Columnistas

Nada nuevo bajo el sol
Autor: Rodrigo Pareja
4 de Marzo de 2014


El próximo domingo culmina otro acto de la interminable ópera bufa que cada cierto tiempo se ofrece como barata entretención a los colombianos, ya que las elecciones en este país no pueden calificarse como espectáculo digno de aplauso y admiración.

El próximo domingo culmina otro acto de la interminable ópera bufa que cada cierto tiempo se ofrece como barata entretención a los colombianos, ya que las elecciones en este país no pueden calificarse como espectáculo digno de aplauso y admiración.


El Congreso y los políticos integran la institución más desprestigiada el país desde hace muchos años, con el agravante de que día a día contribuyen con sus actuaciones a ratificar esa deshonrosa posición y justificar el repudio por parte de las grandes mayorías.


Aquí existe una de las más altas abstenciones del continente para esta clase de confrontaciones electorales, lo que confirma el desdén y la poca importancia que una inmensa cantidad de colombianos le dan a este proceso, cada vez más aburridor y protagonizado casi siempre por los mismos pésimos actores.


El solo hecho de saber que el 70 % de los actuales senadores y representantes anda en busca de su permanencia en las curules, reelección que en la mayoría de los casos no tendría ninguna justificación si se hiciera una evaluación seria de la tarea cumplida por los aspirantes, desalienta hasta al más optimista.


Ahora lo que se tiene para que el elector entre a escoger, como alguna vez lo escribió el columnista Daniel Samper Pizano, son “unas bandas atomizadas que se guían por intereses creados,  oportunidades corruptas e ilegales y alianzas que garanticen su perpetuación y beneficios”.


Los otrora poderosos partidos tradicionales como se les denominó a  lo largo del siglo pasado comenzaron a desdibujarse y a perder importancia después de haber sido esterilizados por el Frente Nacional,  y hoy, carentes de ideología y de políticas benéficas y llamativas a largo plazo, quedaron convertidos en una suma de pedazos sin ton ni son.


Cada uno de esos retazos tiene ahora su propio jefe con su respectiva corte de áulicos a la espera de los puestos y los contratos, estos más numerosos e importantes en la medida en que la suma de votos en las urnas -no importa cómo se hayan conseguido- sea mayor.


El elector solo tiene dos alternativas: la de abstenerse, camino seguido por millones de escépticos e incrédulos, o correr a depositar su voto para mantener el inoperante y corrupto statu quo.


Dirán algunos que hay una la tercera alternativa, el tan llevado y traído voto en blanco, el cual en la práctica es una manera de ejercer el onanismo en la política dada su intrascendencia, para borrar la cual tendría que hacer mayoría superior al 50%, algo impensable en esta patria donde los ríos de dinero -bien y mal habido– corren a la par de la ignorancia y la necesidad.


Por eso en el batiburrillo electoral de los últimos meses, acompañado de la más detestable polución auditiva y visual por parte de todos los candidatos, pueden encontrarse como en botica, las promesas, recetas y soluciones para todos los males, formuladas en una torpe competencia por ver quien dice más mentiras y sandeces.


Para no caer en ese pesimismo rotundo y lanzar una débil luz de esperanza con la cual puedan guiarse los que aún pese a todo creen en la política y los políticos, habría que aconsejarles mirar con lupa y mucho detenimiento la tarea cumplida por ese 70% que aspira a reelegirse.


Debe haber todavía entre ellos alguna persona que justifique el sacrificio de volver a las urnas. Y por qué no, mirar también con lente de aumento a algunos de los nuevos que aspiran con muy buena intención cambiar el actual y desalentador estado de cosas.


Ojalá puedan alcanzar su meta y no sean arrastrados a partir del 20 de julio por esa vorágine de corrupción e intereses personalistas en que está convertido el desprestigiado congreso colombiano, donde también priman en la mayoría de los casos las voces de los poderosos y su lucro particular.