Columnistas


La contribución de valorización
Autor: Jorge Arango Mejía
6 de Abril de 2014

Hay temas que no pueden hacerse a un lado, porque todos los días tropieza uno con ellos. Con mayor razón cuando su olvido genera atraso, abandono, pérdida de oportunidades. Este es el caso de la contribución de valorización.


La historia, que no se borra porque algunos no la estudien y otros la ignoren deliberadamente, enseña que Armenia dejó de ser una aldea  después de 1960, época en que, restablecida la paz en el Quindío por obra y gracia del Frente Nacional, se emprendieron diversas obras urbanísticas. En esos tiempos se pavimentaron centenares de cuadras, mediante esta contribución, y no era raro que a la Oficina de Valorización llegaran memoriales de vecinos que pedían se pavimentaran calles de sus barrios por este sistema. Las ampliaciones de las carreras 14 y 16, lo mismo que la de la calle 21, transformaron el  centro. Y no hay para que hablar del Parque de los Fundadores, de la Avenida Bolívar y de la Avenida 19 de enero.


La gente entendía cuánta razón tenía el Maestro Fernando González –autor del primer estatuto de valorización de Medellín- cuando decía que esta contribución era el único tributo que la gente pagaba con gusto, porque se veían las obras en que se invertía.


Lamentablemente, un mal día llegó a la alcaldía de Armenia un politiquero que nunca debió alcanzar ese puesto. Ilusionado con un puñado de votos que le permitieran aspirar a más altos destinos, pensó que los conseguiría si renunciaba a esa herramienta de progreso, con el argumento mentiroso de defender a los pobres.  Acabó, en consecuencia, con la Oficina de Valorización.


No sobra  recordar los principios en que se basa la contribución de valorización:


1º.) Quienes la pagan, apenas le devuelven al Estado parte del aumento de valor de su predio, causado por la correspondiente obra.


2º.)  Impide la injusticia de que con tributos pagados por todos (predial, industria y comercio, sobre tasa de la gasolina etc), se construyan obras que solamente valorizan los predios de algunos. Fue lo que ocurrió en Armenia, al volverse peatonal la carrera catorce –Calle Real- y al construirse la Avenida Centenario. 


3º. )  Libera recursos que pueden destinarse a diversas obras, en sectores de la ciudad que están habitados por personas de inferior capacidad económica.


4º.) Permite acometer grandes obras y, por lo mismo, combate el desempleo. Esto último tiene especial importancia en una ciudad como Armenia, que lleva varios años ocupando el primero o el segundo lugar en la estadística de los sin trabajo.


Bien se que escribir sobre esto es llover sobre mojado, clamar en el desierto. Anda ahora la administración de Armenia comprometida en la absurda tarea de hacer intransitables las vías del centro, al ampliar los andenes y disminuir el ancho de las calzadas. En la carrera 17 ya se vio el resultado: los peatones no pueden ni pensar en arriesgarse a caminar por las aceras invadidas nuevamente por vendedores callejeros; y los automotores van a paso de tortuga, y si uno se detiene tienen que parar todos los que lo siguen.


Ahora sí la  alcaldesa puede enorgullecerse de haber creado la plaza de mercado descubierta más grande del mundo. Allí se consigue de todo: mercancías de contrabando y de otras dudosas procedencias; substancias alucinógenas; alimentos en mal estado, y ¡cómo no en ese mercado! rateros que aprovechan la muchedumbre y el desorden.


Pasarán estos años de oprobio e ineptitud y nada quedará: solamente la frustración y la vergüenza por el tiempo perdido.  ¡Y ni siquiera levantaron el monumento al carriel y los dados!