Columnistas

Días de pólvora
Autor: Manuel Manrique Castro
18 de Diciembre de 2013


El sábado 30 de noviembre, a eso de las 9 y media de la noche, escribí a un amigo comentándole el sospechoso e inexplicable silencio de esos momentos.

El sábado 30 de noviembre,  a eso de las 9 y media de la noche, escribí a un amigo comentándole el sospechoso e inexplicable silencio de esos momentos.  Sospechoso porque resultaba extraño que, súbitamente, los aficionados a la pólvora hubieran decidido aceptar el clamor inútil de autoridades, entidades sociales  y muchos padres de familia  quienes recurriendo a relatos e imágenes de heridos y mutilados e invocando al sentido anti-ciudadano de su empleo, llaman  constante, aunque infructuosamente,  a que no se siga utilizando ese explosivo. 


Tal vez, de manera milagrosa, miles de amantes de voladores, cohetes y fuegos artificiales habían entrado en repentina razón y decidido a favor de una Alborada  libre de estallidos. Qué va, aquel silencio era sólo la paz que precede a la tempestad y la tranquilidad  de esas horas fue cediendo paso a una ensordecedora y multiplicada secuencia de estallidos, que sólo terminó o, más bien, sólo disminuyó con la llegada del primer día de diciembre, es decir, con la entrada del mes de la pólvora.  


Tratándose de una noche fría y lluviosa no pocos pensamos en una celebración menos  estridente. No fue así.  Quienes han vivido un tsunami mencionan el silencio que precede a la llegada de la primera y rabiosa ola.  La  Alborada no fue agua pero la ola de ruido fue un  traqueteo aturdidor envuelto en una densa y pesada nube que causa daños ambientales de los que no se habla mucho.  Luego,  también acompañadas de pólvora, vinieron las velitas, los partidos de fútbol del Nacional, especialmente el triunfo del domingo pasado,  el inicio de las novenas y no será distinto cuando lleguen navidad y año nuevo. 


Ese rasgo distintivo de diciembre y de muchos otros momentos durante el año  se mantiene por  la limitada eficacia de las autoridades y  la irresponsable actitud de adultos  que,  privilegiando  la pólvora  como ingrediente esencial de cualquier celebración,  ponen en riesgo a sus propios hijos como lo atestigua el aumento de niños heridos este año.  De los 48 quemados en Medellín casi el 60 por ciento son niños.  Pese a los esfuerzos del municipio capitalino y la gobernación de Antioquia,  que este año destinaron casi mil cien millones de pesos a campañas educativas y de prevención,  las cosas no han cambiado significativamente y la fascinación por el explosivo se mantiene casi intacta. 


Las papeletas y voladores no son clandestinos.  Muy por el contrario, no hay nada más visible y bullicioso que ellos.  Se puede identificar a quienes los producen y de donde provienen, dónde se venden, quién los compra,  de dónde se lanzan, cuánto absurdamente se gasta, y como se trata de un hábito  arraigado principalmente entre los hombres de todos los estratos sociales.  Cómo será el negocio si sólo en Medellín y Antioquia, en lo que va de diciembre, la policía incautó casi 10 toneladas de pólvora  con un valor cercano a los 400 millones de pesos.   ¿A cuánto equivaldrá lo que se quema desde estaderos, bares, calles  y casas particulares?


Mientras las autoridades están para controlar y disuadir, lo principal de esta realidad proviene de una arraigada cultura polvorera, justificada en la tradición, reforzada como signo de status social y alentada en tiempos recientes por la desigual mejoría económica de algunos sectores.  


Hay amplia coincidencia en la necesidad pasar de una acción concentrada en el final  del año a una estrategia múltiple, basada en el amplio conocimiento acumulado sobre este fenómeno,  que sea constante y a lo largo de todo el calendario.  La inminente llegada    de 2014  crea las condiciones para que el próximo año sea distinto, con menos pólvora y sin heridos, especialmente niños.