Columnistas

La sublevación de las bases
2 de Febrero de 2014


Es una práctica inveterada en las democracias liberales que la dirección de los partidos la ejerzan los congresistas.

Es una práctica inveterada en las democracias liberales que la dirección de los partidos la ejerzan los congresistas. Ellos lo deciden todo, y nada se les escapa: las reglas y cómo acomodarlas a cada ocasión, las alianzas y  rupturas, el manejo de las convenciones, qué candidatura presidencial, propia o ajena, se apoya, la selección de aspirantes a curules,  que obviamente serán  ellos mismos. Así en los sistemas eleccionarios, pues en las autocracias, o en las  dictaduras de todo tipo, sabido es que no hay parlamentos efectivos  ni genuinos partidos. Abarcando  los regímenes de corte estalinista, como Corea y Cuba, y los que siguen sus pasos  con ardor y esa fe ciega de los prosélitos recién reclutados ,verbigracia Venezuela  y sus amanuenses Nicaragua y Bolivia.


En democracias como la nuestra, repito, y las que les sirven de modelo en Europa y Norteamérica, los partidos que logran acceder al congreso son regidos, casi omnímodamente,  por la élite  congresional, y eso nadie lo discute, o lo discutía,  hasta  la semana pasada. Ya no cuentan ni los expresidentes, que aquí eran los dómines y ahora solo sirven  de adorno o, si mucho, de símbolos vivos  que se evocan, igual que los muertos, para lavar pecados y paliar culpas, como lo hace el creyente con sus santos, cuyos retratos desvaídos cuelgan de la pared. A los expresidentes si acaso se les consulta ritualmente, y  solo en la medida en que se acoplan a la bancada, la secundan y cohonestan. Cada vez se les oye menos y ellos  se aguantan, conscientes de que, como bien lo decía López (el más avisado de todos)  ahora no son más que muebles viejos. A los parlamentarios vitalicios y de oficio, o a sus herederos (pues el  oficio se hereda  como el apellido, un título nobiliario o un inmueble)  afincados en sus feudos podridos, los expresidentes poco les importan. Saben que ellos no inciden en esa votación rural  cautiva y siempre bien cultivada en que cifran su permanencia. La voz de los expresidentes   solo se escucha, y cada vez menos, en  ese ente gaseoso, receloso y difícil de seducir llamado opinión pública, o voto de opinión, a donde los legisladores llegan menos, por  poquedad de lenguaje y escasez de  prestancia. Y de los exmandatarios  quien menos se afana  por la desatención en que lo tienen es Belisario, que en su retiro vive feliz, dedicado a declamar y componer  frases literarias, lo cual constituye su vocación nativa, la misma que lo llevó en su gobierno a pintar  tiernas palomitas de paz en los muros de Palacio, para conmover  a una guerrilla a la sazón  inconmovible,  según lo atestiguan las crónicas.


En dicha franja, la de la opinión ciudadana, algo  gravitan todavía los expresidentes serios que, pese a sus yerros pretéritos, gozan de la relativa consideración  que les da el currículo, la experiencia o la versación. Mencionemos  a Belisario, Gaviria, Samper y Uribe. En cuanto a Pastrana, sigue siendo el gomelo de siempre, cada vez más patético en  su irremediable banalidad, así nos entretenga a veces con sus  simplezas solemnes.


Los congresistas del común, insistimos,  a la franja de opinión no llegan. Son muy renuentes a comparecer  en sus escenarios propios, en los foros y hasta en  el  mismo Capitolio cuando de hablar y debatir se trata, pues para ello no están equipados, lo cual poco les importa.


Lo sucedido la semana pasada  indica que la hegemonía parlamentaria sobre los partidos empieza a resquebrajarse. El motín de la convención conservadora es  más que un campanazo sobre lo que vendrá.  Es un clamoroso aviso, tanto más  nítido  cuanto que  se da en  lo que por antonomasia  conocemos como  el partido del orden. Modelo  de compostura y disciplina,  por  tradición, por razón de su composición  y hasta  de su propio nombre. Sus electores rasos, que despertarán como ya despertaron los mandos medios, sabrán castigar a los legisladores  que no se plieguen a su mandato. Y si acaso, por efecto de la leguleyada ramplona y vil que se  intenta, llegare a hundirse  la candidatura de una  mujer limpia, corajuda y brillante como Marta Lucía Ramírez, que se vayan amarrando el cinturón aquellos, porque  el  estrellón que los espera en marzo no podrán esquivarlo. Y agreguemos: mal harían los demás partidos en desestimar el episodio  en cuestión. Y la lección derivada de ahí, pues su impacto en  la vida  interna de tales  agrupaciones se sentirá más de lo que imaginan  los que no asimilen bien dicha lección. De  ello  hablaremos el domingo  venidero.