Columnistas

¿Fiesta democrática?
Autor: Jorge Arango Mejía
16 de Marzo de 2014


Siempre ocurre lo mismo: los que han ganado las elecciones dicen que “triunfó la democracia” o pregonan que “Colombia votó en paz”; quienes han perdido, lo atribuyen al fraude.

Siempre ocurre lo mismo: los que han ganado las elecciones dicen que “triunfó la democracia” o pregonan que “Colombia votó en paz”; quienes  han perdido, lo atribuyen al fraude. Por esta razón, bien podría uno abstenerse de escribir sobre este tema, que a la larga se torna intrascendente. Pero ésta sería una manera de negar la realidad, de pensar que los problemas desaparecen cuando sobre ellos se tiende un manto de silencio.


La experiencia indica  que la vía del progreso, del cambio, es la que se construye sobre la crítica, sobre la descripción de las fallas. Para curar es menester, antes que todo, acertar en el diagnóstico. Afirmación también valedera si de enfermedades sociales se trata.


¿Cómo es nuestro sistema electoral? Sin ánimo de hacer un examen pormenorizado –imposible en una nota periodística-, sí pueden señalarse algunos aspectos que preocupan.


El primero se examinó en esta columna hace apenas unos días: la circunscripción nacional para elegir senadores. En la reforma constitucional de 1991 se incurrió en ese error. Resultado: se convirtió el país en una inmensa feria, en la cual, con dineros no siempre limpios, los politiqueros compran votos. Y quedaron muchas regiones sin representación en el Senado, como acontece con el Quindío. A propósito: durante el Frente Nacional, tan criticado a veces, tenía (por mandato constitucional), tres senadores. Por fortuna, ya el gobierno anuncia la presentación de un proyecto de acto legislativo para corregir este sistema corruptor.


El segundo, la extrema complejidad  del acto de votar, en sí mismo considerado. Los ciudadanos habilitados para votar, son más de treinta millones. Solamente sufragaron los que corresponden al 12,5%, aproximadamente. Es verdad que la abstención tiene diversas causas: en el medio rural, la distancia hasta los puestos de votación, sumada a la imposibilidad de dejar la casa vacía; la ignorancia, que causa indiferencia, marginamiento de este tipo de procesos; y, finalmente, reacción, protesta contra  situaciones sociales. ¿Qué ésta es una manera equivocada de protestar? Es cierto, pero la gente no conoce otra: así, sencillamente, expresa su rechazo a la política y a los políticos que, erróneamente, identifica con politiquería y politiqueros. En mala hora el Diccionario de la Real Academia Española cambió la definición de politiquería: “bastardeo de los fines de la acción política”. Así figuró en la decimoctava edición, publicada en 1958. Ahora, en la vigésima segunda, aparece otra, eufemística y carente de la fuerza expresiva que la antigua tenía. Para mí, y para la gente, en general, es mejor la primera.


Pero, volviendo al momento de votar, cabe afirmar que es difícil imaginar algo más complicado que el tarjetón. Es la única explicación para los millones de votos nulos. Quienes los depositaron no protestaban contra nada: sencillamente, no sabían utilizar aquel. 


La compra de votos se ha convertido en práctica generalizada. Algunas veces se pagan en dinero efectivo y otras, se permutan por diversos bienes. Alguna gobernadora, interesada en elegir su sucesor o a un pariente, llegó a repartir cerdos y gallinas. Y, según cuentan, esa táctica le funcionó. Muchas son las razones que hacen que alguien venda su voto: la ignorancia, la pobreza, la convicción (nacida de una experiencia cuyo origen casi se pierde en la penumbra del pasado) de que la real expresión de su voluntad nada cambiará, que todo seguirá igual. Es el conformismo, completamente diferente a la satisfacción basada en la consciente aceptación de un régimen que se juzga bueno.


Nota: ya habrá tiempo de analizar el desastre del partido Liberal. Menos mal que sigo siendo liberal, como millones más, y no reconozco jefaturas surgidas de la nada, y nunca merecidas por sus detentadores: jefaturas de mentiras y no reales. Y si no, que lo diga Simón, el que no sabe leer pero sí firmar…