Columnistas

Evocación de Evelio Ramírez
Autor: José Alvear Sanin
5 de Febrero de 2014


La partida de un amigo como Evelio Ramírez Martínez nos enfrenta con lo fugaz de la existencia “pues se va la vida apriesa como sueño”.

La partida de un amigo como Evelio Ramírez Martínez nos enfrenta con lo fugaz de la existencia “pues se va la vida apriesa como sueño”. ¡Cómo es posible que nuestra amistad con el maestro Evelio haya empezado apenas cuarenta y nueve años y medio! ¡Cómo ha pasado de rápido este medio siglo, que casi no nos hemos dado cuenta del inevitable envejecimiento!


Este, en el caso de Evelio, apenas era de arrugas, porque su acogedora sonrisa y lo actualizado de sus estudios, traducidos en amable intercambio amical y en bien articulados escritos, daba la idea de una permanente juventud.


Aunque en los últimos meses sabíamos de sus achaques, no rondaba entre sus incontables amigos la idea de su desaparición, por lo cara que era para todos nosotros su presencia orientadora, ecuánime, jovial e incomparable.


Después del bien temperado editorial de este diario, el 30 de enero, y de la página del redactor político de esa fecha, queda muy poco qué decir sobre Evelio, grande amigo, profesional idóneo, profesor diserto, político íntegro, cristiano ferviente, gran alcalde, excelente traductor de Baudelaire…


Apenas, entonces, me limitaré a recordar cómo lo conocí. Llamado a la alcaldía de Medellín por el presidente Valencia y el gobernador Aramburo, quizá por intervención de Carlos Obando Velasco, su gran amigo, los directorios liberales locales trataron de frenar su posesión con exigencias inaceptables en materia de secretarías y burocracia. Tuvo entonces Evelio la suerte de contar con la amistad de Iván Duque Escobar, quien como amigable componedor entre él y los caciques, logró la integración de un excelente gabinete, independiente de los políticos, en el cual Duque Escobar ocupó Hacienda. 


La penuria era grande, y el alcalde y el secretario decidieron actualizar el catastro, que nadie por largos años se había atrevido a tocar. Para corregir esa situación injusta y aliviar las arcas fui llamado por Iván. Me presentó al alcalde y este me dio el apoyo necesario para obtener del Concejo los recursos técnicos y de personal necesarios para la tarea y además, me ofreció su solidaridad para aguantar el chaparrón de invectivas de los iracundos propietarios de los mejores predios.


La cercanía con el alcalde Evelio me permitió conocer de cerca la importancia de su gestión. La autonomía que otorgaba a Empresas Varias permitió liquidar, contra terrible oposición sindical, una minúscula empresa municipal de transportes, apenas unos cuantos buses desvencijados pero con una gigantesca nómina parasitaria, donde montar una llanta costaba tanto como un tendido completo de gomas.


En Empresas Públicas, el programa de rehabilitación de barrios fue impulsado por Evelio hasta lograr la mayor y mejor cobertura en servicios domiciliarios de América Latina, pero con tarifas accesibles y sin el despilfarro, desbordamientos, exageraciones, perfumada burocracia y cobros exorbitantes que padecemos hoy. Con tarifas razonables, continuaba la construcción de los ensanches y las nuevas centrales. Inolvidables lecciones de ingeniería recibíamos de Evelio cuando lo acompañábamos a visitar los trabajos de Empresas Públicas. 


Con igual austeridad se atendían las demás ramas de la administración, de tal manera que su sucesor recibió el Municipio en el mejor estado. Sobre las bases de mesura, eficiencia y probidad que él estableció, siguió avanzando la ciudad con alcaldes ejemplares, entre los cuales recuerdo, por esos tiempos, a Jaime Tobón e Ignacio Vélez, especialmente. 


Abrumado por la muerte de Evelio digo de él con Manrique: 


“Aquel de buenos abrigo / amado por virtuoso de la gente / amigo de sus amigos / ¡Qué señor para criados y parientes!/ ¡que seso para discretos!/ ¡qué gracia para donosos!”


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Bien deprimente el besamanos colectivo a los hermanos Castro de los presidentes libremente elegidos de América Latina. Solo les falta repetirlo en Pyongyang, otro país famélico donde también impera una dictadura comunista, totalitaria, vitalicia y hereditaria.