Palabra y obra

Bernardo Ángel does not give up with his anarchist theater
Bernardo Ángel no desiste con su teatro anarquista
Autor: Juliana Vélez Gómez
15 de Febrero de 2014


Bernardo Ángel, actor, dramaturgo y fundador del grupo de teatro La Barca de los Locos fue homenajeado durante el lanzamiento de la Revista Babel, en el Teatro Ateneo Porfirio Barba Jacob.


Foto: Cortesía 

Lucía Agudelo dice que haber conocido la La Barca de los Locos fue como haber encontrado un nuevo continente. 

Supongo que había nacido con ese espíritu rebelde, que en realidad no tardó en pronunciarse una vez olió la parafina caliente de los cirios y se involucró en el rito católico en el que participaba cuando era un niño. 


Renunció: esa es la palabra. Renunció a todo lo impuesto, a lo que tiene forma de sistema y a lo que no propende por la libertad del hombre. Y quién lo pensaría, ese pequeño, Bernardo Ángel, admirador de Artaud, portador de angustia, tripulante de La Barca de los Locos, de unos dementes que desde que apareció el teatro en sus vidas, se resisten a bajarse. Claro que no lo harán, su vida está sobre “La Rotonda”, en ese parque al que muchos hasta le tienen miedo, pero en el que ellos insisten con su ritual cada día, porque saben que el teatro todavía vive. 


A sus 70 años Bernardo Ángel, “al escritor de siempre”, como dice Lucía, su esposa, se le ha homenajeado “como dramaturgo, como poeta, como hombre de acción, porque el teatro es acción. Entonces es el dramaturgo, el poeta y el actor que se conjugan en un solo hombre que es Bernardo. Es un homenaje a una constancia de vida desde 1975 con La Barca de los Locos”.


Lúcido y elocuente, este dramaturgo recuerda los años en que se apoderó de él la poética del teatro, la angustia infinita y la búsqueda insistente de la libertad humana. 


Del rito al teatro


Fue por “fuerzas familiares” que lo obligaron a ser acólito junto al padre Sanín en la capilla de Loreto, en Medellín. Lo condujeron a ponerse la sotana, a responder oraciones en latín, a vestirse de negro para los entierrros y de rojo para las misas de ángeles. 


“Empezó algo importante que tiene hacedero en el teatro: el rito. Porque el teatro es rito también, o como dicen otros autores contemporáneos, el teatro es una misa en escena”, dice. 


Así fue que mientras ayudaba en la preparación de la misa empezaron a aflorar rasgos que, sin saberlo, serían definitivos para su carrera como actor y dramaturgo. Armaba altares en su casa, construía escenas y ya empezaba a dejar el miedo al público. Y eso que todavía era un niño. 


Años más tarde su familia lo hace entrar al seminario. Pero un día cualquiera, salió del seminario y se filtró en un cine que había en la Avenida Primero de Mayo. “¡Ay! Se me abre a mí un universo cuando empiezo a ver cine  y dije ‘qué es esto’. Y veo que el cine era más agradable que una clase, que el cine era una clase por dentro y que había actores que se movían y yo dije: ‘yo quiero ser actor’”.  Desde ese día no paraba en “los cines baratos de Junín”. Salía de uno y entraba al otro.


Ya estaba en ese “parangón” de estar inquieto por la literatura, encantado con las obras de Baudelaire y lord Byron. Quería estudiar arte dramático, pero seguía en el seminario. 


Supo entonces que en Bellas Artes había una escuela de teatro y todo el tiempo pensaba en cuándo llegaría el momento en que podría entrar a estudiar lo que él realmente deseaba. 


Salió del seminario a pesar de la oposición de su familia. Ingresó a la escuela de teatro de Bellas Artes movido por una pariente que hacía parte de él. Allí se le abrió otro mundo porque fueron llegando personas que estaban en medio de un “reverbero espiritual grandísimo; ya habían leído  a Camus, Sartre, a Porfirio Barba Jacob. Era una emoción plasmada en imágenes”, recuerda Ángel. 


