Editorial

Acuerdo de contrapartes
25 de Noviembre de 2013


El paso dado no es tan significativo como quisiera la comunidad mundial, que aspira a conjurar la amenaza de una guerra nuclear de origen religioso.

Los ministros de Relaciones Exteriores de las superpotencias del mundo (Alemania, China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia) e Irán, acompañados por la comisionada europea de Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, suscribieron en la madrugada del domingo (hora europea) el primer acuerdo temporal y parcial sobre los experimentos nucleares de Irán, dando un paso pequeño, pero significativo, en el proceso de construcción de confianzas entre países enfrentados y en riesgo de confrontarse.


La negociación de contrapartes realizada en Ginebra a raíz de la solicitud de un acercamiento presentada por Irán, apenas comienza. Muestra de sus dificultades es que para acordar unas decisiones tibias de parte y parte necesitó de tres rondas, la final con los jefes de la diplomacia. En ese sentido, lo acordado no es tan importante por sí sino por las lecciones sobre la firmeza de negociadores que buscan soluciones duraderas a conflictos largos y dolorosos, en este caso entre estados que son contrapartes legítimas por su origen democrático pero no por su respeto a las convenciones internacionales, que son ley para las naciones.


El acuerdo del domingo debe atribuirse a la decisión del mundo democrático por mantener las sanciones sobre Irán, que recibió oxígeno de gobiernos extremistas, como los del eje castro-chavista, pero terminó ahogado al no poder exportar y seguir gastando sumas ingentes en un programa denostado por el mundo. También a que el rechazo a las sanciones, y a su causante, llevó a los ciudadanos iraníes a respaldar el cambio que encarnaba el centrista Hasan Rohani, tan distante del radical Ahmadinejad que algunos hasta lo ven como pro-occidental, posición que, pese a las apariencias y a sus anteriores distancias con los ayatolás, a los que debe obediencia, no lo define.


La concertación también se logra por los aportes que a manera de “case” realizan las partes buscando tender puentes que permitan hacerse confiables unos a otros. Esa postura explica las interpretaciones que los medios de comunicación han dado sobre el “sacrificio” que hacen los presidentes Obama y Rohani; el primero, renunciando a la expectativa de obtener el cierre de las plantas de enriquecimiento, procesamiento y experimentación de uranio en Irán; el segundo, aceptando detener el programa en el estado en que se encuentra, dimitiendo a abrir la central de Arak, la más potente que tiene, y permitiendo la verificación de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Oiea, lo que hace a cambio de la moderación en las sanciones económicas. 


El paso dado no es tan significativo como quisiera la comunidad mundial, que aspira a conjurar la amenaza de una guerra nuclear de origen religioso, pero por lo menos facilita negociaciones más profundas sobre el programa nuclear iraní, previstas para iniciarse en los próximos seis meses, cuando se haya logrado demostrar el cumplimiento de los acuerdos iniciales. El acuerdo primero da la razón a los gobiernos de Israel, Francia y Gran Bretaña, que hace dos semanas alertaron a los negociadores occidentales a no ceder a las aspiraciones del Gobierno iraní sin antes obtener el compromiso de que no pondría en marcha el reactor de aguas pesadas, con el que el régimen de los ayatolás podría fabricar armas nucleares con las cuales minar, aún más, la seguridad del Estado de Israel, que, razonablemente, aún duda de la buena voluntad de Irán en esta negociación. 


Que haya un primer acuerdo para detener la costosa y acelerada carrera nuclear iraní es un avance importante, aunque todavía tímido, en el que ojalá logre ser un proceso de distensión de las relaciones de Irán con el mundo occidental, del que se alejó luego de la Revolución Islámica de 1979, la trágica toma de rehenes en la Embajada de Estados Unidos, y sus experimentos nucleares, iniciados hace diez años. Un conflicto intenso y extenso no se supera con los guiños del carismático presidente Rohani a Occidente o  con la voluntad del presidente Obama por impulsar un multilateralismo que incluya al mundo islámico; para ver el final serán necesarias nuevas y difíciles negociaciones entre contrapartes obligadas a defender sus posturas buscando grandes resultados en un proceso en que se juega la vigencia del Derecho Internacional frente a un régimen que ha amenazado al mundo con apelar hasta al terrorismo para alcanzar sus expectativas. Cualquier parecido con otras realidades...