Columnistas

A Fernando en el Cielo de Colombia
Autor: Mariluz Uribe
3 de Marzo de 2014


Los periódicos y las gentes han dicho de ti muchas cosas que yo no sabía. Fueron tantos los años pasados sin verte: la vida nos llevó por caminos y lugares diferentes.

Los periódicos y las gentes han dicho de ti muchas cosas que yo no sabía. Fueron tantos los años pasados sin verte:  la vida nos llevó por caminos y lugares diferentes.


Volví, eso sí de Bogotá a Medellín para decirte “Hasta luego”, dentro de tu cajón, sencillo como tu vida, sin adornos, donde reposabas tan tranquilo, con tus labios entreabiertos, con esa sonrisa leve, inventada por ti. 


Escribo esta nota para decir esas cosas tuyas que yo sé, el recuerdo de la niñez que compartimos juntos. Quiero que la leas en el cielo que exista, allí donde muchos de los que te quisieron ya te estaban esperando, porque allá hacían falta tu vitalidad y tu alegría. 


¿Recuerdas cuando pasábamos el día en el campo cazando mariposas blancas? Las soltábamos por la noche en el cuarto donde dormíamos todos, ellas revoloteaban  y nosotros nos tapábamos la cara con las sábanas entre risas y gritos, y amanecíamos llenos de mariposas dormidas.


Tú nos despertabas desde las seis para meternos en el baño de piedra lleno de agua helada en medio del patio florecido. Nos secábamos con los camisones largos y grises de la tía “Mona”, para molestarla e íbamos corriendo y brincando por toda la casa. 


Desayunábamos agua de panela con leche, quesito, arepa  y nos íbamos a subir la quebrada piedras arriba, a contra-corriente; regresábamos llenos de barro a oír los regaños que ya nos sabíamos de memoria, pero cargados de “gupis” recién pescados para poner en la pecerita redonda y clara.


Por la tarde nos trepábamos en los tejados a mirar el desfile de las nubes y a soñar con la vida que teníamos por delante. ¿Qué íbamos a ser? ¿Inventores, actores, vaqueros o periodistas? ( Las cumplimos todas pues hasta para montar a caballo no nos ganaba nadie, nunca nos caímos). 


El fiambre para el tejado eran bolas de chocolate amasadas con harina en la cocina de la abuela, cuentos de Callejas y la revista Tit Bits (trozos escogidos)  para leer callados.


En el zarzo de tu casa nos metíamos dentro de la canasta de ropa limpia y nos echábamos a rodar en medio de nuestra propia algarabía. A las voces de tu mamá que nos tentaba con  “un algo”, de sorbete de plátano con leche, barquillos y hostias, accedíamos a bajar de nuestro castillo en lo alto.


Teníamos un “teatro”, un cuarto con telones rosado y el letrero CIRCO URIBE, con una victrola vieja de 78. Allí representábamos las zarzuelas que habíamos visto en el bello Teatro Bolívar, y cobrábamos a cinco centavos la boleta, ¡pero qué brega daba que nos pagaran!


Cuando te dio aquel tifo que trajiste de un paseo a Santa Fe de Antioquia, delirabas por el cuarto, andando en tu pijama blanca, pálido, pelando en tu mente afiebrada una manzana imaginaria y llamándonos, llamándonos a tu hermana y a mí.


Pasaron los años de colegio, tú en los Jesuitas, yo donde las Hermanas. Después en el  abrir de la juventud, la casualidad hizo que nos encontráramos en Boston, cuando estudiabas allá en la Universidad y vivías en Beacon Street. Vimos ir esa Navidad al pie de un árbol iluminado, en aquella casona inmensa llena de escalinatas y de lámparas (casas en las que los antiguos ricos alquilaban cuartos para estudiantes). El salón que compartíamos todos era sin velitas verdaderas, sin papeletas de pólvora para echar, sin pesebre y sin aguinaldos traídos por el Niño Dios. Así nos fuimos acostumbrando a que el mundo no era como habíamos creído. 


Después de un largo espacio sin ti, apenas roto, interrumpido por el correo frecuente de mis colaboraciones para tu periódico “El Diario”, escritas en mi Remington y enviadas en sobre con estampillas. El Diario, el periódico inolvidable fundado por tu papá, el tío Eduardo Uribe, donde mirando un día alguno de los artículos que te mandaba, yo me quedé en suspenso y me dijiste: “Aquí publicamos todo”.


Enseñabas que el miedo no existía, y que siempre había que ir hacia adelante en pos de lo que se creía. Los políticos del momento nos cerraban el periódico. Luego el periódico se reabría  y así sucesivamente, hasta el cansancio. Pero siempre sin detenernos. Yo estaba acostumbrada: A mi padre años antes le habían cerrado su “CORREO LIBERAL”, que había fundado con Tobón Quintero.


Hoy tu inesperada muerte, llena de sangre, me recuerda la de Ignacio Sánchez Mejía en la poesía de García Lorca: “¡La sangre de Ignacio, no quiero verla!”  No la vi. La vio mi amiga Ruth que te recogió para llevarte al hospital. Hay sangres que no queremos ver porque nos duelen, más que la propia,  sangres derramadas como rosas rojas sobre el suelo. Regando la patria. 


Te mataron por la espalda, porque sabían que eras un valiente. Todo lo que se te venía de frente, lo enfrentabas. El que llevó a cabo la cobarde trama no fue capaz de mirarte a los ojos ni a la cara. 


“Caballero sin miedo y sin tacha”. Se te hizo el homenaje de matarte como se ha hecho con tantos grandes hombres en el mundo, hombres cuya imagen permanece de generación en generación, hombres que entran en la Historia. Fernando Uribe Senior ha abandonado el Planeta Tierra. ¡Viva Fernando!


Mariluz, tu compañera de la infancia


Escrito para El Mundo de Medellin, el día 5 de marzo de 1980