Columnistas

Se aplicó la Constitución
Autor: Jorge Arango Mejía
15 de Diciembre de 2013


Cuando no se tienen razones para defenderse, lo mejor es armar un escándalo. Y abusar de los lugares comunes, porque se cree que la gente traga entero, que es incapaz de encontrar la verdad cuando la envuelven en mentiras.

Cuando no se tienen razones para defenderse, lo mejor es armar un escándalo. Y abusar de los lugares comunes, porque se cree que la gente traga entero, que es incapaz de encontrar la verdad cuando la envuelven en mentiras.


Destituyó el procurador general de la Nación a Petro, como ha destituido a centenares de servidores públicos, muchos de ellos elegidos popularmente. Antes, nadie había dicho nada. Se había seguido el camino trazado por la ley: interponer los recursos contra la decisión  y, agotados éstos, ejercer la acción de nulidad y restablecimiento del derecho ante la jurisdicción contenciosa administrativa.


Pero Petro pensó que era de mejor familia que el común de los ciudadanos. Que  a él no se le podía medir con el  mismo rasero y que la Constitución no permitía su destitución, o que si la permitía, sencillamente, había que cambiarla.


Con estas ideas en su cabeza, en lugar de dedicarse con su equipo de abogados a trabajar en su defensa por las vías establecidas por la ley, se dedicó a convocar al pueblo, a soliviantarlo, a predicar el comienzo de una revolución. ¿De cuando acá se creyó Gaitán? ¿Cómo incurrió en la insensatez de compararse con el más grande caudillo de América? No, hay que dejarse de tonterías: quédese Petro en su pequeñez y no se atreva a invocar en su defensa la memoria de quien fue un gran liberal, y como tal un convencido de que la voluntad de un pueblo no se expresa con piedras ni gritos sino con votos.  Y recuerde que entre las funciones de los alcaldes no está la de incitar a la rebelión.


El procurador ha ejercido la facultad y ha cumplido el deber que la Constitución le asigna en el artículo 277: “Ejercer vigilancia superior de la conducta oficial de quienes desempeñen funciones públicas,  inclusive las de elección popular… e imponer las respectivas sanciones conforme a la ley.” Y ha aplicado la ley, con firmeza pero sin arbitrariedad.


Ha salido el ministro de justicia, Alfonso Gómez  Méndez, a decir que hay que modificar la Constitución. ¿Por qué no lo había dicho antes? ¡Ni cuando el gobernador Abadía, del Valle del Cauca, ni cuando la congresista Piedad Córdoba, dijo esta boca es mía!  ¿Y ahora se rasga las vestiduras y echa a volar las campanas de la reforma porque se ha derrumbado Petro, verdadero ídolo con pies de barro? No, en esto no se incurrió en error en la Reforma Constitucional de 1991: la Procuraduría se justifica únicamente si dispone de estos poderes. Y consagrar una clase privilegiada de servidores públicos -los elegidos por el voto popular- no sometidos al control del Procurador, sería un despropósito gigantesco.


Y nada más indigno que convocar al pueblo mediante consignas de odio, como si las leyes no le dieran la oportunidad de enmendar el agravio que dice le han inferido: puede pedir reposición de la resolución que le afecta. Y agotada la vía gubernativa, queda el camino de ejercer la acción de nulidad y restablecimiento del derecho ante el Consejo de Estado. ¿No le basta con esto? ¿Habrá que inventarse algo diferente como si Petro  fuera superior a todos los mortales?


En la Reforma de 1991 se cometió un error al establecer la elección popular de alcaldes y gobernadores. Y agregarle ahora, como lo ha propuesto a la ligera Gómez Méndez, que son intocables, que están más allá de la vigilancia de la Procuraduría, no solamente sería una tontería: sería un verdadero crimen contra la democracia  que no es compatible con poderes sin control, con funcionarios omnipotentes. 


En síntesis: obró bien el Procurador. Y que pongan sus barbas en remojo otros alcaldes que  andan en malos pasos… A ellos también les llegará su día.


Escribo esto, a sabiendas de que la jauría de los que creen que ser de izquierda es no reconocer la autoridad, me tildará de reaccionario.  La vida me ha enseñado a no tenerles miedo a estos sedicentes dueños de la justicia y de las ideas progresistas.