Columnistas

Folios y folios y folio
Autor: Rubén Darío Barrientos
6 de Febrero de 2014


Se ha visto relegado en el caso de Petro, un hecho que se está volviendo repetitivo y fatigante en Colombia: el fallo disciplinario emitido por el procurador Ordóñez contenía la friolera de 482 folios.

Se ha visto relegado en el caso de Petro, un hecho que se está volviendo repetitivo y fatigante en Colombia: el fallo disciplinario emitido por el procurador Ordóñez contenía la friolera de 482 folios. ¿Quién se lee tamaño mamotreto? ¿Y quién puede descifrar cabalmente, en semejante costalado de hojas, el verdadero alcance de la sanción disciplinaria? La destitución de Alonso Salazar, se vació en 213 folios. Y Edgardo Maya, le dejó como herencia a su sucesor (Ordóñez) un borrador de fallo sobre la Yidis-política, de 143 folios. 


Los máximos órganos de la justicia en Colombia, han sido rotundos en instruir acerca de que las motivaciones de las decisiones, deben ser cortas y sustanciosas. Pero nadie les quiere parar bolas. Entre otras cosas, con una justicia desacreditada y paquidérmica, tiene pésima carta de presentación que un juzgador o un funcionario de control se pasen días enteros –y hasta semanas– articulando fallos extensos que queden para ser transportados en cajas grandotas. Ello, porque cualquier desprevenido se preguntaría: ¿A qué horas se administra justicia así? ¿O es que les pagan por kilos producidos?


Y aquí reconvengo también a mis colegas abogados que, en muchas ocasiones, presentan demandas gigantescas y plagadas de circunloquios, y algunos que responden novelescamente en memoriales gruesos e innecesarios. Otros que alegan de conclusión de manera frondosa y los infaltables que apelan proveídos de carreta barata y cháchara. ¿Qué nos cuesta ser directos, simples y al grano? ¿Por qué  esa tentación de impresionar, ser mediáticos y descrestar? ¿Por qué omitir a Gracián que decía: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”?


En esos fallos llenos de folios y folios y folios, debería al menos haber una sinopsis de una o dos páginas, a guisa de gran resumen de la decisión. Que ilustre. Que transmita el verdadero espíritu del juzgador. Es ridículo, por ejemplo, que un magistrado como Carlos Ignacio Jaramillo, publique un libro que no es otra cosa que su sentencia sobre “corrección monetaria e intereses”. ¿Saben de cuánto? De 71 páginas. Se truecan los papeles: de jueces a literatos. A fallos grandotes, posibilidades de libros. Suena a insensatez, eso de derrochar tiempo en luengas providencias.


Un magistrado decía una vez: “Uno debe alegar en Derecho como lista de mercado”. Así es. Pero esos fallos farragosos, se están volviendo muy fastidiosos. Muchos abogados abusan del juzgador presentando vastas demandas y creyendo que sus negocios son los únicos de los juzgados. Hay que sacarles tiempo a todos los expedientes. No es el que más hable o escriba, es el que mejor cierre los temas. Incluso, en las audiencias orales los jueces están demorados en limitar el uso de la palabra.


Sigue siendo, entonces, una ilusión que se mueve entre la utopía y la leyenda, el que los falladores produzcan decisiones concisas y directas. Todavía muchos piensan que algo breve los deja mal parados. Y no advierten que lo frondoso puede conllevar la mala interpretación, precisamente porque a tanta explicación no pedida puede darse la aseveración floja, el argumento confuso o el agotamiento del lector, que prefiere cruzar las hojas hasta saciar su ansiedad de ver lo que se sentenció.