Columnistas

El Mesías de Haendel, apoteosis y tradición
Autor: Olga Elena Mattei
13 de Diciembre de 2013


El Maestro Alberto Correa dirigió el domingo el Mesías de Haendel, tradicional concierto que en todos los teatros del mundo se presenta en diciembre como parte de la celebración de Navidad.

El Maestro Alberto Correa dirigió el domingo el Mesías de Haendel, tradicional concierto que en todos los teatros del mundo se presenta en diciembre como parte de la celebración de Navidad.


Una orquesta pequeña, con sólo dos oboes, fagot, un corno, una trompeta un clave y un órgano, (por cierto, un nuevo prodigio electrónico que puede tocar también con timbre de clave y de otros instrumentos) y, para el momento culminante, y el Aleluya, ¡además hubo timbales!


La obra comienza con una pequeña Sinfonía que pone el tempo y el estilo barroco y que el maestro dirige con entusiasmo. El tenor, Divier Higuita, inicia sus recitativos suavemente, pero al avanzar muestra su vigor, y entra en su primer aria con los difíciles y conocidos gorjeos. “Every valley, every mountain” La emisión de sus notas redondas blancas con rubato es cuidada y calibrada, desde un delicado pianíssimo hasta su fortíssimo, haciendo gala de su buena “escuela”.


El coro en pleno le contesta; es notoria la cohesión, y el ritmo de los acentos sucesivos que no se pierde en las alternancias de las voces.


El bajo, Alexis Trejos tiene su primer recitativo. Voz potente, con un verdadero timbre varonil, redondo y sonoro.


La contralto Sofía Salazar, elegantemente ataviada, le da prestigio al evento. Y su profesionalismo siempre le da garantía. Entra con un aria expectante e interrogativa, y exhibe su timbre grueso pero vibrante, y gran volumen cuando es necesario. La orquesta alterna contestándole con el ritmo predominante en toda la obra.


El coro despliega sus cortinajes de voces paralelas, entretejidas con los golpes rítmicos de “And he shall purify…”.


Y la soprano se inicia en un recitativo conjunto con  la mezzo, y luego las dos cantan un aria con el coro. El maestro Correa dirige discretamente pero está atento a cada detalle. A veces el gesto de los brazos al marcar el compás está pidiendo acelerar un poco el ritmo...”presto, presto!” y continúa pendiente de modelar el volumen desde piano a forte, y el énfasis en cada secuencia.


Y se llega a “Unto us a Child is  born”, uno de los más famosos coros del período. La sonoridad brillante de las  voces altas es excitante. Si como espectador se experimenta tal placer, podemos imaginar la exaltación que es para el director sentir que logra producir este glorioso cuerpo sonoro que asciende en el recinto.


Para relajar los ánimos exaltados,  Haendel coloca aquí una suave y pausada  pastoral, o Sinfonía.


Y de nuevo, la soprano Gisela Zivic. Muy bien ataviada; conocidísima y prestigiosa soprano,  con notable carrera operática y una brillante voz. Se luce en su recitativo, y en su primer aria, muy difícil y exigente. “Rejoice, rejoice”. Zivic emite sus gorjeos con celeridad y ritmo exactos; y la orquesta le contesta con mucho entusiasmo, brillo de violines y apoyo de las cuerdas bajas al estilo barroco haendeliano. La mezzo soprano contesta y la soprano regresa en un aria conjunta alternante; es un pasaje con un texto profundamente teológico y religioso.


El coro final de la primera parte se eleva poderoso y solemne.


La falta de espacio nos impide seguir comentando la segunda y tercera partes paso a paso. El desarrollo de estas partes presenta el mismo formato tradicional de alternancias de coros y voces solistas, siempre entrelazadas con el soporte de la pequeña orquesta, y la experta guía del Maestro Correa. Merece, sí, un comentario la formidable actuación del bajo Alexis Trejos en su aria sobre The Nantions and The People, (un texto con reflexiones antropológicas y humanísticas) cuyas últimas notas, redondas blancas de calderones muy bajos y muy largos, surgieron dominadas a la perfección, bien entonadas y emitidas con seguridad y afinamiento.


El comentario principal tiene que ser sobre el famoso y glorioso Aleluya, último coral de la segunda parte, el cual, como se sabe, es un hito artístico en la historia de la música occidental y en la historia de la emotividad colectiva de la humanidad que cavó en la tradición la costumbre de que la audiencia se levante y cante acompañando al coro desde platea. En todos los grandes teatros con los más famosos coros y directores del mundo se acostumbra cada año para Navidad, cumplir con esta ceremonia multitudinaria. Aquí en Medellín, establecido por el maestro Correa y su coro, nos ponemos de pie...pero casi nunca cantamos. (¡Hace uno o dos años sí cantamos algunos !) ¡Fue inolvidable! Como inolvidable es para mí la memoria de los 12 años cuando lo canté en un gran coro de los Salesianos y del Colegio en la Enseñanza….


Entramos en la tercera y última parte: los cantantes, la orquesta y el maestro, duplican los logros. Cada coro resplandece de manera excelsa, cada pasaje orquestal y cada acompañamiento es matemático en sus proporciones, tempo, ritmo, acentos y relieves instrumentales. Y el maestro Correa lo lleva sobre engranajes estelares.


Y llega el final, con el coro que resultó perfecto, el penúltimo.... Y que se abre al tutti más formidable y estruendoso que proclama el remate del Amén!


¡Y estallan los aplausos! ¡Aún más estruendosos! ¡El público de pies, y las expresiones de los rostros llenas de júbilo pero también de lágrimas! Siguen los aplausos y lo obligan a regresar... ¡por tres veces! ¡Merecida y extraordinaria ovación!


Por falta de espacio acabamos de recortar nuestros elogiosos comentarios acerca del Maestro, pero escribiremos la próxima columna dedicada a contarles sobre sus inmensos esfuerzos, logros y reconocimientos.