Columnistas

“Agualongo. Valor y orgullo de un pueblo”
Autor: Alejandro Garcia Gomez
22 de Marzo de 2014


A veces es la arrogancia ingenua –como lo presencié en la Pinacoteca- otras la bajeza hasta la injuria –según me contaron amigos-.

En el reciente retorno a la región que me vio nacer, crecer, enamorarme y, en general, formarme, recogí algunas obras cuya reseña intentaré en siguientes entregas, como he buscado hacerlo otras veces –salvo algunas excepciones- con aquellas casi anónimas, casi clandestinas que carecen de la costosa maquinaria publicitaria.


En el renacer sobre los valores históricos sureños, percibí que la intelectualidad nariñense actual se encuentra dividida entre valorar el papel de los ejércitos republicanos –después de que el general Nariño declarara la independencia absoluta del realismo español en 1813-, y de otro lado una que honra la gesta pastusa realista con Agualongo a la cabeza. La masacre de la navidad de 1822 a cargo del general Sucre, ejecutada por el general Salom, claro está que después del rompimiento de los acuerdos con Bolívar por parte de nuestros coterráneos instigados por el chapetón Benito Boves –que se fugó cuando la vio fea, como lo hicieron siempre sus paisanos-, y la barbarie posterior a ésta, ha polarizado los bandos. No siempre los intelectuales adversarios se oponen argumentos entre sí. A veces es la arrogancia ingenua –como lo presencié en la Pinacoteca- otras la bajeza hasta la injuria –según me contaron amigos-. Sigo pensando lo que he expresado en anteriores ocasiones: es fácil sentarse a pontificar en la poltrona del tiempo sobre hechos cumplidos hace dos siglos, fustigando el suelo con el báculo de la verdad actual. No sobrevaloro la acción reaccionaria de la ideología realista pastusa (si se me permite el término) contra un menosprecio de la revolucionaria, en ese momento representado por la campaña libertadora, la que seguramente me habría arrastrado. No. Lo que destaco es la valentía, el coraje y la lealtad, tres valores inmensos de esos antecesores nuestros, de quienes orgullosamente descendemos, así ellos hubieran estado equivocados, desde nuestro punto de vista actual. En ese sentido fue magna la gesta de Agualongo y del Cabido de Pasto. Equivocada, quizá, fue la crueldad con la que se pretendió “no dejar piedra sobre piedra” -Bolívar en carta a Santander- de ese pueblo humilde pero lleno de una dignidad altiva hasta hoy, cuando lo carcome la violencia, consecuencia del Efecto Globo del Plan Colombia, pero esta es otra historia.


El historiador Enrique Herrera Enríquez en su “Agualongo. Valor y orgullo de un pueblo” (Alcaldía de Pasto. Secretaría de Cultura. Impresión J. E. Garzón distribuciones. Pasto. 2011. 132 pp.) presenta un texto fundamentado en algunos autores que le han antecedido, entre ellos quizá el de mayor investigación de archivo en torno a nuestro verdadero héroe, equivocado si se quiere, el historiador Sergio Elías Ortiz con su clásico “Agustín Agualongo y su tiempo” (Biblioteca Banco Popular. Bogotá. 1974. 549 pp), quizá como parte de la conmemoración de los 190 años de su fusilamiento el 13 de julio de 1824. El mayor aporte del historiador Enríquez es el seguimiento al destino de los restos funerarios de Agualongo. Primero la búsqueda del sarcófago en el templo de San Francisco de Popayán que debió realizar el comisionado por la Academia Nariñense de Historia –Emiliano Díaz del Castillo-, restos que él aceptó como del héroe, basado en la testificación de un catedrático de Anatomía Humana de la Universidad del Cauca, ya que fue borrada de la faz colombiana cualquier asomo del apellido Agualongo de los nietos, para eliminar su génesis. Pero es prolijamente minucioso al narrar el secuestro de que fue objeto el sarcófago del héroe por el grupo M-19 –aún en la guerra entonces- con el cual pretendían llamar la atención de su Comando Nacional sobre la militancia pastusa, según Enríquez. Los avatares de este secuestro y posterior entrega por el M-19 (casi como narrados desde dentro, de actor) es quizá el verdadero aporte histórico de esta obra, así falte documentación y los alias de los “compañeros” se queden para siempre en el anonimato. Ojalá no.