Columnistas

Voto en blanco, voto en negro
Autor: Luis Fernando Múnera López
10 de Febrero de 2014


El blanco se produce por la unión de todos los colores, y por ello la luz blanca es más pura.

luisfernandomunera1@une.net.co


El blanco se produce por la unión de todos los colores, y por ello la luz blanca es más pura. En cambio, el negro es la ausencia absoluta del color, es la negación de la luz. Si esta lógica pudiera aplicarse a la política, el voto que niega el favor del elector a todos los candidatos debería llamarse negro y no blanco.


En Colombia se está promoviendo votar en blanco como manifestación de rechazo por los candidatos a la Presidencia y al Congreso de la República. Si esta propuesta triunfase y la mayoría absoluta —es decir la mitad más uno de los sufragios válidos— correspondiese a votos en blanco deberá repetirse la votación.


El voto en blanco, según la Corte Constitucional, “es una expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad y constituye una expresión valiosa del disenso a través del cual se promueve la protección de la libertad del elector” contra la incapacidad o la inmoralidad de gobernantes y legisladores.


No obstante, este es uno de los casos en que el remedio puede resultar peor que la enfermedad.


Si triunfase el voto en blanco, la inscripción de candidatos para la nueva elección se realizaría dentro de los diez días calendario siguientes y no podrían participar los candidatos de la primera. Si volviese a ganar el voto en blanco quedaría como ganador el que alcanzó la mayoría.


Diez días es muy poco tiempo para seleccionar personas capaces, con buenos planes de gobierno, que ofrezcan mejores garantías que los rechazados en la primera votación. El voto en blanco es una forma bonita de protestar, pero el país corre el riesgo de llegar a un punto muerto o a soluciones improvisadas. ¡Muy peligroso!


El remedio para la incompetencia e inmoralidad de nuestros gobernantes y legisladores tiene que ser integral, requiere un proceso largo y verdadera voluntad colectiva e individual. Debería incluir, al menos, los puntos siguientes. 


Primero: Partidos políticos. Reconstruir los partidos para que vuelvan a ser cuerpos que piensen, propongan y trabajen colectivamente a partir de una ideología política definida, seria y coherente, no en torno a la voluntad cambiante de unos caudillos. 


Segundo: Planes de gobierno. Exigir que los planes de gobierno sean estudiados y estructurados con base en las verdaderas necesidades de la nación, departamento o ciudad, sean formulados de manera coherente con el ideario del partido y sean concebidos para el largo plazo, más allá del período de una administración.


Tercero: Divulgación y pedago gía. Exigir que tanto el ideario del partido como los planes de gobierno se divulguen de manera clara y completa y sean explicados en forma didáctica para que los votantes sepan a conciencia por quién y por qué están votando.


Cuarto: Control político. Vigilar que el ideario político y los planes de gobierno se cumplan cabalmente. El control político que hoy ejercen el Congreso de Colombia y el Concejo de Medellín, por mencionar sólo dos casos cercanos, constituyen una verdadera vergüenza pública.


Hoy ninguno de estos cuatro puntos se cumple satisfactoriamente, y así sí no se puede. 


¿Y la calidad de las personas? A manera de ejemplo, me pregunto qué puede esperarse de futuros dirigentes que en Eafit y la UPB compran resultados de exámenes; o de directivos que convierten la Universidad de Medellín en fortín político feudal; o de ejecutivos que usan dineros de los ahorradores de Interbolsa para beneficio personal. Yo no tengo duda de que la mayoría de nuestra gente es buena, honrada y capaz, pero esa calidad debe ser operante.


Votar en blanco es una sanción a los pretendidos dirigentes que nos han hecho perder la confianza en nuestras instituciones y le han rendido culto al “todo se puede, todo se vale”. Pero sería apenas uno de muchos pasos necesarios.


Apostilla: Cuando joven me enseñaron que la majestad de la justicia garantizaba la dignidad de la República. ¿Dónde y cuándo se perdió esa majestad?