Editorial

Las banderas conservadoras
28 de Enero de 2014


Los dirigentes conservadores fueron los primeros, aunque no los únicos sorprendidos ante la rebeldía de las bases, en su mayoría jóvenes, que desconocieron su recomendación de brindar apoyo prematuro a la candidatura del doctor Santos.

En importante jornada partidista que zanjó la discusión que venía cocinándose entre los partidarios, en su mayoría avezados congresistas, de confirmar la participación de la colectividad en la Unidad Nacional, y los amigos, muchos de ellos cercanos al expresidente Uribe, de que tuviera candidato propio a las elecciones presidenciales, el Partido Conservador escogió la opción de presentar un candidato que lo represente en las elecciones a la Presidencia de la República y entregó dicha responsabilidad a la exministra Marta Lucía Ramírez, que en votación convencional obtuvo una clara mayoría frente a las opciones del exministro Álvaro Leyva y del dirigente Pablo Victoria.


Los dirigentes conservadores fueron los primeros, aunque no los únicos sorprendidos ante la rebeldía de las bases, en su mayoría jóvenes, que desconocieron su recomendación de brindar apoyo prematuro a la candidatura del doctor Santos. Y no es para menos: durante los últimos doce años, habían logrado afianzarse como gregarios en gobiernos de líderes con los que tienen claras afinidades ideológicas, como el doctor Álvaro Uribe, o mayores distancias, como el doctor Santos, y ahora buscaban consolidar su posición dentro de la Unidad Nacional, que avanza con una candidatura defendida por el Partido Liberal -colectividad de origen del presidente y dueña, como reza su slogan, de “las ideas que gobiernan”- y sus derivados hacia la centro-derecha, el Partido de la U y Cambio Radical.


Ante la reacción inesperada de las bases, los congresistas apelaron a viejas tácticas de la politiquería, como boicotear las votaciones, disolver el quórum o amenazar con desconocer los resultados que fueron certificados por el tribunal de garantías. Ante el fracaso de esa estrategia, ahora deben responder a los cuestionamientos de quienes temen que provocarán una división de facto, ofreciendo apoyos personales al doctor Santos, a cambio de favores que les garanticen su reelección al Congreso. Estas alternativas parecen fantasiosas, en tanto no es razonable que ciudadanos que han gozado de altas dignidades dentro de la colectividad sesquicentenaria lleguen a traicionar sus normas y órganos estatutarios y se arriesguen a ser objeto de investigaciones disciplinarias y sanciones por transfuguismo, solo porque no lograron su cometido en el seno de la Convención ordinaria de su Partido. 


En su fiesta por haber logrado imponer el sueño de ir a la elección presidencial con vocero propio, quienes resultaron vencedores en la convención tienen el reto de enmarcar de nuevo a su partido como opción de derecha, ocupando un lugar en el que necesita diferenciarse del uribismo, movimiento al que migraron muchos de sus líderes, pero hacerlo sin poner en riesgo las posibles alianzas de cara a la segunda vuelta presidencial y el ejercicio del Congreso, sobre todo si el doctor Santos consigue su reelección y ellos se ven obligados a hacer un fuerte bloque de oposición a sus banderas.


La doctora Marta Lucía Ramírez, que tuvo el apoyo mayoritario de su partido, es una colombiana merecedora del mayor respeto de sus conciudadanos en tanto que como ministra y congresista ha prestado importantes servicios a la democracia, a nombre del Partido Conservador, no obstante su inocultable simpatía por el doctor Álvaro Uribe, de quien fue ministra de Defensa. Ella está al frente de la tarea de defender las banderas de su colectividad, amenazadas por el afán de crear artificiosas divisiones o por el interés de que las entregue aun antes de iniciar abiertamente su campaña y conquistar su lugar en las encuestas, ya como candidata y no como aspirante a ser ungida en una convención cuyo comportamiento era difícil de prever. Para el conservatismo ha de ser razón de orgullo entregar, por segunda ocasión consecutiva, su personería en manos de una líder formada por la colectividad.


Con la alternativa de la candidata conservadora y pendiente la definición del Partido Verde sobre su candidato, lo cual se hará en consulta popular el 9 de marzo, se configura un amplio abanico de candidatos que van de la izquierda democrática a la derecha democrática y que están todos capacitados para liderar un debate presidencial serio, con propuestas de fondo sobre el país posible, y para dirigir a Colombia con la seriedad que hoy esperamos los ciudadanos.