Columnistas

Hablemos hoy de libros
Autor: José Alvear Sanin
5 de Marzo de 2014


La historia, siempre terrible, de las revoluciones, no escapa sin embargo, a una inevitable monotonía. Preocupado por el prólogo venezolano para la revolución colombiana, no puedo dejar de recordar que Maduro está siguiendo el guión de Allende

La historia, siempre terrible, de las revoluciones, no escapa sin embargo, a una inevitable monotonía. Preocupado por el prólogo venezolano para la revolución colombiana, no puedo dejar de recordar que Maduro está siguiendo el guión de Allende, con los Tupamaros movilizados, versión en motocicleta, aun más siniestra, de las pavorosas guerrillas uruguayas (idealizadas ahora con el blanqueado lobo con piel de oveja de Mujica), para amedrentar una población empobrecida y famélica.


Por elevar una voz casi solitaria frente a este peligro máximo, esta columna no ha podido ocuparse últimamente de buenos libros recibidos de generosos amigos. En primer lugar quiero referirme a dos, excelentes, como de costumbre, de Mario Vargas Llosa: “El pez en el agua”, inicio de sus memorias (que, espero, algún día concluya), y un ensayo excepcional sobre estos menguados tiempos, “La civilización del espectáculo”, bien merecedores ambos de un comentario.


Con “Junín 1960”, Jairo Osorio Gómez ha logrado una maravillosa evocación literaria y fotográfica del inolvidable paseo vespertino de cuando Medellín empezaba a dejar de ser otro villorrio antioqueño…


Aktiva Servicios Financieros ha patrocinado la publicación, para su círculo, de dos preciosos bouquins: “Personalia”, de Michel Tournier, acerca de la sobrecogedora y macabra historia de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel, en Berlin-Wansee, en 1811, seguida de cortos y preciosos ensayos sobre “Rouge et Noir”, la necesidad y la libertad en tres cuentos de Flaubert y la iniciación mórbida en Thomas Mann; y “Fernando Pessoa, el desconocido de sí mismo”, de Octavio Paz.


La sexta edición, ampliada y con buen acervo iconográfico, de “Fernando González, filósofo de la autenticidad”, de Javier Henao Hidrón, se consolida como obra determinante para evaluar al maestro de Otraparte a los 50 años de su muerte.


Pedro Juan González reúne en “¿Quo vadis, Colombia?” pertinentes inquietudes sobre geopolítica, disciplina de fundamental importancia, casi por completo ausente de las preocupaciones banales, cortoplacistas y con frecuencia venales, de cierta clase política dirigente. 


También agradezco al ingeniero Eduardo Vélez Toro el envío de su oportuno manual para las buenas prácticas de rehabilitación y conservación de vías, tema generalmente pretermitido en Colombia por al prelación que se da a la inauguración por sobre la conservación de las obras públicas.


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El gozo de aquel “vice impuni” de la lectura alivia parcialmente la contemplación de un país lacerado por la capitulación innecesaria de su gobierno frente a la barbarie subversiva.


Antes de inclinarme hoy sobre un tesoro bibliográfico, “Memorial del Ilustrísimo y Reverendísimo Monseñor Manuel José Mosquera, Arzobispo de Bogotá”, impreso en París en 1858, del que dudo sobreviva otro ejemplar, debo narrar una estremecedora historia.


Para los bibliófilos, la destrucción de volúmenes es bien dolorosa, pero no podemos negar que el descarte en las bibliotecas públicas secundarias es inevitable porque el paso del tiempo mata inexorablemente la mayoría. Muy pocos superan la duración de la vida de sus autores, pero con frecuencia algunos excelentes, por viejos, corren inmerecidamente la misma suerte de otros apenas mediocres. La escasez de lectores no puede ser único criterio para la eliminación de textos. 


En 1959, en alguna facultad de la Universidad de Antioquia de cuyo nombre no quiero acordarme, a escasa media cuadra de su Biblioteca General, dirigida entonces por un gran intelectual, Gonzalo Cadavid, buscando habilitar una oficina para un quídam, profesor inepto, fanfarrón y simulador de cultura, se ordenó desocupar el depósito donde dormían los libros con los que el general Santander, hacia 1825, dotó la biblioteca del Colegio Provincial, núcleo de la futura universidad: la Encyclopédie, J.B.Say, Rousseau, Bentham, Tracy, etc. En vez de sacudir el polvo de esos olvidados tomos, fueron enviados de urgencia a la fábrica de Cartón de Colombia. Afortunadamente un estudiante, Fernando Vélez, que tenía carro, entonces una rareza, salió detrás del camión que los llevaba y sacudiendo sus bolsillos logró salvar varios kilos de aquellos libros, que continúan en su poder. 


Traigo a cuento esa horrible historia porque el “Memorial” se salvó de algo parecido hasta llegar a la biblioteca del doctor Fernando Álvarez Echeverri, quien lo ha puesto en mis manos para su estudio, que dejo para la próxima semana, Deo volente.


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“De niño, Klimt era dueño de una gran pobreza (…)” El Colombiano, febrero 14/2014. p. 30.