Columnistas

Los poderes y la democracia
Autor: Dario Ruiz G髆ez
16 de Diciembre de 2013


Parece ya evidente que lo que quiere el Presidente Santos al meter las conversaciones de Paz en las elecciones es muy claro: disimular los grandes fracasos en educaci髇, transporte, y por supuesto en la construcci髇 de una sociedad m醩 democr醫ica.

Parece ya evidente que lo que quiere el Presidente Santos al meter las conversaciones de Paz en las elecciones es muy claro: disimular los grandes fracasos en educación, transporte, y por supuesto en la construcción de una sociedad más democrática. La felicidad en el sentido que le concedió Emerson no ha sido el objetivo de ningún gobierno, esa aspiración a una vida sencilla pero digna. Sabemos   que si  bien los partidos carecen hoy de alguna representatividad respecto a los ciudadanos que dicen representar, la maquinaria de éstos, es clave para el simulacro de democracia que vivimos pues si estos partidos no representan la voluntad popular ¿A quién y por qué se elige a estos representantes? La izquierda madurista considera que sólo pueden ser sus militantes quienes  tengan esta representatividad y no pues la pluralidad de voces de cada comunidad. Paradoja: el populismo es la negación del pueblo.


Es aquí donde el simulacro nos revela sus estrategias al descubrirnos que el voto soberano, resultado de una libre decisión, también está mediatizado por poderes absolutistas como el del dinero, ya sea a través del nuevo gamonalismo, ya, tal como lo vemos en el caso de Medellín, a través del poder de grupos empresariales. El poder del dinero establece una dictadura que se llama plutocracia. El voto está cautivo a estos poderes que son quienes deciden hacia qué lado se inclina la balanza. Por lo tanto no podemos seguir hablando de construcción de la democracia, en tanto lo genuinamente político ha desaparecido, bajo la presencia de  grupos electorales dedicados solamente a ejecutar los distintos presupuestos, a doblegarse al poder de turno, tal como sucede hoy con nuestro alucinante Congreso y la mermelada. Por eso el hecho de que cada semana se anuncie un derrumbe en las vías más importantes no es otra cosa que el efecto de la política convertida en carnaval nacional, en ejercicios de fonomímicos que hacen promesas que nunca se llegan a cumplir. La democracia supone un esfuerzo moral para salir de la noche de la sumisión, de la penosa esclavitud de la ignorancia. La política es conocimiento en cuanto es pregunta que se comparte.


El voto cautivo es por lo tanto la expresión de la esclavitud moral, de la desaparición de las tareas del ciudadano. “Las culturas hispánicas, recuerda Eduardo Subirats, se distinguen históricamente por un subdesarrollo que en modo alguno puede limitarse  a determinadas coyunturas políticas, o a categorías económico-políticas o tecno-económicas. El atraso, lo mismo que la pobreza, es, ante todo, una condición moral y cultural”. La penosa situación de nuestra educación no es otra cosa que esta condición de atraso y de pobreza mental o sea la falta de voluntad para superar la condición de servidumbre a la cual nos someten los viejos y nuevos poderes. Candorosamente dice “El Tiempo” que “las pruebas Pisa evidencian que el país no ha podido traducir su buena racha- la económica, claro-  en conocimiento”. ¿Qué hizo la prosperidad económica española sino olvidar el rigor del pensamiento o sea de una universidad autónoma respecto a la anarquía de los contestatarios y al desprecio de los nuevos ricos? Desaparecido el papel fiscalizador del pensamiento, el rigor de la investigación que busca establecer la verdad, se inicia la destrucción de los saberes, no se urbaniza sino que se construye, las vías dejan de ser un vínculo entre regiones para convertirse en un desaforado contratismo, la política deja de ser una reflexión para convertirse en  maquinarias al uso de los nuevos gamonales, y la educación deja de ser como lo señaló Kant la vía  para la emancipación intelectual frente a la postración de la ignorancia y pasa a convertirse en una mera instrumentalización de los saberes, para combatir, soterradamente, la inteligencia y por supuesto para eliminar las premisas de la libertad en una verdadera cultura.