Columnistas

Editorial Lealón y su aporte cultural
Autor: Alejandro Garcia Gomez
21 de Diciembre de 2013


Quizá fue a mediados de 1991 cuando llegué a Lealón cargando bajo el brazo el original de mi primer libro, Transparencias, un breve poemario.

Quizá fue a mediados de 1991 cuando llegué a Lealón cargando bajo el brazo el original de mi primer libro, Transparencias, un breve poemario. Después de  varios años de re-aprender a leer había comenzado a cultivarme en los iniciáticos secretos de la escritura y llevaba conmigo algo, para mí, valioso según me lo habían señalado algunos premios y la feroz crítica de mis amigos mascaluna. Quizá fue alguien de éstos u otra persona quien me había señalado que en la Editorial Lealón podría publicarlo con mi dinero y que, de todas maneras, si no lo lograba, por lo menos conocería el costo. Sentía el temor de enfrentar el paso de la cotización, porque mis haberes eran los mínimos que me había dejado un premio. No quería pasar las vergüenzas que había sentido cuando en el mercado artesanal y popular de Tulcán (Ecuador) había llegado a preguntar por el precio de un artículo y, luego de un breve recateo, no lo compré. Los gestos y palabras de ira del vendedor me desanimaron de continuar preguntando y, claro, de comprar. 


En una casa vieja de la calle Zea, entre las carreras Carabobo y Cundinamarca, detrás de un añoso e inmenso escritorio estaba un hombre fuerte de atemporal edad, de barriga prominente y de angulosas facciones blancas. Luego supe que Ernesto López, gerente-dueño de Lealón, era también ciclista de alta montaña de fin de semana. Debió adivinar mi temor –analicé más tarde- porque de inmediato suavizó aún más el tradicional buen trato paisa. Contó las hojas. Me preguntó por la calidad del papel que deseaba, el tamaño del formato, las características de la carátula (número de tintas, solapas sí o no, etc.), explicándome qué era cada cosa ante los movimientos de mis hombros, mis manos y mis ojos muy abiertos. Cuando más tarde tuvimos algo más de trato, me contó que ese trabajo que había hecho para mí lo repetía muchas veces cada día, con autores que llegaban con sus manuscritos o que se los enviaban por correo. De la mayoría de los libros cotizados jamás volvía a saber. De pronto los veía publicados o lo invitaban a sus lanzamientos. Finalmente, Transparencias se publicó en el artesanal taller de mi colegio (Inem de Medellín, donde se policopia todo el material educativo de la institución), como otra de las actividades conmemorativas de los 20 años de su fundación.


Una inmensa cantidad de los escritores colombianos de hoy, publicaron varias de sus obras en esa editorial de clase media que era Lealón; inevitablemente sus escarceos y las primerizas. Yo mismo lo hice con una de las mías y otra de mi padre. Nadie iba a tener la paciencia de Ernesto López de repetir cientos de veces, cada semana, lo que conmigo hizo, explicando cada caso al despistado y novel escritor y trabajar con esa calidad con la que entregaba los ejemplares revisados por varios ojos y manos. 


El 31 de diciembre de 2012 se cerró Lealón, que llegó a tener 18 trabajadores. Un video que circula en Youtube -improvisado en su guión, producción y edición- narra su funeral ese 31. Al fondo, las emisoras de radio despiden el año: “Cuando te recuerdo me pongo muy triste/ y esta cumbia dice que siempre te quiero…”. López asegura que a la editorial la mató la guerra de los precios baratos. Refiriéndose a los mejores contratos, los que habrían podido salvarla, asegura: “el municipio la ayudó a quebrar, porque [en las licitaciones] ahorra sin importar la calidad”. Lo del supuesto ahorro, quizá es un camuflaje de la verdad real, la que podría ser la repartición de un mínimo de mermelada presupuestal entre los adlátere que supuestamente proporcionan los votos. También en Lealón funcionaba una “Distribuidora antioqueña de libros”. Esa la cerró mucho antes. Alguna vez, cuando le sugerí que, en vez de “distribuidora antioqueña” la cambiara por la palabra más internacional de “colombiana”, me contestó que no “porque la gente sabe lo berracos que somos los paisas como empresa”. Varios ejemplares de obras mías se fueron en esa aventura. Ojalá tengan el destino de los libros: que sean leídos.