Editorial

El despertar del bravo pueblo
10 de Diciembre de 2013


Como dijo Henrique Capriles, cabeza de la oposición, Venezuela es un país partido en dos. ¿Preferirá Maduro ahondar la división o comprenderá que el diálogo de contrapartes es su responsabilidad histórica?

Desde 1998, las sucesivas reelecciones de Hugo Chávez, ahora en la persona de Nicolás Maduro, en la Presidencia de su país han servido para que su partido, el Socialista Unido de Venezuela, se haga al control de todos los poderes públicos y sofoque toda voz discrepante de su proyecto filomarxista, así lo disfracen con el nombre de “socialismo del siglo XXI”. 


La concentración de poder fue evidente en la forma como la Presidencia de la República, el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia perpetraron el fraude electoral del 14 de abril pasado, que le dio la victoria a Maduro con apenas 1,49 % de los votos por encima de su contendiente, a pesar de que su principal elector era el recién fallecido coronel-presidente, hábilmente usado por el sucesor. Con el cinismo de quienes se sienten inamovibles, el Gobierno, las autoridades electorales y el máximo poder judicial de la Nación se burlaron de las contundentes y valiosas pruebas de fraude y manipulación del elector, presentadas por la oposición después de las elecciones presidenciales, y ratificaron una elección que no fue. 


El cansancio de lidiar con los poderes que frenan cualquier discusión sobre los fraudes electorales explica que la Mesa de Unidad Democrática no haya insistido en sus denuncias sobre abusos del poder para favorecer a los candidatos oficialistas, que el domingo se repitió en los mismos formatos de la elección presidencial, y en otros nuevos, como el transporte de electores en vehículos de Petróleos de Venezuela, Pdvsa; el matoneo en puestos de votación afines a los candidatos opositores, o los cortes de luz o la transmisión de datos en aquellos puestos donde los opositores estaban ganando espacios. Algún día, ojalá no tardío, la comunidad americana representada en la OEA despertará frente a los agravios a las libertades democráticas cometidos por el “socialismo del siglo XXI”.


Como el desmesurado poder del chavismo extiende sus tentáculos hasta la Asamblea Nacional, el pasado 20 de noviembre, o sea ad portas de elecciones, entró en vigencia la “Ley Habilitante”, que el señor Maduro usó para imponer una rebaja generalizada de precios en los productos emblemáticos del consumismo: televisores, electrodomésticos y, en última decisión populista, vehículos. ¿Con qué pagará el país el derroche que desató la fiebre populista del señor Maduro?, es pregunta aplazada por un pueblo convocado a la euforia del gasto y al olvido de sus dificultades para acceder a los bienes alimentarios básicos y del régimen responsable de la carestía y el desabastecimiento en el diario vivir.


A la poca atención que los venezolanos prestan a su realidad de escasez, violencia creciente en las ciudades, saqueos en comercio, contribuye el control directo e indirecto del Gobierno sobre los medios de comunicación, descrito por el periodista económico español Carlos Salas: “el canal Globovisión, el más crítico con el Gobierno fue comprado por un empresario afín al chavismo hace un año. El diario Últimas Noticias ha corrido la misma suerte. Y el resto de los medios tienen miedo de publicar noticias críticas”. Y como si fuera poco, el presidente concentra accesos a canales de radio y televisión nacionales y locales, donde repite sus discursos electorales sin vergüenza y sin freno.


Dada la holgura con que gobierna, el chavismo tendría todo para conquistar el poder allí donde le falta y retenerlo en los lugares que domina, para sacar más de veinte puntos de ventaja sobre la oposición, que sufre persecuciones abiertas, soporta calumnias y carece de dinero, poder y medios de comunicación donde defenderse de la arremetida oficialista. Los resultados de las elecciones del domingo dicen otra cosa: el chavismo tiene la mayor parte de las alcaldías, pero de aquellas en comunidades distantes, aquellas con pocos habitantes. Tiene la mayoría de los votos, pero su diferencia con la oposición es de apenas 3,2 %, pues el oficialismo alcanzó el 44,16 % de los votos, mientras la Mesa de Unidad Democrática tuvo el 40,96 % de los sufragios, según los únicos resultados divulgados hasta anoche por el Consejo Nacional Electoral venezolano, tras el escrutinio del 97 % de los votos. Con una abstención del 58 % de los electores, considerada normal en unas elecciones municipales, queda demostrado que, como dijo Henrique Capriles, cabeza de la oposición, Venezuela es un país partido en dos. ¿Preferirá Maduro ahondar la división o comprenderá que el diálogo de contrapartes es su responsabilidad histórica?