Columnistas

Los debates necesarios
Autor: Dario Ruiz Gómez
10 de Febrero de 2014


Francisco Rico, recordaba: el hecho de que en España los grandes debates de ideas nunca se dieron porque, se cae en el gracejo ingenioso y maligno, la broma de mal gusto, el silenciamiento del contrario, como demostración de una congénita incapacidad para la vida del pensamiento.

Francisco Rico, recordaba: el hecho de que en España los grandes debates de ideas nunca se dieron porque,  se cae en el gracejo ingenioso y maligno, la broma de mal gusto, el silenciamiento del contrario, como demostración de una congénita incapacidad para la vida del pensamiento. ¿Estamos preparándonos para una supuesta postguerra? ¿Seremos capaces de cicatrizar las heridas que ha dejado y sigue dejando una violencia ciega cuyos autores tienen nombre propio? ¿Podemos reducir a historias de raspachines un factor diabólico  que disoció por completo los valores de nuestra sociedad, tal como lo es el narcotráfico? ¿Olvidaremos las ofensas al pensamiento y a la cultura a nombre de un vulgar populismo? A nombre de la paz se entregaron a las Farc poblaciones enteras en el Caguán sin previa consulta con esas comunidades. A nombre de la paz se entregó a Stalin media Europa. No pasa un día sin que nuevos testimonios nos den la medida de lo que constituyó  para esos ciudadanos, el despertar en medio de aquella pesadilla.


Estas preguntas  cobran una mayor actualidad en tanto constituyen universales sobre la condición humana que no pueden ser soslayados  por parte de políticos que suelen olvidar que frente al totalitarismo no cabe condescendencia alguna. Porque el problema de aquellos que aceptan desde una rebelión sangrienta e injustificada,  acogerse a las normas de la Democracia, no es que se les concedan  privilegios como el perdón y el olvido sino que deben hacer público reconocimiento de su equivocación– tal como lo acaban de hacer los presos de Eta-  abandonando las armas, ya que lo que está en juego es la tarea de devolver la confianza  al ciudadano, a las instituciones. Y de, devolver la libertad al pensamiento perseguido por un totalitarismo  que bajo sus despiadados objetivos  trató de arrasar los valores esenciales de la civilización. Recordemos a Merleau-Ponty: humanismo y terror no pueden nunca ir juntos de la mano.


El pérfido lema de que “no existe la historia nacional sino la historia de la lucha de clases” justificó la más clamorosa demostración de pereza intelectual, el facilismo de vivir de frases hechas sin que en más de dos décadas se haya producido un solo trabajo investigativo de valor  sobre las raíces de nuestros conflictos. Antonio García, Montaña Cuéllar, Gerardo Molina, Darío Mesa, Jorge Zalamea, Nieto Arteta, Liévano  Aguirre indagaron a conciencia en el rostro de aquellos a quienes reconocían no solamente como explotados sino como portadores de valores universales, de Nariño a Boyacá, de la Costa al Valle identificaron una geografía humana sin la cual nunca podría hablarse de un nuevo país. Frente al “rastacuerismo”  capitalino,  buscaron una cultura que incorporara  la experiencia decisiva de las regiones; esos textos, siguen señalando un camino marcado por el deseo de justicia y de libertad. La pereza intelectual de esta izquierda  fundamentalista, llevó a la malsana idea de destruir físicamente la universidad como espacio de conocimiento, justificando mediante el terror, la indolencia moral de sus protagonistas,  y, desarrollando nuevas metodologías de silenciamiento  de sus contradictores: el llamado fascismo de izquierda.


La reincorporación de los violentos a la vida democrática se convertiría en un imposible moral cuando no ha mediado la reconciliación ni se ha pedido perdón a las víctimas. ¿No es necesario plantear en los medios intelectuales, universitarios, profesionales, obreros,  un amplio debate sobre el porvenir de la cultura y la libertad  para racionalizar el derecho a las diferencias negado por el totalitarismo? ¿Una vez más tenemos que hablar del pensamiento cautivo y del intelectual arrodillado? Que estén primando los emocionalismos  por encima de la razón, se pone de manifiesto en la falta de diálogo en los sectores pensantes. No olvidemos aquello que recuerda Theodoro Adorno: “La inteligencia es una categoría moral”