Columnistas

Profe, ya terminé
5 de Marzo de 2014


Alguna tarea del colegio, una actividad laboral, algún evento cultural o deportivo pueden poner de manifiesto las capacidades de personas que convencionalmente son rotuladas como aventajadas, sobresalientes, talentosas, superdotadas

Luciany Nanclares


Alguna tarea del colegio, una actividad laboral, algún evento cultural o deportivo pueden poner de manifiesto las capacidades de personas que convencionalmente son rotuladas como aventajadas, sobresalientes, talentosas, superdotadas o, de una forma despectiva, nerds, cerebritos, sabelotodos. ¿Y qué hacemos con su potencial? Cada vez que les quede oportunidad, padres y madres los exponen en reuniones familiares; docentes los exoneran de algunas pruebas, los escogen para ser monitores o en el peor de los casos les asignan la penosa tarea de delatar a sus compañeros; instituciones educativas los pasan a grados superiores a veces sin contemplar las consecuencias emocionales; en empresas, las funciones parecen multiplicarse conforme aumentan los talentos descubiertos; el país los usa para ganar sus batallas deportivas, culturales y académicas, en muchos casos sin el apoyo que requieren. Y ni qué hablar de aquellos que se mueren en las sombras porque ni siquiera han sido contemplados desde la diversidad de sus talentos excepcionales.


Es que se ha perdido el norte cuando de atender el talento se trata: si hay que escoger entre tener amigos o ayudarle al profe, las personas con capacidades o talentos prefieren los amigos, después de todo, estos les acompañan en sus deseos. De los carteles públicos a ser acogidos y cuidados preferirán lo segundo.


Recuperar el norte, como diría Nietzsche, comienza cuando comprendamos que las personas con altas capacidades no tienen que tener “una visión directa de la esencia del mundo, como si la obtuvieran a través de un agujero que atravesase la capa de la apariencia”, que no tienen que ser capaces de “transmitirnos verdades capitales y definitivas sobre el ser humano” sin tener que afrontar arduas jornadas de empeño en sus tareas; comprendiendo esto lograremos, en el marco de la inclusión, generar ambientes propicios para la exploración, el aprendizaje y el desarrollo del potencial de los seres humanos.


En consecuencia, cuando estemos listos para acoger el talento, este florecerá sin remedio y tal vez veamos otras alternativas para el país. Es el momento para forjar en nuestras naciones un pensamiento crítico y reflexivo de cara a un futuro que reclama la atención a las capacidades de las personas que terminan pronto sus tareas, que tienen otra forma de ver el mundo, que expresan de manera creativa sus ideas, que aman profundamente lo que hacen. 


En un espacio fértil,  eventualmente surgirán médicos éticos, empresarios e ingenieros íntegros y respetuosos de lo humano, docentes conscientes de su responsabilidad social, políticos honestos que conozcan nuestra historia y estén dispuestos a realizar cambios pertinentes con argumentos para el bien del pueblo; en última instancia, seres humanos felices.