Columnistas

Calidad educativa para la movilidad social
Autor: Danny García Callejas
5 de Febrero de 2014


Nuestros padres aspiran a que nosotros —sus hijos— tengamos una vida mejor a la que ellos vivieron. La sociedad espera que las futuras generaciones disfruten de mayores beneficios y comodidades que la actual.

Nuestros padres aspiran a que nosotros —sus hijos— tengamos una vida mejor a la que ellos vivieron. La sociedad espera que las futuras generaciones disfruten de mayores beneficios y comodidades que la actual. Sin embargo, unos logran cumplir este sueño y otros quedan condenados a permanecer pobres y, en ocasiones, miserables.


La movilidad social consiste en que los individuos puedan progresar y superar lo logrado por sus padres y generaciones anteriores. Pero múltiples barreras sociales hacen que nuestros sueños pocas veces se conviertan en realidad. El clasicismo, el sexismo, el racismo y la inequidad en la distribución de la riqueza e ingreso son algunos elementos que impiden la movilidad.


Sin embargo, el estudio La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina elaborado en 2013 por el Banco Mundial indica que la educación es un elemento clave para la movilidad social. Pero, tanto el acceso, como los años de formación y la calidad de la educación son importantes en la promoción del progreso entre generaciones.


Desafortunadamente, el estudio del Banco Mundial sugiere que la calidad de la educación que reciben los niños pertenecientes a los hogares más pobres es baja. Además, los niños de hogares más pudientes asisten a colegios a los que los muchachos de familias más pobres carecen de acceso. Hay un efecto club donde los de mayor ingreso se juntan con pares similares.


El problema es que la brecha de la inequidad crece pues los niños de hogares más ricos presentan un mejor desempeño académico asegurando unos ingresos futuros superiores a los de sus colegas más pobres. Es más, en las aulas de clase, el aprendizaje es mayor cuando mezclamos grupos poblacionales con diferentes niveles socioeconómicos y orígenes.


En efecto, en 1991, Colombia implementó el Programa de Ampliación de Cobertura de la Educación Secundaria (Paces) que benefició a más de 250.000 estudiantes hasta su terminación en 1997. Al becar a los escolares más pobres para acceder a colegios privados, se encontró una mejora en logros académicos, permanencia y disminución de la repitencia para los niños.


Aunque el ambiente de un aula con compañeros de diversos ingresos facilita el intercambio de conocimientos y enseña el valor de la equidad, la geografía suele ser un obstáculo significativo. En Colombia, el 55% de los alumnos pudientes de zonas urbanas y rurales logran los niveles mínimos de matemáticas en contraste con el 10% de sus pares pobres, según el informe Enseñanza y aprendizaje: lograr la calidad para todos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).


Sin duda, los resultados en primaria y secundaria limitarán las oportunidades de los niños más pobres para ingresar a la educación superior, obtener mayores ingresos y un futuro mejor que el de sus padres. Para alcanzar una sociedad con más esperanza y menos frustración, es urgente que a los más pobres les demos acceso a educación de calidad. La futura política de educación de Colombia —y ley de educación superior— debe pensar en la inclusión y la calidad para la movilidad social. 


*Profesor, Departamento de Economía


Universidad de Antioquia