Columnistas

La voz global de la niñez
Autor: Manuel Manrique Castro
29 de Enero de 2014


Su sonoro y ahora universal nombre recorrió todos los continentes y casi no hubo lugar a donde no llegara la noticia del atentado en su contra, ocurrido en octubre de 2012.

Su sonoro y ahora universal nombre recorrió todos los continentes y casi no hubo lugar a donde no llegara la noticia del atentado en su contra, ocurrido en octubre de 2012.  MalalaYousafzai, la niña paquistaní de16 años, no sólo sobrevivió al intento de los talibanes de asesinarla sino que, aún antes de recuperarse de las heridas en cráneo y cuello, que casi le causan la muerte, continuó levantando su voz en favor de la educación de las niñas y las mujeres de Pakistán, como lo venía haciendo desde sus escasos 11 años. El frustrado ataque despertó inmediata solidaridad mundial, el secretario general de la ONU la invitó a Nueva York, recibió el premio Internacional de la Paz para los niños en La Haya; al lado de Gordon Brown, el ex primer ministro británico, apoyó a la niñez refugiada de Siria, estuvo en octubre pasado con el presidente Obama y sigue siendo una incansable activista por los derechos humanos de la niñez y las mujeres. Se trata sin duda de un caso excepcional y un ejemplo de cuán lejos puede llegar una potente voz joven si  se levanta con firmeza y con la  frescura de su expresión espontánea. Así como Malala,  a partir de abril próximo,  los menores de edad de cualquier lugar del planeta podrán denunciar, ante un ente especializado de las Naciones Unidas,  las violaciones a sus derechos,  porque entrará en vigencia el tercer protocolo facultativo de la Convención de los derechos del niño,  aprobado por la Asamblea General de la ONU y listo para operar,  una vez que diez países, dos latinoamericanos entre ellos –Bolivia y Costa Rica-  lo ratificaron hace pocos días.  Colombia aún no ha hecho lo propio y, cuando lo haga, creará las condiciones para que sus niños y jóvenes puedan acceder a este instrumento cuya mayor  virtud es que oficializa, como principio internacional vinculante, que los reclamos de los niños sean escuchados en un foro global como el Comité de los derechos del niño, con sede en  Ginebra.  Sin embargo, los retos principales para la aplicación de este Protocolo estarán, de un lado,  en la agilidad de los  mecanismos establecidos y, de otro, en  los tiempos  de procesamiento de las denuncias que  sólo podrán ser acogidas por el Comité un año después de agotadas  todas las instancias en el país de origen.  Luego vendrá el tiempo hasta que este Comité, que se reúne periódicamente y tiene una estructura pequeña, acoja la denuncia y se dirija al Estado afectado.  A continuación habrá un plazo de seis meses establecido como máximo para que ese país se pronuncie al respecto. Sabemos bien que estas respuestas no son inmediatas y pueden tomar lapsos difíciles de precisar.  Concluyendo su  deliberación final el Comité elaborará  las recomendaciones destinadas al Estado expuesto al escrutinio internacional, para que corrija  la situación denunciada.  Estos retos procedimentales y de tiempo anuncian que, en cada caso,  se tratará, pese a su importancia,  de un trámite largo que, además,  podría terminar afectando la credibilidad bien ganada del Comité, creado cuando se aprobó la Convención de derechos del niño en 1989. El valor del Protocolo está pues en la oficialización de una plataforma internacional que acogerá los reclamos directos de los niños frente a la violación de sus derechos, sin que sea necesario un caso excepcional como el de Malala.  Asumiendo que Colombia ratificará el Protocolo en algún momento, ojalá lo antes posible, cabrán allí, entre otros, los miles de testimonios de niños colombianos afectados violentamente por la acción de los  grupos armados ilegales que,en ningún caso, podrán quedar en el olvido.