Columnistas

En constante Deja Vu
Autor: Omaira Martínez Cardona
15 de Enero de 2014


Los seres humanos como las demás especies animales a pesar de la capacidad de discernir para transformar nuestra forma de vida, somos animales de hábitos y rutinas.

Los seres humanos como las demás especies animales a pesar de la capacidad de discernir para transformar nuestra forma de vida, somos animales de hábitos y rutinas que cuando por determinada situación se ven amenazadas, tienden a desestabilizar.  


La cotidianidad está cargada de prácticas y acciones que se desarrollan de manera automática sin necesidad de razonarlas y es ahí donde está el riesgo de vivir con esa extraña sensación de estar en un constante deja vu, como si toda situación nueva ya se hubiera vivido antes y se estuviera repitiendo, lo que conduce a la permanente inconformidad frente a casi todo, al país que no cambia, a la vida que sigue igual, a las condiciones económicas que no mejoran y a u generalizado: “ahí vamos”.


El límite entre la rutina y el aburrimiento es tan frágil que casi siempre lo uno conlleva e a lo otro y aunque la palabra rutinizar no existe en el diccionario, caer en un estado de rutinización es perder el sentido de vivir cada situación de una manera distinta. Es precisamente la búsqueda permanente de nuevos sentidos al diario vivir y a lo que se hace, lo que nos debería distinguir como humanos.


Esa sensación de sobrecogimiento, extrañeza y desconfianza que provocan ciertas experiencias y situaciones suele atemorizar y obstaculiza la toma de decisiones. Por eso es en la incertidumbre donde cómodamente se encuentra una solución y aunque continúe la sensación de haberlo experimentado antes, el: “no se sabe que puede pasar” es el argumento más fuerte para no avanzar hacia la transformación y quedarse en lo mismo por temor a lo que no se conoce o a la incapacidad de cambiar lo que ya se conoce pero puede mejorar aunque se tenga la capacidad  para lograrlo.


Muchos defienden la rutina como una señal de estabilidad y seguridad, además de considerarla necesaria para organizar el diario vivir, pero con el proceso de transformación del mundo actual, especialmente en el orden económico, ya casi nada es garantía de estabilidad y orden.


Por más automática que sea una acción realizada, nunca va a ser igual por más veces que se repita porque cada vez está motivada por sensaciones distintas. Es la confluencia de sensaciones y motivaciones lo que da sentido a la vida y donde puede encontrarse la manera de desprenderse de lo rutinario que se confunde con lo ya vivido.


El sociólogo alemán Max Weber fue uno de los primeros que habló  de la rutina en las organizaciones como uno de los aspectos no tenidos en cuenta por los sistemas burocráticos que centraban su productividad en procesos de racionalización sistemática y no en el aspecto humano del personal que ejecutaba esos procesos.


Desrutinizarse también es posible en la medida en que se afronte cada día como una nueva experiencia así las situaciones sean las mismas que por años se han asumido, hay que experimentar otras formas de hacer, conocer, de relacionarse y organizarse. Las prácticas rutinarias terminan por estancar la capacidad de iniciativa y el bienestar de muchas personas, organizaciones, grupos sociales y estados que pese a que logran sobrevivir, lo  hacen sin saber cómo.