Editorial

El deporte busca un lugar en Sochi
8 de Febrero de 2014


Esperamos que sean los atletas quienes hagan memorables las justas de invierno y que la cita de Sochi no quede en los anales de la historia por la
controversia.


Los Juegos Olímpicos de Invierno, que se inauguraron ayer en la ciudad rusa de Sochi, cobraron notoriedad mucho antes del inicio de las competencias por los numerosos cuestionamientos por corrupción de que ha sido objeto la organización, por la amenaza terrorista consignada sobre algunos participantes y por el aprovechamiento político que han hecho los activistas del movimiento Lgtbi para denunciar la ley rusa contra la propaganda homosexual. Entre tanto, ha pasado desapercibido, por ejemplo, que en esta ocasión hay un récord de 88 países participantes, seis más que en Vancouver’2010, así como doce nuevas competiciones.


La edición número 22 de las olimpiadas invernales empezó a recibir críticas desde el momento mismo en que se anunció la sede, el 4 de julio de 2007, durante la 119ª sesión del Comité Olímpico Internacional, en Ciudad de Guatemala. Sochi presentaba por primera vez su candidatura y salió vencedora por encima de Pyeongchang (Corea del Sur) y Salzburgo (Austria), que se presentaban por segunda vez. La presencia del presidente Vladimir Putin en la reunión, dio pie a las primeras especulaciones sobre las motivaciones que el COI tuvo para tomar la decisión.


La presentación oficial del Gobierno ruso señaló que la preparación de la ciudad de Sochi para acoger las justas requeriría una inversión de 12.000 millones de dólares, cifra que duplicaba el costo estimado de los Juegos de Vancouver, pero que resultaba una ganga al lado de los 50.000 millones de dólares que -se dice- se han gastado hasta ahora, lo cual no solo establece para Sochi otro récord como los juegos más caros de la historia sino que cuestiona el prestigio del Gobierno del presidente Putin, que no ha podido justificar en qué se habría podido gastar semejante cantidad de dinero.


En declaraciones a CNN, el exviceprimer ministro Boris Nemstov, líder de la oposición rusa, estimó que con este dinero se pudo haber pagado la construcción de 3.000 kilómetros de carreteras de alta velocidad o el hospedaje para 800.000 personas, por lo que acusó directamente al Gobierno de haber malversado los fondos y haber pagado sobornos. La oposición considera que el evento deportivo ha sido convertido por Putin en un proyecto personal. El cuestionamiento apunta, incluso, al hecho de que una ciudad de clima templado y vegetación subtropical, cuyas temperaturas por estos días rondarán los 10 grados centígrados, no es el escenario más adecuado para practicar deportes sobre la nieve. Pero los Juegos ya están en marcha y es improbable, conociendo el temperamento del régimen ruso, que prosperen otras denuncias del propio Nemstov, como que a muchos de los trabajadores de las obras civiles no se les pagó salario, o que 25 personas murieron en al menos 40 accidentes de trabajo.


En los medios de comunicación, sin embargo, las denuncias de corrupción no han recibido el mismo despliegue que el boicot propuesto por numerosos colectivos gays a nivel internacional, que llegaron a pedir la suspensión de las justas. La manzana de la discordia es la ley aprobada en junio de 2013 que prohíbe tajantemente la “propaganda de relaciones sexuales no tradicionales”, con el fin de proteger a los niños, a la familia y la maternidad. Si bien el Gobierno ruso aseguró que “toda persona de orientación sexual no tradicional podrá acudir libremente a los Juegos de Sochi sin ningún temor a ser perseguido”, también hizo una preocupante advertencia: “quienes tomen parte en actos públicos de propaganda homosexual tendrán que enfrentarse a las consecuencias”. Y en cuanto a la seguridad, la situación no es más alentadora. Varios atentados protagonizados por grupos islamistas y separatistas del norte del Cáucaso, tienen en alerta a la organización y a los gobiernos de los países participantes.


La respuesta en todos los casos es la negación o la relativización. El Comité Organizador de los Juegos rechaza las acusaciones de corrupción y el Gobierno ignora las protestas de quienes reclaman que se respete el principio olímpico de no discriminación, a la vez que insisten en que la seguridad en Sochi será la misma que puede garantizarse en cualquier otro punto del planeta. Entre tanto, el deporte ha estado en un segundo plano. Solo el inicio de competencias podría revertir esta situación, que no hace más que ratificar que los grandes certámenes deportivos siguen siendo los escenarios preferidos para que los movimientos sociales visibilicen sus posturas. Para la muestra, en Brasil se han visto brotes de violencia que preocupan a los organizadores del Mundial de Fútbol.


Esperamos que sean los atletas en desarrollo de las justas quienes generen los hechos que hagan memorables las justas de invierno y que la cita de Sochi no quede en los anales de la historia por la controversia. Las competencias pueden resultar lejanas a nosotros por no contar con deportistas colombianos presentes, pero ante su esplendor no podemos ser indiferentes. Como lo expresó en el siglo pasado el barón Pierre de Coubertin, padre del olimpismo moderno, esperamos que las olimpiadas sean símbolo de una civilización entera, superior a países, ciudades, héroes militares o religiones ancestrales.