Columnistas

El Hay Político, un festival del humor
Autor: David Roll
6 de Febrero de 2014


En lo literario el Hay Festival de Cartagena, que terminó el pasado domingo, estuvo impecable, pues la verdad es mejor cada año, y está bien que en el participen músicos y políticos y no solo escritores, y que se hable de política libremente.

Profesor Universidad Nacional


www.davidrollcienciapolitica.com


En lo literario el Hay Festival de Cartagena, que terminó el pasado domingo, estuvo impecable, pues la verdad es mejor cada año, y está bien que en el participen músicos y políticos y no solo escritores, y que se hable de política libremente. Pero en lo político este año el festival pareció por momentos más bien un festival del humor que otra cosa. Para comenzar invitaron a un señor amigo de Chávez, quien dijo que el difunto nunca había apoyado a las Farc, que la revolución venezolana está mejor que nunca, que los índices de empleo en Venezuela son buenísimos y que la inseguridad en ese país hoy en día no es mayor a la existente antes del chavismo.  También agregó que la principal característica de Fidel Castro era no ser dogmático y… no sé qué más porque me salí. Para rematar, en esos mismos días una escritora colombiana dijo que le fascinaba Celia Cruz porque cuando ella misma se había vuelto de izquierda al mismo tiempo se había vuelto salsera y que por eso identificaba a Celia con el comunismo (no creo que Celia le esté mandando precisamente Azúcar desde el otro lado). En otra sesión la misma escritora dijo que ella se sentía de izquierda aun porque el capitalismo había contaminado el planeta, que en veinte años será inhabitable; y nadie levantó la mano para decirle que la Unión Soviética fue el más temible contaminador como lo es hoy en día la China Comunista. Y por añadidura a la única persona que fue invitada para hablar de manera crítica sobre Cuba, la famosa bloguera que ha ganado varios premios internacionales con un blog que no puede ser leído en su país, un grupo de “espontáneos” le montó un ridículo mitin a la salida del teatro, con banderas cubanas y letreros donde la acusaban de agente de la CIA; y nadie dijo ni mu. Los invitados internacionales se fueron con la idea de que Cartagena es una bella ciudad anclada arquitectónicamente, y por fortuna, en la época colonial, y Colombia un país maravilloso, pero congelado, y por desgracia, en la Guerra Fría. 


Los derechistas se hubieran regodeado con el desastre, si no hubiera sido por la presencia de uno de los más firmes defensores de la izquierda no revolucionaria, Felipe González, ex presidente español, quien evitó que los pocos socialdemócratas que quedamos, entre tanta radicalidad de izquierda y de derecha, nos hubiéramos vuelto apolíticos. Con su habitual serenidad y aplomo evitó que lo aplaudieran durante su ponencia, y explicó pausadamente cuál es la paradoja de la democracia moderna, que no se resuelve con bravatas izquierdistas años setenta, a las que él mismo renunció cuando pidió a su partido abandonar la idea revolucionaria justo en esa década. Pero insistió en que tampoco con peroratas derechistas de defensa ciega de la bondad del mercado, ni mucho menos con discursos antipolíticos. Lo que dijo de todos modos no dejó de ser una buena lectura de Norberto Bobbio y no se diferencia en mucho de lo que concluyó la Comisión Progreso Global, que él presidió en 1999, en la cual la Internacional Socialista refrendó su apoyo a las democracias de partidos por encima de la opciones fácticas, y dio unas claves para gobernar un mundo globalizado desde los partidos de avanzada. En ese sentido hubo cierta desilusión por parte de quienes lo hemos leído antes y esperábamos algo nuevo frente a la actual crisis de las democracias. Pero al mismo tiempo nos quedó claro que su posición ideológica y su defensa de los partidos de izquierda democrática tiene coherencia y está blindada contra las efímeras modas, como las de los indignados o los movimientos  antiglobalización. Justamente dejó en claro que la política, y sobre todo la política de partidos, no solo sí importa sino que es imprescindible, porque solo a partir de ella puede manejarse esa contradicción, inherente a las democracias, entre la libertad económica y las aspiraciones de justicia social. Y no fue una conferencia optimista, pues reconoció que la democracia representativa está en crisis en el mundo actual.  De hecho, sin ningún pudor ideológico, pues él se formó en el marxismo, explicó  que ello se debe a la cada vez mayor preponderancia del capitalismo sobre la política, hasta el punto de que por ejemplo el mismo Obama tiene que pedir permiso a los grandes grupos económicos para aprobar una ley que le permita al Estado controlarlos a ellos. Pero a sus 71 años, este ex presidente, que gobernó 14 años luego de dejar de ser el camarada Isidoro y apostar por la lucha electoral, no habla como un político desilusionado, sino como un ciudadano preocupado. Le angustia el hecho innegable de que la globalización hace cada vez más difícil que el Estado logre controlar al mercado y coordinar una redistribución de los excedentes entre los ciudadanos menos favorecidos para reducir las desigualdades cada vez mayores. Pero también dijo claramente que aún controlado hay que dejar al capitalismo producir riqueza porque de otro modo el Estado no tendría dinero de los impuestos para ampliar su acción de beneficio social. Desafortunadamente, justo cuando esperábamos que dijera la fórmula mágica para solucionar esta aparentemente insalvable paradoja de las democracias contemporáneas se acabó la conferencia, y nos dejó con un vacío en el estómago.