Columnistas

¿Valió la pena?
Autor: José Alvear Sanin
26 de Febrero de 2014


En el año 55 de la revolución cubana el castrismo no ve solución diferente a la adopción del capitalismo de Estado de corte chino, por la improductividad de la misérrima economía isleña, cuyo único puntal es la enorme ayuda que recibe de Venezuela.

En el año 55 de la revolución cubana el castrismo no ve solución diferente a la adopción del capitalismo de Estado de corte chino, por la improductividad de la misérrima economía isleña, cuyo único puntal es la enorme ayuda que recibe de Venezuela. Pero aun en el caso de que el madurismo continúe, la imparable decadencia de la economía venezolana no les permitirá seguir sosteniendo al parásito caribeño. 


Antes de Castro, Cuba era un país comparable a los Estados sureños de USA. A pesar de su atraso, su ingreso per cápita era el mayor de América Latina. El analfabetismo se presentaba apenas en ancianos del campo, pero la bien educada clase media pronto se vería obligada a emigrar en masa, privando a la isla de su mejor capital humano. 


El paredón, los campos de trabajos forzados (como el famoso parque Lenin), la supresión inicial de la Iglesia (tolerada luego bajo estricta vigilancia policial), la eliminación de la propiedad y la iniciativa privadas, el control de la población mediante los comités de barrio, la dilación sistemática y la distribución de las tarjetas de racionamiento, la acumulación de todos los poderes en el dictador, el envío de los jóvenes al África para luchar allá las guerras de la Urss, el bloqueo logrado expropiando sin indemnización las inversiones norteamericanas, el hambre permanente y el envejecimiento de la población, diezmada por el abortismo más desenfrenado,  son los logros formidables de una revolución que logró ubicar a Cuba entre los países más pobres del mundo. En cierta manera, apenas en la otra dictadura comunista hereditaria, Norcorea, se vive algo peor que en el gulag antillano.


Todo lo anterior dizque es el precio que se paga por la “dignidad”. La isla, según Castro, era el burdel de los Estados Unidos, pero su régimen pronto la convirtió en el de las tropas rusas, y cuando estas se retiraron, hubo que abrir el país como lupanar barato para los europeos, con el fin de obtener divisas de la única industria floreciente en la Cuba actual. 


Con razón se describe la revolución como el giro de 360º que vuelve las cosas al punto de partida, pero en el caso de Cuba todavía habrá que esperar muchos años para recuperar estos 55 famélicos e improductivos. ¿Valió la pena todo aquello para regresar a otro tipo de capitalismo?


Hacer este breve resumen de la tragedia cubana es necesario, porque le estrategia del Foro de Sao Paulo está en marcha, y porque el gobierno colombiano, en vez de contemplar el atroz espejo venezolano, se empeña en facilitar la labor de la subversión, conviniendo con ella, a espaldas de un país aturdido por la propaganda y el sentimentalismo, alguna manera de compartir el poder. 


Frente a esa paz bobalicona y preñada de peligros mortales hay que reaccionar luchando eficazmente contra la corrupción, cáncer de nuestro sistema político, la inequidad y el desempleo.


Desde luego, nadie puede oponerse a condiciones generosas para la reinserción de los subversivos en la sociedad, cosa bien distinta de lo que se está fraguando en La Habana. Pues bien, si las Farc, en vez de luchar para que Colombia replique el modelo castrista, entendieran el fracaso de la revolución cubana en lo económico y en derechos humanos, tal vez sería posible negociar con ellos. Pero en cambio, cada día están más aferrados al fundamentalismo estalinista, aupados, además, por un gobierno nacional que se radicaliza en la vana ilusión de que está tratando con unos bondadosos idealistas. 


En esas condiciones, no hay mayor necedad que afirmar que solo un magnicidio podría detener el “proceso de paz”. La muerte de agentes del orden y de ciudadanos inocentes, el reclutamiento de menores, la siembra de minas, el sabotaje de las obras públicas y el narcotráfico claman contra las ambiguas componendas con tenebrosos terroristas a los que el presidente cree, con sobrada razón, capaces de ejecutar magnicidios (!)  Lástima que los demás colombianos, empezando por los nueve millones que votaron por él, valgan menos que sus actuales amigos. 


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Muy acertado el perspicaz periodista Rodrigo Jaramillo Velásquez cuando define a Maduro como un “choferote”.