Sin embargo, en ese grupo duró medio año, y de todas formas él ya sabía que la escuela de Bellas Artes tampoco era su camino. 


La búsqueda sigue 


Bernardo siguió su camino, conociendo obras de autores como Chéjov, de Enrique Buenaventura, entre otros. Creó el grupo La Pirámide con otros compañeros. El trasegar continuó, montó obras con su grupo y se presentaban en diferentes partes de la ciudad. 


Equilibraba ese gusto con el yoga, un elemento que le permitió seguir trabajando el cuerpo, la respiración y descubrir lo que había más allá de la cultura occidental. 


“La monja” fue la primera obra que escribió, claro, no sin haberse declarado un escándalo para la conservadora sociedad en ese momento. “La obra es una monja, un obispo y un cristo. Hay un coro que antecede en un momento dado a la escena un cristo; ese cristo se mantiene ahí, hay una voz que habla, que precede a la monja, empieza un baile con el cristo, la religiosa va quitándose los hábitos, el cristo arroja la cruz y ocurre una especie de interrogatorio para cuestionar por qué se abandona la cruz”. Ahí viene el cuestionamiento al aparato religioso, que por supuesto, causa un malestar en las personas que ven la obra. Sin embargo, el grupo reconoce que es necesario seguir utilizando ese tipo de imágenes para generar las reflexiones a las que querían llegar. 


Estos son también los tiempos  de viajes a Popayán donde Bernardo experimenta con el teatro y se presentan en lugares no convencionales. 


Al regresar nuevamente a Medellín se integra al grupo El Taller, de la Universidad de Antioquia. Como ya tenía bagaje en el teatro, comienza a trabajar con ellos, pero eso solo sería hasta que se constituyó la Facultad de Artes de la U. de A. “Dije: ‘hasta aquí llegó mi experiencia, yo no quiero hacer parte de una facultad de artes, no considero que el teatro sea para una facultad, puesto que es una experiencia muy interior e  independiente’”. 


Remando en La Barca


Hasta que el 1975, con otros muchachos que venían de hacer teatro en un colegio y los habían echado, Bernardo conformó La Barca de los Locos. 


Este nombre estaba basado en “La nave de los locos” o la “Stultifera navis”, de Foucault. Esta era “la idea de un teatro distinto, que irrumpiera, que arrancara situaciones verdaderas y que no estuviera dentro de los lineamientos de la dramaturgia común o del teatro consumista”, explica Ángel. Ahí estaban entonces los nombres de Gustavo Román, Guillermo García, Kike Márquez y, por supuesto, Bernardo Ángel. Aunque los más comprometidos y constantes fueron los dos últimos. 


Aún estando en La Barca, Bernardo se va a Cali y luego a Bogotá. Se relaciona con las personas del Teatro Popular de Bogotá que se proyectaba hacia la televisión. Estaban entre aquellas personalidades Vicky Hernández, Jairo Camargo, Diego Álvarez, entre otros. 


Pero Bernardo tampoco quería estar en este grupo que tenía resueltos rasgos comerciales. “Futuras momias de la gloria nacional”, les escribió Bernardo en uno de esos manifiestos que ya hacía por aquellos días. Esto, naturalmente, fue otro escándalo y salió de ese grupo. 


Hay que decir que en Medellín estaba esperándolo, casi por orden del destino Lucía Agudelo, una mujer que ya llevaba tiempo buscando respuestas, con un espíritu inquieto y ávido de teatro. 


Al regreso de Bernardo, ella ofreció un lugar para que el grupo La Barca de los Locos se instalara. Suceden los años 80 y esta es ya otra historia, la misma que recuerda Lucía. 


Un teatro en la calle


“Para mí fue un accidente porque traía la vena del teatro. Siempre lo había buscado pero no había unos textos que me impulsaran a una acción”, cuenta Lucía Agudelo. Y los encontró en las letras de Bernardo. 


