Editorial

La elección en Chile
17 de Diciembre de 2013


La reforma constitucional y una serie de cambios en las normas tributarias son decisiones inevitables para la presidente y deseables, incluso si se les usa solo como medidas preventivas para fortalecer la democracia.

En los 28 días transcurridos entre la primera y la segunda vuelta de la elección presidencial en Chile, la médica pediatra Michelle Bachelet remontó su diferencia porcentual de cuatro puntos con la economista Evelyn Matthei a 24,33 en la jornada del pasado domingo. El categórico triunfo encuentra explicaciones en el carisma de la presidente electa, que volvió a conectarse con las mayorías chilenas con la fuerza con que lo había hecho en su gobierno, y en el desorden de la derecha, que abandonó a una candidata escogida tardíamente para defender un programa de gobierno lejano del centro ideológico y de las expectativas de los chilenos por reformas que corrijan la desigualdad dejada por la acelerada modernización económica, que avanzó sin una modernización social que compensara sus efectos negativos.


Elegida a nombre de una amplia coalición de izquierda, la doctora Bachelet está llamada a dirigir un gobierno reformista que realice “transformaciones de fondo, con responsabilidad y energía, con unidad y determinación”, como ella indicó en su discurso de proclamación de la victoria. Es su deber ampliar el acceso a la salud, avanzar hacia la educación gratuita, la equidad de género y la eliminación de las desigualdades económicas que han hecho al país tan notable como la pujanza que sus empresas conquistaron durante los gobiernos de la centro-izquierda posteriores a la dictadura. La reforma constitucional y una serie de cambios en las normas tributarias son decisiones inevitables para la presidente y deseables, incluso si se les usa solo como medidas preventivas para fortalecer la democracia frenando el vertiginoso ascenso de la estudiante Camila Vallejo, beligerante líder de las protestas estudiantiles que avanza en una ardorosa carrera política.


En el campo de las relaciones exteriores, la señora Bachelet tampoco representa riesgos de que Chile se convierta en factor de desequilibrio en la política sudamericana. En lo atinente a la Alianza del Pacífico, dio señales de tranquilidad explicando que “nosotros creemos que el proyecto de creación del Arco del Pacífico, en busca de integrar a todos los países ribereños a una relación comercial con el Asia Pacífico, sigue siendo válido”, y agregó que “nos abocaremos a orientar nuestra participación en esta iniciativa en una perspectiva no excluyente o antagónica con otros proyectos de integración existentes en la región”. Que va a intentar involucrar a Argentina y Brasil en esta iniciativa, no debe haber duda, como tampoco de que no sacrificará a su país renunciando a participar en la más eficiente alianza político-económica de la región.


La clase de gobierno reformista que la señora Bachelet  va a emprender no amenazará a Chile, aunque tampoco sucederá sin crear controversia, para la muestra su reacción en la noche del domingo ante los abucheos de sus copartidarios cuando se refirió a la reunión que había tenido con la candidata Matthei: en vez de pasarlos por alto, los calló con firmeza, recordándoles que la reconquista de la Presidencia por las fuerzas de centro-izquierda es victoria y camino hacia un país plural y democrático, no para el odio por el que propenden los sectores más radicales. Si en algún momento el respaldo de facciones extremistas, como el Partido Comunista, hizo temer su radicalización, frases como “hemos hecho mucho y construido un país del que podemos estar orgullosos” recuerdan que la señora Bachelet es una líder de centro-izquierda, sin odios ni radicalidades.


La elección chilena ha estado marcada por la presencia de dos mujeres compitiendo por primera vez en América por la Presidencia de la República, una lección de integración de géneros de la que otros países tenemos mucho por aprender. También ha sido notoria la abstención cercana al 54 %, aunque se explique en el desmonte del voto obligatorio. Esa ausencia de electores ha despertado reflexiones en la presidente electa sobre la confianza de los chilenos en el Estado y los partidos, y de los editorialistas de los principales diarios de ese país sobre la formación de los ciudadanos en la escuela y su entorno.  Ambos hechos indican que pese a su reciente reconstitución, la democracia chilena es modelo de madurez en un mar de pasiones.