Columnistas

Lo dicen ellos…
Autor: Anibal Vallejo Rendón
28 de Enero de 2014


Como en la actual temporada taurina en Medellín empezaron en la primera corrida con el irrespeto por los toros  (más allá del que se le hace normalmente en la lidia) como lo fue el llegar a patear a uno de ellos, se están pasando de “Castaño”

Como en la actual temporada taurina en Medellín empezaron en la primera corrida con el irrespeto por los toros (más allá del que se le hace normalmente en la lidia) como lo fue el llegar a patear a uno de ellos, se están pasando de “Castaño” a oscuro. Es  el recuerdo que dejó en la afición ese torero español, Javier Castaño, tratar al animal a las patadas. Si se exceden en la puya contraviniendo el cambio de tercio, ¿qué les podrá importar el patearlo? El fútbol y el toreo tienen reglamentos que en rigor deben de ser respetados y en el primero las infracciones se hacen públicas.  Se anota que sí hay afición (siete mil asistentes a la primera corrida) pero no apoyo, (El MUNDO, Pensándolo bien, 21 de enero de 2014).


Mal empezó esta temporada y para complementar la información referida son válidas  las opiniones de un aficionado conocedor como lo fue “El Picador”, que no han perdido vigencia. Gabriel Castro se llamaba, quien decía no ser técnico ni autoridad en la materia y por los años cuarenta del siglo pasado escribió un librito (por lo pequeño) titulado Breve historia del toreo en Medellín, editado en la Imprenta departamental (sin fecha) basado en muchas cuartillas salidas de su pluma en el afán investigativo muy bien documentado.  


Decía El Picador: “entre toda esa afición, existe apenas una parte de público que pudiéramos llamar buena. El 99% de los espectadores va a la fiesta por la fiesta misma. Por el bullicio. Por la alegría. Por los tragos. Por la bravura o mansedumbre de los toros. Por el arrojo o cobardía de los lidiadores. Poco más les importa que éstos sean artísticos o diestros de verdad, ya que para ellos todo su interés consiste en que se arrimen, así sea estúpida o temerariamente. Aquí un fracaso inmenso les satisface más que una espléndida tarde. Van en busca de la tragedia. Muy pocos se dan cuenta de las condiciones de las reses, lo mismo que de la cantidad de arte con que cada torero se juega la vida. El saber torero, el estilo, la galanura de los diestros, no vale la pena, si estas cosas no van acompañadas de bárbaros desplantes y martingalas imbéciles. Decir toros entre nosotros, pues, es decir parranda general. Contado es el individuo que sabe apreciarlos como es debido, a valorarlos en toda su esplendidez magnífica…”


En el recuerdo de las plazas que hubo en Medellín al referirse a la de Flórez, bosquejó la cuadrilla que inauguró “aquella sucia y pésima plaza” y contó entonces que “Veneno (Manuel Criado) poseía algunos conocimientos en tauromaquia, pero el miedo no le dejaba hacer nada. El público lo miró desde un principio con marcada ojeriza”. “Chatillo” (Froilán Pérez) “tenía sangre torera, pero estaba en ese entonces muy novicio”. “Cocherito” (Federico García) “oyó algunas palmas, más por la elegancia de sus movimientos y la gallardía de su apostura que por sus méritos como toreador”. Y “el pobre Cuco (José López) era insignificante”. Nos estamos refiriendo a la lejana fecha de 1905.


Como que las cosas poco han cambiado y ahora no es tan fácil armar los carteles. Andan buscando a un novillero que estaba comprometido para el dos de febrero con el cual han perdido comunicación los organizadores. Otros dos, colombiano y español, ausentes por lesiones. Los toros chicos y los toreros bravos imponiendo sus condiciones. Para no hablar sobre la relación con  los monosabios.