Columnistas

Sobre minería desenfrenada y extractivista
Autor: José Alvear Sanin
8 de Enero de 2014


No debe olvidarse que buena parte del comercio mundial requiere quemar petróleo (de millones de años) para transportar líquidos (que se consumen en minutos), embotellados en metales o plásticos cuya desintegración toma siglos.

No debe olvidarse que buena parte del comercio mundial requiere quemar petróleo (de millones de años) para transportar líquidos (que se consumen en minutos), embotellados en metales o plásticos cuya desintegración toma siglos.


Como no existe industria que no requiera metales de manera creciente, la minería no cesa de ubicar nuevos yacimientos, cuya explotación, por desgracia, deja las peores secuelas ambientales, porque las transnacionales mineras poco se preocupan de los daños que ocasionan en los países donde operan. 


Al daño ecológico sigue el detrimento económico: antes de agotar el yacimiento, las empresas apenas pagan muy reducidas regalías, que luego se descuentan de los impuestos de renta para evadir legalmente el pago de tributos a los Estados. 


No pensemos que esa situación aberrante apenas se da en Colombia. Casi todos los países mineros han aceptado la imposición de las fórmulas de explotación más crudas e inmisericordes, con tal de “atraer” las transnacionales, en pos del espejismo del progreso que deberá derivarse de la explotación de sus recursos no renovables. 


Dejemos de lado el tema de la corrupción, que explica en buena parte la manera como los gobiernos aceptan las cláusulas más abusivas o las prórrogas mas incomprensibles. 


Por lo general, la gran minería crea poquísimo empleo de calidad y muy escaso ingreso fiscal. Pero la abundancia de divisas que aporta sirve a corto plazo para equilibrar la balanza de pagos y para aplazar las reformas tributarias requeridas con el fin de asegurar  un mínimo de equidad y reducir la brecha en los países del tercer mundo. 


Para corregir el desastre ambiental, los grandes conglomerados mineros apaciguan la opinión pública ofreciendo mecanismos de “autorregulación”, y gobiernos complacientes, no solo el colombiano, les permiten hacer un simulacro de defensa ambiental, que jamás podrá reemplazar la intervención técnica, patriótica y exigente de los gobiernos, ausente actualmente en tantos países, empezando por el nuestro.


Hago un paréntesis para recomendar la lectura de uno de los libros importantes del año 2013 en Colombia, pero de circulación casi clandestina, “La minería colonial del siglo xxi: No todo lo que brilla es oro”, de Aurelio Suárez Montoya. Bogotá: Aurora; 2013. Conciso, sólido, indispensable para inicial el debate sobre la gran minería que no podemos seguir soslayando o aplazando.


Antes se consideraba que las multinacionales mineras explotaban correctamente los yacimientos en sus países de origen, pero que en los del tercer mundo no respetaban lo ecológico y ambiental. Pues no, bajo el neoliberalismo se ha globalizado el desprecio por las consideraciones que restringen el máximo provecho en el menor plazo. Canadá, por ejemplo, sede de grandes mineras, no ofrece buenos ejemplos ambientales, como puede verse en la explotación de los petróleos de los esquistos bituminosos de Alberta. Y en los Estados Unidos, las autoridades han sido muy complacientes frente a los daños ambientales causados por el fracking, en vista de que esa actividad se ha traducido en enorme incremento en la producción de hidrocarburos y gas metano, lo que le permitirá a ese país solucionar su aterrador déficit de pagos. 


El fracking (inyección de arena, agua y explosivos para fracturar rocas muy profundas) conduce con lamentable frecuencia a la contaminación de acuíferos y la degradación de suelos fértiles. Aquí vale la pena mencionar una excelente película gringa, La tierra prometida, dirigida por Gus van Sant (2013), que denuncia vigorosamente los procedimientos de esa industria.


Pero si los efectos del fracking son preocupantes en los Estados Unidos, país enorme y con vastísimos desiertos, no se entiende cómo el gobierno británico, a pesar de todas las alertas ambientales, acaba de admitir que se siga ese procedimiento sobre el 40% de su exiguo y bellísimo territorio, bien verde hasta ahora y muy densamente poblado.


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La paz no es posible entre un gobierno “humilde y partidario de la reconciliación” y una guerrilla soberbia y partidaria de la revolución.