Columnistas

Cuerpo sin límites
19 de Febrero de 2014


Mi primera experiencia como profesional en el campo de la educación especial tuvo lugar en un colegio que para la época era pionero en procesos de integración escolar;

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Mi primera experiencia como profesional en el campo de la educación especial tuvo lugar en un colegio que para la época era pionero en procesos de integración escolar; es decir, tuve la oportunidad de participar en ese tránsito de la educación especializada a la educación inclusiva. Debía confrontar mi formación universitaria con las nuevas propuestas pedagógicas de atención a la diversidad.


Resultó ser un reto imposible hasta que en uno de los descansos se me acercó un estudiante de octavo grado a hacerme una petición que cambiaría la forma en que percibía a las personas con discapacidad. Me pidió dedicar algunos espacios de la jornada escolar para practicar artes marciales. Podrían llegar a pensar que armé una tormenta en un vaso de agua (mirándolo en retrospectiva así fue). El estudiante presentaba hemiplejia, con todo el lado derecho de su cuerpo paralizado y con movilidad muy reducida, además, un sin número de cirugías que con cualquier movimiento inadecuado se podrían estropear.


Después de un silencio ante su atrevida petición pregunté: ¿estás seguro?


- por supuesto- respondió.


-¿No has pensado en practicar otra cosa: dibujo, idiomas, algo que implique no moverse tanto?-.


- Eso yo ya lo hago, estudio inglés acá en el colegio y en mi casa francés y alemán; además, los dibujos los hago en algunas clases o cuando no estemos practicando-.


La determinación del joven no me dejó más remedio que acceder a su petición. Traté de adaptar algunos de los movimientos del Aikido a las características de una persona con hemiplejia. Entonces se me ocurrió una “idea genial”: argumentarle que para aprender artes marciales debía estudiar muy bien el origen de dichas artes. Con lo que yo no contaba era que él, en esos primeros meses, estudiaría el tema a profundidad, entusiasmándose aún más por poner todo en práctica.


Se me ocurrió entonces otra idea para que desistiera: le expliqué que la práctica del Aikido requiere aprender a caer, que debía hacer rollitos (girar con el cuerpo en el piso). Le enseñé. Cuando me demostrara que era capaz de hacerlos, debía buscarme para iniciar por fin las prácticas. Finalizó el año sin noticias de él. Descansé de mi temor a que saliera lastimado o decepcionado consigo mismo. Las barreras que le había impuesto debido a mis prejuicios habían por fin logrado sus resultados. 


Enorme fue mi sorpresa cuando al año siguiente me enseñó sus entusiastas rollitos, poniendo en evidencia que las únicas limitaciones estaban en mi concepción de lo que él podía o no hacer. Desde ese momento practicábamos cada vez que teníamos la oportunidad y llegó a ser aceptado en una academia de ninjutsu y luego de kung fu. De esta manera, el rol entre quien aprendía y quién enseñaba se trocó: entendí que los límites para aprender artes marciales no los poseía él, los imponía yo y mi mundo de ideas prefiguradas. Entendí por fin que las barreras para el aprendizaje no están en los estudiantes sino en el medio que los acoge.