Columnistas

Influjo que persiste
Autor: Jaime A. Fajardo Landaeta
12 de Diciembre de 2013


Considerar que las cosas no han cambiado en Medellín y el Valle de Aburrá, 20 años después de la muerte de Pablo Escobar, es tan absurdo como proclamar que la disminución de los homicidios significa la quiebra total del ciclo de conflicto y violencia

Considerar que las cosas no han cambiado en Medellín y el Valle de Aburrá, 20 años después de la muerte de Pablo Escobar, es tan absurdo como proclamar que la disminución de los homicidios significa la quiebra total del ciclo de conflicto y violencia, y que alcanzamos un estado de no retorno a él.


Esta capital es ahora muy distinta de la que nos dejó el cartel de Medellín y sus expresiones: goza de un panorama tan diferente que suscita el reconocimiento internacional, cuando no hace mucho era considerada una ciudad paria, y sus habitantes objeto de escarnio.


¿Qué tanto inciden hoy esos factores de perturbación en la vida de la ciudad? La respuesta debe surgir de un análisis objetivo de las huellas que dejaron y de la mutación de los mandos y estructuras de sus organizaciones, impulsada por la acción de las autoridades o por “purgas” internas. También se debe tener en cuenta un capítulo oscuro: lo que sucedió con la alianza de parte de la institucionalidad y la fuerza pública con un sector de la delincuencia, después de dar de baja a Escobar. Los llamados Pepes colaboraron, pero luego cobraron por ventanilla.


De allí se desprendió un evidente control territorial por parte de “la Oficina” y de otras bandas aliadas, que persiste y ha generado ciertos comportamientos sociales, la cultura de la ilegalidad, la conformación de una cadena de rentas ilícitas que en un comienzo se entrelazó con dineros legales, la ampliación del mercado del microtráfico y la penetración de la institucionalidad, incluida la fuerza pública.


La solidez así lograda le facilitó absorber parte de las milicias y grupos de apoyo de la guerrilla, usando como punta de lanza a las llamadas Convivir, para luego dar el salto a la conformación de bloques paramilitares, más tarde desmovilizados. Pero buena parte del proceso de reinserción del gobierno Uribe fracasó, cuando los jefes paras fueron extraditados a los EE. UU.,  y Medellín sufrió las consecuencias, con rigor inusitado.


Para desmontar las causas y consecuencias de ese control territorial se requiere   capturar a sus mandos medios, y fortalecer la fuerza pública y sus componentes logísticos, de infraestructura y de inteligencia, como parte de una estrategia integral de seguridad y convivencia para la ciudad.


Montar solidos procesos de participación ciudadana, generar la suficiente confianza en la institucionalidad y mejorar los canales de comunicación con la gente y sus organizaciones, son elementos claves para estimular el apoyo ciudadano a las autoridades.


El proceso de paz y los diálogos de la Habana, la Ley de Víctimas, la sustracción de jóvenes a la guerra y la atención adecuada a todos estos factores de violencia brindan una oportunidad para que la ciudad y el área metropolitana logren atenuar esa presencia y ese persistente control territorial. Pero, sin duda, los esfuerzos institucionales de los últimos años deben ser plenamente reconocidos y aplaudidos.