Editorial

El silencio de los inocentes
22 de Febrero de 2014


Los pasos con que el gobierno Obama busca romper la renovada indiferencia con los abusos de la poderosa China contra sus ciudadanos y el pueblo del Tíbet, son significativos por su simbolismo. Ojalá también lo sean por su impacto.

El Gobierno de Barack Obama ha decidido romper el silencio indiferente de los dos últimos años sobre ciertas vivencias del pueblo chino, y en especial por las que aquejan a los tibetanos, protagonizando en una semana  actuaciones que tienen alto valor simbólico frente a países que de manera tácita, pero contundente, habían aceptado la presión del mayor gobierno comunista del mundo para condenar al dalái-lama y al pueblo tibetano a un largo y pesado silencio que hizo desaparecer su sometimiento de las agendas mundiales.


En visita a Pekín al comenzar la presente semana, John Kerry, secretario de Estado, puso como temas de discusión binacional la decisión china de ampliar la “zona de defensa” del mar oriental, limítrofe con Japón, país con el que está en eterno conflicto. Los otros temas de debate fueron los reclamos estadounidenses por el respeto a la libre expresión, que fue presentado después de una reunión que tuvo con los blogueros que enfrentan la censura y de demandar respeto para los derechos humanos de los tibetanos. Ayer, el presidente Obama recibió la visita del dalái-lama en “la sala de los mapas” de la Casa Blanca, como lo había hecho en dos ocasiones anteriores, en los años 2010 y 2011. El Gobierno señala que la reunión se desarrolló con “un líder espiritual y cultural reconocido internacionalmente” y, en consecuencia, tenía “carácter privado”. No obstante estas declaraciones que buscaban limar asperezas, el Gobierno chino hizo fuertes críticas a la que sigue considerando “una intromisión en asuntos internos del país” y una “amenaza a la soberanía nacional”. 


No obstante, el paso dado ayer no tiene la contundencia de los que dieron el Gobierno y el Congreso estadounidenses en octubre de 2007, cuando su santidad fue invitado oficial a la Casa Blanca, lo que significó que su reunión con el presidente Bush se cumpliera en el Salón Oval, sitio donde se realizan los encuentros con los jefes de Estado. En esa oportunidad el Congreso de Estados Unidos lo condecoró con la “Medalla de Oro del Congreso”, máxima distinción para un líder extranjero, y lo exaltó como “espejo de la paz”. Entonces, se forjó la identidad de la doctrina estadounidense frente al conflicto tibetano con la de los monjes que llevan el liderato político y religioso en esa nación, y que buscan que China respete la autonomía del pueblo tibetano, que no es lo mismo que pedir la independencia. El Gobierno de China rechaza cualquier discusión en torno a este enfoque moderado en la defensa de la libertad de un pueblo sometido.


El más sonado encuentro público reciente del dalái-lama con un líder mundial ocurrió el 14 de mayo de 2012. Entonces, el primer ministro británico David Cameron se reunió con el líder espiritual en la Catedral de San Pablo, de Londres, buscando que el gesto fuera clara señal de que se trataba de una conversación privada. A este encuentro lo sucedió una fuerte reacción del Gobierno chino que durante 18 meses suspendió diálogos ministeriales con Gran Bretaña y bloqueó en dos oportunidades la solicitud del ministro Cameron de visitar Pekín. A pesar de las hostilidades, las relaciones comerciales y de inversión entre China y Gran Bretaña conservaron su ritmo. 


Las fuertes presiones políticas de China contra los países que aceptan reunirse con el dalái-lama han tenido éxito en naciones que tienen fuerte dependencia económica de ese país, como Sudáfrica que le ha negado la visa en dos oportunidades en que la solicitó para rendir homenaje a otros líderes de la Noviolencia. En 2011 no pudo participar en la celebración del cumpleaños 80 del arzobispo Desmond Tutu y el pasado diciembre no tuvo permiso para asistir a los funerales de Nelson Mandela. ¡Y eso que en Sudáfrica gobierna el Congreso Nacional Africano, partido proclamado Noviolento!


Los pasos con que el gobierno Obama busca romper la renovada indiferencia con los abusos de la poderosa China  contra sus ciudadanos y el pueblo del Tíbet, son significativos por su simbolismo. Ojalá también lo sean por su impacto sobre las actuaciones de una nación, la segunda o tercera más poderosa del mundo, en la que la libertad económica de que gozan empresarios que la han hecho rica, sea equiparable con las libertades humanas y políticas, hoy perseguidas y negadas con mano de hierro.