Columnistas

¿Qué hacer para que la sal no se corrompa y la luz no se apague?
26 de Marzo de 2014


Uno de los bienes más valiosos con el que cuenta una sociedad es el de sus niños y el de sus jóvenes. Cualquier comunidad humana está llamada a poner en ellos la esperanza en un auspicioso porvenir.

Monsenor Luis Adriano Piedrahita Sandoval


Uno de los bienes más valiosos con el que cuenta una sociedad es el de sus niños y el de sus jóvenes. Cualquier comunidad humana está llamada a poner en ellos la esperanza en un auspicioso porvenir. Ellos son el principio dinamizador del cuerpo social, su fuente de innovación, de creatividad, de autenticidad. Los niños y los jóvenes representan el renuevo de una comunidad, el relevo necesario de los que construyen la ciudad temporal.  


Con razón, el beato Juan Pablo II aplicaba a los jóvenes las palabras de Jesús en el sermón de la montaña: “Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13).


Un país como Colombia o una región como Urabá, podrán mirar, con fundada confianza, hacia un futuro mejor, cuando saben conservar con sabiduría y solicitud el invaluable recurso de una niñez y de una juventud formada en auténticos valores humanos, morales y cristianos.


Duele, por lo tanto, y genera desesperanza, el futuro incierto de nuestros niños y de nuestros jóvenes, y por lo tanto, de nuestra región, cuando a ellos se les ve expuestos a carencias como la poca perspectiva de empleo o la falta de espacios para la recreación, o se les ve sometidos a la cultura del dinero fácil, de la violencia, de las pandillas, de la droga, del tráfico de la misma, del licor, de la prostitución, de la corrupción, y de tantas otras propuestas que los llevan hacia el abismo de la frustración, del desencanto, de la desesperanza, de la muerte misma.


Duele sobre todo lo que está pasando en la actualidad, la muerte de nuestros jóvenes, no se sabe a ciencia cierta cuál es su causa, si se trata de la mal llamada “limpieza social”, o de la guerra entre pandillas, o del involucramiento en el nefasto tráfico de la droga, o de todas juntas.


He oído decir de la existencia de verdaderas mafias, fábricas cuyos dueños no son sino mercaderes de vidas humanas, versiones renovadas del esclavismo de siglos pasados, que se dedican a reclutar jóvenes para colocarlos al servicio del nefasto negocio de la droga, corrompiendo así sus conciencias, induciéndolos a transitar por el camino de la delincuencia, subyugándolos al señorío del dinero fácil, apropiándose abusivamente de su libertad, truncando cualquier expectativa de alcanzar nobles ideales, y exponiéndolos, como estamos viendo, a una muerte prematura.


Se trata de una situación que nos debe cuestionar a todos, a los creyentes y no creyentes, a la Iglesia católica y a las demás denominaciones religiosas, a las autoridades, a las instituciones del Estado y de la sociedad civil, a todos los ciudadanos de bien. ¿Qué podemos hacer para que nuestros niños y nuestros jóvenes, preservados de ser asesinados impunemente, miren con esperanza un porvenir que les espera, lleno de satisfacciones personales, que puedan creer en sus propias capacidades  y posibilidades, que sean capaces en empeñarse por construir para ellos y para los que los rodean una vida digna? ¿Qué debemos hacer para que la sal no se corrompa y la luz no se apague?


*Obispo de Apartadó