recordar a Benjamin: “Conocer una ciudad es saber perderse en ella” Y esta es, por encima de los planos abstractos de los especialistas, de las cifras y diagnósticos de los burócratas de oficio, el Medellín que no han podido derrotar ni los violentos ni los especuladores, ni siquiera los teóricos de la catástrofe.


Y lo voy a decir: es la ciudad que nunca podrá “normalizar” el descafeinado y mentiroso urbanismo  de los POT manipulados por comerciantes sin imaginación alguna. Porque la ciudad al igual que los ciudadanos es una metáfora que, como tal, es irreducible a cifras económicas, a definiciones antropológicas al servicio de las ideologías del poder. Las ciudades, tal como las percibió Italo Calvino, constituyen un territorio propio de gentes con imaginación suficiente para responder a cualquier tipo de ofensa. La verdadera ciudad es un lugar situado mentalmente en un espacio que ha sabido sobrevivir a los intolerantes. La ciudad que amo, decía Kandinsky, la llevo dentro de mí para preservarla. Porque de este modo, señalaba el gran pintor, la rescato de la fealdad que la rodea, de la ruina moral de quienes diariamente atentan contra la alegría común. Con ello señalaba el dañino contraste que se da entre la producción de fealdad por parte de los especuladores, de los arquitectos de ocasión capaces de justificar a nombre de un desconsolador pragmatismo la desaparición de los espacios sagrados de la casa y la otra ciudad de vecinos, de parches para el diálogo en la tarde.


¿Quién arrasó con los patios, los árboles, quién degradó los materiales de construcción, quién distorsionó los cálculos de construcción, el concepto de amoblamiento urbano? ¿Y, el ciudadano modesto convertido en “beneficiario de vivienda de interés social”, de desplazado, de negro a quien le quitamos su calle, su poética espacial y los confinamos en extramuros desolados? Calidad de vida no es sinónimo de opulencia criminal, lo es de la posibilidad de estrechar los lazos sociales, de despertar y ahondar el sentido de la solidaridad, de permitir los espacios para la intimidad necesaria. En lo inefable no cabe la rentabilidad por metro cuadrado. Precisamente la ciudad de la inequidad ha crecido en la medida en que ha crecido el despojo de estos territorios urbanizados por los anónimos ciudadanos. Y esta es la ciudad que permanece a pesar de la agresión.


Lo que quiero decir es que ante esta avalancha de visitantes que buscarán la ciudad verdadera, nuestra burocracia se dará cuenta de que la calle es sinónimo de convivencia en el encuentro con lo desconocido que se torna familiar, de que los parches son la respuesta a la deshumanización del territorio, de que la música tiene un origen y por lo tanto la hospitalidad de las gentes un porqué. Esta, no es por lo tanto la ciudad maquillada, no es ésta la música prestada, el estiramiento que no es cordialidad, los espacios impersonales de una tipología comercial globalizada, es la ciudad del vecino, la ciudad del afecto, contraria a la ciudad prepago, a la infamia de la “rumba segura”.