Columnistas

A propósito del Foro Urbano Mundial
25 de Marzo de 2014


Las ciudades nacieron, lo dice Aristóteles en La Política, por necesidades de la vida: decimos hoy, necesidades existenciales (reconocimiento y respeto de la dignidad, seguridad, arraigo) y básicas (bienes meritorios, vivienda, trabajo).

Beatriz Restrepo Gallego


Se celebrará en Medellín a comienzos de abril, el 7° Foro Urbano Mundial, ONU-Habitat  (WUF7 por su sigla en inglés),   que busca analizar los retos de las ciudades en el s. XXI y trazar directrices que a escala global posibiliten la transformación urbana que proponen las Naciones Unidas en cuanto a sostenibilidad  económica, ambiental, social y cultural. Será ésta una ocasión única para que Medellín, más allá de mostrar sus logros en la construcción de espacio público y centros educativos y culturales, en movilidad y transporte masivo, en servicios públicos domiciliarios de calidad (aunque todavía no universales), reflexione sobre sus limitaciones y carencias, aprenda de modelos exitosos en otras ciudades de condiciones similares y, sobre todo, devuelva al ser humano el lugar central que en  el urbanismo tiene como habitante de la ciudad, centro de la misma. Es importante recalcar esto, cuando el ser humano, el habitante, es tema marginal en nuestra planeación urbana (con honrosas excepciones) enfocada más bien a los proyectos inmobiliarios y de renovación urbana, los espacios públicos y los temas medioambientales.


Las ciudades nacieron, lo dice Aristóteles en La Política, por necesidades de la vida: decimos hoy, necesidades existenciales (reconocimiento y respeto de la dignidad, seguridad, arraigo) y básicas  (bienes meritorios, vivienda, trabajo). De igual manera surgieron las ciudades en la baja Edad Media, cuando las poblaciones campesinas impulsadas por las guerras, la violencia, el hambre y la pobreza buscaron refugio a la sombra de los burgos (castillos, fortalezas, centros amurallados), donde esperaban encontrar seguridad, trabajo y convivialidad.  Todavía hoy, casi mil años después, las ciudades siguen siendo – y en particular Medellín- en el imaginario colectivo lugares de acogida, de seguridad y según el mismo Aristóteles, “de vida mejor”, es decir, de solicitud por el otro y solidaridad. Así lo afirma Darío Ruiz cuando dice que la ciudad es un acto de solidaridad y desde la solidaridad, de dignidad. No pareciera que Medellín responda a estas expectativas, más grave aún cuando éstas son constitutivas del ser ciudad.    


El Foro ha adoptado como su lema, el propuesto por la Alcaldía de Medellín: “Ciudades para la vida. Ciudades con alma”.  La primera es aquella cuyos habitantes respetan de manera absoluta el derecho a la vida, pero no solo en el sentido de preservarla y mantenerla a salvo de daño, sino de propiciar también su florecimiento, mediante oportunidades y apoyos. La segunda es aquella cuyos habitantes hacen gala de compasión y solidaridad (no son desalmados) y además son esforzados y persistentes en la búsqueda de fines colectivos (le ponen el alma a la ciudad). Estamos aún muy lejos de que estos lemas, de por sí valiosos, hayan logrado transformar   mentalidades y con ello, prácticas nocivas que han hecho de Medellín un hábitat precario par todos sus habitantes aunque en muy desigual escala. Por eso es importante el trabajo que el Centro de Fe y Culturas y otras organizaciones de la ciudad, incluyendo el Municipio mismo, están haciendo por formar sujetos capaces de hacer de estos lemas  un propósito personal y colectivo en sentido a la vez político y moral.


Las numerosos distinciones que ha recibido Medellín, -entre ellas ser sede de ese Foro Mundial Urbano- deben ser recibidas no tanto con orgullo cuanto con humildad.  Ellas quieren reconocer los esfuerzos de una ciudad que lleva años enfrentando sus problemas, pero a la vez nos señalan cuán lejos estamos de alcanzar todavía aquello a lo que aspiramos. Estar atentos a los desarrollos de este Foro, cualificará esta búsqueda.


*Miembro del Centro de Fe y Culturas