Columnistas

Reinventar los partidos pol韙icos
Autor: Dario Ruiz G髆ez
17 de Marzo de 2014


Sof韆 Gaviria ha definido de manera clara el papel de una joven pol韙ica ante su Partido. Porque la renovaci髇 de un Partido comienza por democratizarse desde dentro, impidiendo que se convierta en un coto de propietarios exclusivos,

Sofía Gaviria ha definido de manera clara el papel de una joven política ante su Partido. Porque la renovación de un Partido comienza por democratizarse desde dentro, impidiendo que se convierta en un  coto de propietarios  exclusivos, permitiendo la renovación que supone el aporte de nuevos estamentos. Piénsese en el caciquismo tan nefasto en los  departamentos de la Costa, Caldas, Valle, con tótems inamovibles que se rotan endogámicamente los poderes.  Las condiciones de miseria de los habitantes de la Costa son alucinantes pero sus caciques políticos se gastan cientos de millones no en elevar su calidad de vida, sino, en dilatar su poder, tal como acaba de suceder. Lo infame es que, como se acaba de demostrar en estas elecciones,  el Registrador disponga de un gran aparato tecnológico para hacer unos comicios modernos y, este país político de la marrulla y la corrupción sea capaz de apagar la luz en el momento decisivo del recuento de votos.


 Solamente como realismo mágico puede concebirse que un patriarca intolerante como Roberto Gerlein, obtenga una votación tan grande. Y todo fríamente calculado con tal de quitar poder legítimo a Marta Lucía Ramírez. ¿Qué ha cambiado, entonces, respecto a las  estructuras tercermundistas, de gamonales y caciques, de condes de Cuchicute bogotanos  que se oponen a la existencia de un país moderno, de una democracia plural? Si se hubiera presentado un crecimiento de la democracia bajo la nueva prosperidad económica, esta modernización se hubiera dado  con la presencia de las nuevas voces, de gremios campesinos, de la mujer, con una política vigorosa de defensa de los derechos de la niñez, con la preservación de las ciudades y la incorporación necesaria de las regiones que no pueden seguir políticamente representados por personajes folclóricos. Y no fue así.


Traigo a cuento en estas circunstancias aquella frase de Diógenes Laercio. “Necesito, en todo caso, un amo más inteligente que yo” Porque respecto a la política colombiana los “amos” nunca han sido inteligentes y el origen de sus fortunas es reciente y obvio, de manera que reclamarse caprichosamente como una aristocracia histórica que es dueña de un Partido donde coloca a su antojo a su familia y encumbra a sus delfines, es ahora, sobre todo bajo la globalización, una broma propia de aquellos viejos dictadores tropicales. Un error del gobierno Santos fue tratar de regresar al modelo de gobierno de una aristocracia capitalina, tratando de mostrar que quienes  pertenecen a la oposición y viven y trabajan en la provincia,  carecen de roce social, que quienes hacen periodismo desde la provincia, carecen de ese supuesto halo de cosmopolitismo del cual presumen sus figuras consagradas. A esto se le llama mirarse en el ombligo, precisamente, la expresión del peor provincianismo.


Nunca estuvo Colombia más alejada de la escena internacional, se firmaron  TLC con muchos países pero el único interlocutor fue  el chavismo, la más terrible demostración de regresismo histórico. “¿Tiene algún remedio para el dolor de España?” pregunta una señora en una farmacia en una viñeta de El Roto. ¿A quién bajo esta maquinaria de corrupción le puede doler la situación de desamparo y de indiferencia  de la pobre Colombia? El lastimoso espectáculo de un Senado holgazán que eludió su responsabilidad ética y es hoy la imagen de la degradación de la política no puede repetirse después de esta lastimosa demostración  de regreso al caciquismo propiciado por la mermelada, pues de lo que se trata es de recuperar  la democracia, de salvar el Estado de Derecho, rescatando la dimensión del ciudadano. Tarea de las nuevas voces.


 P.D. Elocuente el silencio de los columnistas e intelectuales de “izquierda” ante la tragedia venezolana.