Columnistas

Opinar es un servicio público
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
6 de Febrero de 2014


Comparto unas cuantas reflexiones sobre el periodismo de opinión, a propósito de la celebración del Día del Periodista, el 9 de febrero, una fecha que se quedó grabada en la sociedad, aunque la ley haya dispuesto cambiarla.

Comparto unas cuantas reflexiones sobre el periodismo de opinión, a propósito de la celebración del Día del Periodista, el 9 de febrero, una fecha que se quedó grabada en la sociedad, aunque la ley haya dispuesto cambiarla.


Una columna de opinión es un pequeño ensayo de urgencia que responde a las vicisitudes cotidianas de la sociedad, con el cual se pretende clarificar, explicar o cuestionar. Es, también, una ventana por donde se le comunica al mundo exterior una buena parte de lo que es el columnista, de su forma de entender la vida y la sociedad, a través de la cual expone sus fortalezas y sus carencias. Por esto y por escribirse en primera persona, una columna de opinión es, de alguna manera, un confesonario sin cortinas.  


La filósofa catalana Victoria Camps afirma en una encuesta del diario español El País, que “Los intelectuales de hoy son los periodistas que escriben artículos de opinión, participan en tertulias y en debates. Siguen contribuyendo, como siempre, a formar opinión, pero a través de los medios de comunicación y, por lo tanto, subordinados a las exigencias de cada medio”. Y subrayo esta última expresión porque se mete de lleno en un tema espinoso: la libertad de expresión y la libertad de los columnistas para hablar sobre lo que quieran, sin más subordinación que su propia responsabilidad. ¿Es esto real, siempre?


Una idea generalizada sobre el papel de los intelectuales, categoría en la cual Victoria Camps y otros más sitúan a los columnistas, es que sean buenos ciudadanos, como todo el mundo debe serlo, tanto el que repara bicicletas, como el que gobierna o vende buñuelos o escribe. Y como ciudadanos hay que estar atentos a lo que pasa alrededor y formarse una opinión. La diferencia es que el escritor tiene la oportunidad de decirlo, no porque alguien venga a preguntarle qué piensa sobre tal o cual hecho, sino porque tiene acceso a un medio de difusión. Ya pasó la época en que la gente leía las páginas de opinión y los editoriales de los diarios para saber qué pensar y cómo votar. En muchos casos, hoy la vanguardia de la opinión la tienen blogueros y twitteros, porque la posmodernidad digiere mejor 142 caracteres que dos o tres cuartillas de ideas apretujadas en el breve espacio de una columna.


Además, debe quedar claro que los intelectuales tampoco tienen la fórmula para salvar el mundo. Solo tienen una opinión que ha sido analizada y sopesada antes de ser compartida, para que la lea quien pueda o quiera hacerlo, que editoriales y opiniones ya no son altares para santificar ni púlpitos para excomulgar.  


Ser columnista es un oficio que permanentemente interpela, que impone deberes y compromisos, más que derechos o privilegios. Quien asume la condición de columnista lo hace por convicción y conocedor de que su compromiso es ayudar a la comprensión y a la convivencia y no a la confusión o a la violencia. Por eso, el columnista no puede pretender ser infalible ni dogmático, porque se equivoca tanto como los demás seres humanos. Lo grave de estos errores es que trascienden al ámbito de lo público.


Escribir es sano para el espíritu porque exige un ejercicio de permanente actualización y rigurosidad, porque para escribir en un medio hay que estar bien informado, tener una firme convicción ética y conciencia de los derechos y deberes ciudadanos y, sobre todo, tener claro que el periodismo, incluyendo el de opinión, es un servicio público. 


El fin de una columna de opinión es la defensa del bien común, de las ideas democráticas y de los ciudadanos, para el cual hay que ganar muchos espacios de decisión y de actuación en la vida cotidiana, dentro del más claro respeto de la dignidad humana.


El oficio de escribir deviene de la obligación moral de participar en el debate público. Suena pretencioso decir que los columnistas contribuimos a la formación de opinión pública. Pretencioso e irreal, porque pocas veces coinciden opinión pública y opinión publicada. Pero editorialistas y columnistas si tienen el deber de aportar ideas, interpretaciones novedosas y soluciones adecuadas para los problemas y angustias de la sociedad. En la era de la globalización el periodismo de opinión también exige especialización.


Publicar una columna produce más inquietudes que satisfacciones. En Colombia falta sentido de  autocrítica y no sabemos afrontar la crítica ajena. La nuestra siempre ha sido una sociedad polarizada, donde el ejercicio de pensar y opinar se vuelve espinoso. Por esta razón es difícil ejercer la crítica con independencia. Cuando no son los propios columnistas quienes toman partido, pretendiendo decir la última palabra, como si no hubiera más personas con opiniones diferentes, son el gobierno y los demás actores sociales quienes “filan” a los columnistas como miembros de un grupo determinado, siempre alimentando la polarización propia del país. Si se escribe a favor del proceso de paz, se es tildado de “pro guerrillero” y si se escribe en contra, recibe el no menos simpático apelativo de “paramilitar”; si se escribe contra el gobierno, contra cualquier gobierno, sea nacional, departamental o municipal, recibe el “In Ri” de enemigo del gobierno y, de paso,  todo el peso del establecimiento en contra, que para destruir honras siempre hay mucha gente dispuesta.    


Pero vale la pena intentarlo.