Columnistas

Entre lágrimas y vergüenza
17 de Diciembre de 2013


Mientras en la mayor parte del mundo comenzaban las celebraciones de navidad llorando la muerte de Mandela, uno de los máximos líderes y promotores de la paz y la reconciliación;

Omaira Martínez Cardona


Mientras en la mayor parte del mundo comenzaban las celebraciones de navidad llorando la muerte de Mandela, uno de los máximos líderes y promotores de la paz y la reconciliación;  en Colombia y gran parte de América Latina nos damos todavía golpes de pecho lamentando lo “mal parados” que quedamos en el último informe del Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes, que analizó el rendimiento de 510 mil estudiantes en el mundo, un poco más de 9 mil de ellos colombianos. 


El tema de la calidad de la educación es uno de los más sensibles y que sirve de caballito de batalla de los políticos y de algunos gobernantes que no la han potenciado como factor de desarrollo. La educación es un derecho y una necesidad básica que debería trascender cualquier análisis y discusión y que tiene que ver con mucho más que formar estudiantes en aulas en una relación entre docentes y discentes.


Desde hace varias décadas, la educación se ha convertido en un indicador de desarrollo económico y de poder geopolítico. No necesariamente  -como lo demuestra el informe Pisa- los países con mejores desempeños en educación son los mismos que ostentan los máximos indicadores de calidad de vida, otro concepto que se ha transformado y que ya no necesariamente depende de si la economía es la mejor, aunque sí es claro que una nación que invierte en el diseño y la implementación de políticas públicas que se centren en la  educación como pilar de su desarrollo, tienen más posibilidades de obtener mejores rendimientos. 


La tendencia y consciencia ahora es educar para construir ciudadanía y un ciudadano se forma potenciando su esencia y sus fortalezas como ser humano, por eso para este nuevo mundo lo fundamental no es qué tanto se sabe, sino qué se puede hacer con lo que se sabe para sobrevivir en países que en su mayoría tienen diversas problemáticas sociales. Las ciudades y países que salieron como mejor  evaluadas entre las que se destacan Shanghái (la más poblada de China), Singapur, Hong Kong y Corea del Sur, pertenecen al bloque geopolítico de los llamados “tigres asiáticos menores”  y en los que trascendiendo algunas tradiciones culturales, se ha convertido el acceso a la educación y la formación por habilidades y aptitudes de las futuras generaciones, en uno de los principales pilares de desarrollo.


Un estudio del Banco Mundial revela que la pobreza, la desigualdad y la baja calidad del sistema educativo inciden en el aumento del embarazo en adolescentes en América Latina, otro fenómeno que agobia a gran parte de los países que la integran y muy relacionado con la educación. Aunque no debe servir de consuelo, la situación no solo preocupa en este lado del mundo, el último compendio mundial de la educación realizado por la Unesco  concluyó que dos de cada tres niños africanos están excluidos de la educación secundaria. 


Un buen inicio está ya incluido en los objetivos de desarrollo del milenio, combatir el analfabetismo mediante el acceso a la educación obligatoria para reducir  las cifras de cerca de 800 millones de personas en el mundo que aún no saben leer y escribir, habilidades fundamentales para ejercer la ciudadanía. Además, se busca lograr la enseñanza primaria universal.


Educar y educarse es un ejercicio de democracia que no depende solo de tener los docentes más cualificados y la mejor infraestructura educativa, sino de programas educativos institucionales que se concentren en la formación de ciudadanos para el mundo, así que aunque avergüence un bajo desempeño, lo importante es que los estudiantes evaluados tengan un proyecto de vida y trabajen en las competencias y habilidades  para materializarlo.