Columnistas

La convención conservadora
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
2 de Febrero de 2014


La convención conservadora fue un terremoto que sacudió las endebles bases de la coalición de la Unidad Nacional, alianza de soporte del Gobierno Nacional.

La convención conservadora fue un terremoto que sacudió las endebles bases de la coalición de la Unidad Nacional, alianza de soporte del Gobierno Nacional. La decisión de elegir a Martha Lucía Ramírez como candidata propia, en lugar de apoyar al expresidente Santos, probó lo que todo mundo intuía: que un edificio político cuyos ladrillos están pegados con mermelada, es tan endeble como el mermelador que lo construye. 


La política se hace con acuerdos, pero no todos ellos son aceptados por la opinión pública, ese conglomerado de visiones y creencias distintas y hasta contradictorias, que expresa las tendencias del sentir de una sociedad, en este caso   de los ciudadanos conservadores. La corriente mayoritaria de opinión de ese partido confirmó un principio que Jorge Eliecer Gaitán había expresado en su momento: el pueblo es superior a sus dirigentes.  


En efecto, algunos personeros de las altas esferas del conservatismo, veteranos en urdir alianzas para beneficiar sus intereses particulares, creyeron que las migajas que caían y caen de la mesa del rico Epulón iban a convertir en pobres lázaros a aquellos que han tenido que sufrir las catastróficas consecuencias del fin de la seguridad democrática, con la renovada presencia del narcoterrorismo en el campo. 


Pensaron que la entrega del país al narcoterrorismo pasaría de agache, si iba envuelta en el engañoso empaque de la paz con impunidad, como si no fueran, precisamente,  los campesinos pobres y los millones de desplazados por la violencia infinita de las Farc (junto con algunos sectores de los pobres y de clase media del campo y la ciudad)  los electores primarios y razón de ser del conservatismo. Les importó un higo que su masa de electores estuviese constituida por gentes víctimas de esa guerrilla, a quienes esta organización (igual que sus hermanos de crimen, los paramilitares, sometidos en su mayoría a la ley de justicia y paz) arrebata sus escasas tierras, recluta sus hijos y viola sus mujeres, extorsiona, secuestra y asesina. Y como si la destrucción del orden democrático para instalar una dictadura marxista castrochavista fuera indiferente a los conservadores de doctrina. Y como si el pésimo desempeño de la economía, la crisis de  la salud y la educación, no los afectara a ellos en primera instancia.


En la Convención conservadora fracasó la política excremental –término utilizado alguna vez por uno de sus sempiternos caciques- y triunfó el voto de opinión. Es un demoledor golpe a las pretensiones reeleccionistas del presidente, y un indicador, para seguir con Gaitán, de que el país nacional no comparte las prácticas de un gran sector del país político. 


Por supuesto, la burocracia cebada y excedida de calorías por el uso y abuso de la mermelada, intentará  anular la decisión de la mayoría de los convencionistas, con argumentos que van contra toda evidencia. Y es altamente probable que el consejo nacional electoral, siendo como es el organismo de bolsillo del gobierno (muy al estilo venezolano)  les acolite tan antidemocrática maniobra. Pero no importa. El mensaje está a los colombianos está dado y los glotones, notificados.  Santos no contará con los votos de la inmensa mayoría de los conservadores.


Este hecho es una excelente noticia para la nación. Las posibilidades de reelegir la desastrosa política del presidente, disminuyen, no sólo porque no contarán con esos votos, sino porque repercutirá negativamente contra Santos en  los sufragios de opinión de los independientes y de otras colectividades. Es un baldado de agua fría y un brusco encuentro con la realidad  para quienes creían que la reelección era cosa de puro trámite, alcanzable, incluso, en la primera vuelta.


El triunfo de la opción por la defensa de la democracia, la libertad, la justicia y el resarcimiento de las víctimas, es hoy más probable, pero no es un hecho. Las relaciones entre las fuerzas que encarnan estos ideales deben fundamentarse en el respeto a las diferencias y matices que puedan existir. Una alianza de esta clase tiene tiempos y exige prudencia. Nada más dañino para esa causa que propalar que las fuerzas uribistas intervinieron decisivamente en la decisión conservadora. No sólo no es verdad, sino que es irrespetuoso y contraproducente, porque envía a la opinión pública favorable al cambio de gobierno, pero también a los oponentes, un mensaje de prepotencia y de intromisión indebida en los asuntos internos del Partido Conservador, que molesta, con razón a los primeros, y dota de oportunidades de construir falacias a los segundos.


No es con la férula del pensamiento único como se puede cristalizar y consolidar una alianza entre los antirreelecionistas, sino con acuerdos sobre lo esencial: recuperar la senda de la seguridad y la soberanía internas, impulsar una paz que defienda el sistema democrático y la justicia y que dé oportunidades a todos los colombianos, muy especialmente a los pobres del campo y la ciudad y la clase media; que construya equidad sin destruir la economía de mercado y que tenga una estrategia de defensa de las fronteras terrestres y marítimas del país y una política internacional que construya relaciones de cooperación e intercambio con todos los países y facilite la defensa de la soberanía nacional.


Vienen días cruciales y difíciles. Se necesita sumar y multiplicar, sin fundamentalismos y prepotencias, y no restar y dividir. Si se actúa de esta manera, los posibles acuerdos para una coalición de salvación nacional (para usar el término de Álvaro Gómez), tendrán una oportunidad en nuestra tierra.