Con “Ni héroes ni mártires” encontró las respuestas a tantas preguntas que ella tenía sobre la sociedad y a partir de ahí comenzaron la experiencia. Ángel le hace el ofrecimiento de si quiere hacer teatro con él y en ese momento se integra al grupo. 


Llegan años de creación y puesta en escena de obras que cada vez resuenan más incómodo a los oídos y la vista de los espectadores, levantando ampollas de descontento. Esto hace que en muchos lugares les cierren las puertas. 


Bernardo y Lucía salen hacia España buscando un respiro, pero afuera también se encuentran con la satanización de sus obras, con las miradas que repudian lo “vulgar”, lo “anticatólico” de sus manifiestos y sus propuestas desde el teatro. 


También regresan y en el camino van encontrando lugares para presentarse, para improvisar un espacio y comenzar su ritual. 


En Medellín ya son más de dos decenios haciendo de La Rotonda del Parque Bolívar el escenario de su teatro anarquista, donde hasta las sectas religiosas los tachan de apóstatas. 


No importa, ellos están convencidos de su trabajo y cada día salen con sus ideas bien puestas en la mente y sus trajes para la escena. Con velas, espadas, incienso, campanas, bastones, velos construyen su espacio para la libertad, su teatro ritual. 


Ahora, cuenta Lucía, a este Parque mucha gente le tiene miedo. Muchas veces los han intentado sacar, porque supuestamente no tienen permiso. Se les olvida que para los navegantes de la locura no hay sistemas que les pongan límites. Ahí siguen, y “sagradamente” llegan cada día a mostrar cómo aúllan los lobos, cómo se agita la monja o cómo la gente se debate entre héroes o mártires. 


Para ellos, el teatro en la calle es la expresión viva de eso que planteó Antonin Artaud, uno de sus pilares, con el teatro de la crueldad. ¿Qué más cruel que el hombre habitando un espacio donde es apariencia, nada más?; donde mañana lo pueden desaparecer, lo pueden matar, lo pueden aniquilar o donde el mismo tiempo lo está aniquilando”, expresa Ángel. 


“La vida de uno es un sumario, es una especie de letanía, es una especie de alegría, es una especie de transfuguismo. El teatro es muy duro pero es muy alegre, seco, árido pero es fértil”. A pesar de eso, ¿hay alguna expectativa? “Nada. El vacío. No tengo expectativas concretas, vivo la angustia, el vacío, dentro de esa inexistencia lo que se venga, los arreboles, las tormentas... todo. ¡Ah! y el infierno de mí mismo, no más”, dice el loco de La Barca.   



El homenaje de Babel

Víctor Bustamante, director de la Revista Babel, afirmó que Bernardo Ángel es el primer teatrero vivo que sale en la Revista. 


Dice que Ángel tiene una característica particular: es que es un personaje marginal, con un teatro contestatario y un discurso que no tiene cabida en espacios convencionales u oficiales, así que él considera que era importante darle un espacio y reconocer su trayectoria. 


En este número de la revista se han recopilado fotografías y una entrevista que abarca toda la obra y vida del actor y dramaturgo. 


Además, han sido invitadas otras personas a que hablen de su obra, entre ellos Ramón Fonnegra, docente; Gloria Soto, Mauricio Manco, un poeta de la ciudad; Luz Elena Agudelo, quien ha trabajado de cerca con ellos durante varios años. 


Tiene dibujos de Bernardo y Lucía Agudelo, su esposa y compañera de “barca”, hechos por el artista Óscar Botero. 


Al final de la revista hay páginas donde se puede apreciar una lista de su obra inédita, una vasta produccion que aún no ha sido publicada. 


La idea es, entonces, según Bustamante, mostrar que en Medellín se produce literatura, cultura en general, más que lo que las personas piensan. Y por qué no, en esta oportunidad darle cabida a este personaje tan reconocido por sus intervenciones en el Parque Bolívar.